Cultura

La verdad desnuda

Inés Fernández Moreno nació en Buenos Aires en 1947. Entre sus últimos libros se encuentran Malos sentimientos (cuentos, 2015), No te quiero más (novela, 2019) y La vida en la cornisa (cuentos, reedición, 2020). Entre otras distinciones, en 2014 recibió el Premio Sor Juana Inés de la Cruz por El cielo no existe (novela).

Algún día la verdad saldrá del pozo para fustigar a los mentirosos
Jean-Léon Gerôme

Tato me deja en Plaza Italia para que tome el 39. En otra época me hubiera llevado hasta Colegiales. Poco a poco se apagan el cielo y las estrellas prometidas y el amor se acorta. Al principio, él me quería hasta Colegiales, incluso hasta Chascomús donde muchas veces íbamos con la familia. Ahora sólo me quiere hasta Plaza Italia. Con ese ánimo matemático y rencoroso me subo a un 39 repleto. Paso de la especulación celeste a la bellaquería porteña. Hay que avanzar por el pasillo hacia el interior del coche, con esa violencia inevitable de desplazar a los otros para conseguir un lugar mejor. Arremeto hasta donde puedo y quedo varada entre un hombre flaco con aspecto de galán antiguo y una chica joven cargada de carpetas. En las dos paradas siguientes se bajan algunos y consigo acercarme a la hilera de asientos individuales. Atrapo una manija y allí quedo establecida. Reacomodo el cuerpo a la nueva libertad y miro con envidia a la mujer que ocupa el asiento. El tipo con cara de galán antiguo, que ha quedado a mi lado, también la observa. Difícil escapar a ese subrayado de lo femenino: jeans apretados y una blusa escotada bordeada de lentejuelas. Tendrá unos treinta años y no llega a ser gorda, pero le sobran algunos kilos. Lo más llamativo es el pelo teñido en mechitas que van del rubio oscuro al platinado. Hacen el efecto de un casco luminoso. La cara se mantiene oculta porque está inclinada sobre su celular leyendo mensajes.
Cuando termina, con un dedo de uña larga y manicurada, marca un número.
–Martita, tesoro…
Inclino la cabeza para escuchar mejor.
–¿Me hacés un favorazo? Llamá al trabajo y pedí por Gladys. Decile que estoy muy descompuesta. Sí, sí, la vesícula, como siempre. Y que no voy, que mañana me quedo un rato más y pongo todo al día. No, nada grave, pero quiero ir a averiguar por el crédito. ¡Gracias, dulce! Un besote para vos y los chicos.
Corta y casi sin respirar pone nuevamente en acción la uña nacarada.
Tic tic tic tic:
Amorcito, ¿todo bien? Escuchame, voy a llegar más tarde a casa. Te exprimen, sí, y encima están cada vez más estrictos. ¡No!, ¡ni se te ocurra! Ahora prohibieron las llamadas personales. Es que estoy en la calle, salí a fumarme un cigarrillo. ¿Los chicos? No hay drama, arreglo con mami o con Norma… Bueno Nesti, ¿vos todo bien? Recién a las diez, ufa. Bueno, nos vemos a la noche. Ay, me estoy quedando sin batería, te corto. Un beso amor.
Eso, pienso con regocijo, justo lo que necesito: entretenimiento para dejar de hacer cálculos absurdos sobre las medidas del amor.
Cuando levanta la cabeza del celular puedo mirarla bien. Tiene una cara redonda un poco insulsa. Por eso tal vez las mechitas que ella se acomoda ahora con mano nerviosa haciendo sonar los dijes de una pulsera. Después se queda pensativa.
Y de pronto, otra vez: tic tic los números del celular, y cling cling los dijes de la pulsera.
Hola mami hermosa. ¿Cómo estamos hoy? Ah, es que hay mucha humedad, tomate un Ibu. Decime mamita, ¿podrás ir a recoger a los chicos? Tengo hora en el gineco, pero es de rutina, no te preocupes. Y sí, más tarde, como a las ocho. ¿La nena? Con Marta. Sí, claro. Bueno te corto mami, que no puedo seguir hablando. Un besote.
