Cultura

Libertad de imprenta

Tiempo de lectura: ...

Heredero de la contracultura, con una historia más ligada al punk y la historieta, este tipo de publicación casera extiende sus dominios a otras disciplinas y protagoniza un reverdecer inesperado en la era de Internet y las múltiples pantallas.

Portadas. El fanzine del dibujante Juan Sáenz Valiente y el de Paula Zuko.

La causa no parece ser, como antes, la caída de la industria editorial, sino una forma de resistencia cultural, de llevar la información de vuelta a algo táctil y que se comparte en redes sociales como grupos de afinidad», observa Alejandro Bidegaray, librero, editor y organizador del Festival Fanzín, que en 2017 tuvo dos ediciones en el Centro Cultural Ricardo Rojas, de la UBA. Si en los 70 eran una expresión rockera contracultural, si en los 90 eran la respuesta de los historietistas a la crisis del sector, hoy la cosa pasa por otro lado. «Estoy en contacto con voces de la historieta, del punk, y todos tienen distintas teorías, pero creo que es una forma de reconocerse y es un formato que calza justo», considera.
Cada tipo de fanzine tiene sus circuitos de distribución y legitimación: el festival ultraindependiente Dibujados en la historieta, las ferias FLIA para las publicaciones políticas y sociales. El encuentro del Rojas los reúne a todos, incluso a aquellos sectores a priori poco afines, como la fotografía o el diseño gráfico. «Vas a FADU y explota», señala Bidegaray. «Todas las áreas creativas o de divulgación de culturas subte o alternativas encontraron de vuelta en el fanzine un lugar donde expresarse».
 Así las cosas, más allá de ciertos purismos, es imposible concebir al fanzine solo como una serie de fotocopias abrochadas. Las nuevas técnicas de impresión, más baratas, permitieron incorporar el color a bajo costo, mejorar el diseño y sumar intervenciones al formato. Ser o parecer una fotocopia ya es una decisión estética. La humorista gráfica Carolina Chinaski, referente de la movida de los 90, celebra esta explosión de formatos y propuestas creativas. «Los veo mucho más libres, nosotros éramos más cuadrados, más estructurados con lo que hacíamos», considera.
Con el nuevo estado de situación se dan casos antes impensados, como la incorporación de colecciones de fanzines a sellos tradicionales. La Editorial Municipal de Rosario lanzó algunos en 2016, por ejemplo, pero en Buenos Aires la editorial La Pinta inauguró en 2017 la colección «100%», de fanzines «curados». «La publicamos porque tiene que ver con la creación pura, sin condición y siempre va a ser una forma mucho más libre o contracultural de canalizar esa energía», explica Martín Muntaner, responsable de La Pinta. «Hay quien encara la edición formal de libros y siguen volviendo al fanzine, porque sigue siendo un medio único para expresarse con total libertad», completa.
Juan Sáenz Valiente, para muchos el mejor dibujante de su generación, llegó al fanzine después de publicar internacionalmente. «Mi intención fue aportar al mundo de la historieta lo que había encontrado en el punk; hacer fanzines que quieran serlo, que estén orgullosos de ser una fotocopia. Pensaba que era un revolucionario, pero al unísono empezó a pasar lo mismo en todas partes del mundo: se reivindicó como medio», cuenta.

Expresión y contenido
¿Qué define entonces a un fanzine del nuevo siglo? Lo contracultural, argumentan algunos. Tener tiradas más bajas que las de la industria tradicional, dicen otros. La ilustradora Natalia Lombardo produce una serie de trabajos muy coquetos que pueden situarse en las fronteras del formato: se pueden ver como pequeñas obras de arte. Pero para ella misma, el fanzine se define por el conjunto de decisiones estéticas de su autor: no solo lo que quiere narrar y dibujar, sino también cómo lo imprimió, lo abrochó, los colores y tipo de papel que utilizó. «Y finalmente viene su contenido, lo que quiero contar, que es lo más importante, porque ahí está la esencia absoluta del autor, esa oportunidad única de poder mostrar el mundo interior de uno a los demás», plantea.
¿