El galán antiguo y yo intercambiamos una mirada y resistimos el avance de los otros pasajeros para mantenernos junto a Mechitas. ¿Cuál sería su próximo llamado?
Hola Dulce, ¿me reservaste un turno? No tesoro, no puedo más tarde, tengo que ir a acompañar a mi mamá que está medio pachucha. Dale, haceme el huequito, ¿sí? La completa como siempre. Bueno, aunque sea bozo y pierna entera. Genial, sos un amor. ¡En quince estoy ahí!
El colectivo empieza a vaciarse, el galán y yo seguimos inmóviles, pegados a la tela que teje Mechitas. Y de pronto recuerdo a Ridder, el profesor de filosofía del colegio. Una clase acerca de la verdad, o de las verdades (al parecer había muchas, y todas estaban en discusión). Yo, como todos, vivía en la nebulosa y los torbellinos de la adolescencia. Sin embargo, recuerdo bien la imagen que nos mostró: una mujer desnuda y preciosa saliendo de un pozo con un látigo en la mano. Una alegoría de la verdad, había dicho Ridder. Miro a la pobre Mechitas: algún día, como auguran los creyentes, la verdad desnuda saldrá del pozo para fustigar a los mentirosos. Pero la verdad que Mechitas defiende debe ser poderosa porque pronto se inclina sobre su celular y vuelve a marcar.
Hola Martita, ¿todo bien? Yo aquí, trabajando. Vos quedate hasta las cinco y apenas llega mi mamá te vas, ¿sí? Bueno, pasame con la nena. Hola bichi, soy mamá, ¿te estás portando bien? Va a ir la abuela, ¿sabés?, yo no puedo, tengo mucho que hacer. Pero llego lo antes posible, te prometo. Mandame un besito, ay Bichi, ¡cómo te extraña mamá! Muá muá muá, te mando un montón de besitos, guardalos debajo de la almohada, ¿sí? Chau bichito de luz.
Corta y pega un suspiro que hace sonar los dijes de la pulsera otra vez.
De pronto, conmoción: suenan los acordes de una cumbia:
Ella se agita, por las noches mueve la cinturita…
¡Es el bombón asesino en su celu! Ella se queda inmóvil, calcula riesgos, deja que siga sonando.
Y pa colmo usa pollera cortita…
El meneo la levanta todita…
El galán antiguo levanta las cejas, casi se menea.
Por fin ella atiende:
Cristi amorosa, cómo estás. Noooo, al médico no. Le dije a mamá para que me haga la gamba. Viste como es ella… Lo que pasa es que… quiero ir a comprarle el regalo a Néstor… un reloj ¿No vas a contar, no? Tiene que ser sorpresa… Che te corto que me tengo que bajar, a la noche te cuento.
El colectivo está llegando a Álvarez Thomas. Mi compañero tampoco le saca los ojos de encima a nuestra musa que ya marca otro número.
Hooooola, ¿chu? Estoy en camino, ¿eh? Y, llegaré como a las tres. Yo también chu. ¿En el lugar de siempre? Bueno, ¿a vos qué te parece? ¡Aaay no me digas eso zalamero! Yo también…
Mechitas corta, guarda el celular exhausto en la cartera y se levanta.
Galán antiguo le deja paso, la ve irse con pena y me cede el asiento.
Y yo hago algo que no debería haber hecho. Me siento en el nido tibio que acaba de dejarme. Por la ventana veo cómo se aleja. Siento una desazón, y también una ridícula olita de pánico. ¿Y si el marido llama al trabajo?, ¿la madre a la señora que cuida a los chicos?, ¿la amiga Cris a la madre? Mechitas está a merced del azar, cualquier imprevisto puede desmoronar el tinglado. Hace falta una valentía, pienso, ¿qué es aquello? ¿Una cierta envidia? ¿Admiración? ¿Y qué es de verdad la verdad? El galán antiguo también se ha quedado pensativo, desolado, diría, porque parece ahora más flaco y más viejo. Pero después de unos minutos se recupera, saca un pañuelo del saco y se suena la nariz con un estruendo innoble. Por eso no escucho enseguida mi celu que suena y suena. Atiendo apurada. ¿Será Tato? Es Tato.
–Amorcito –dice–.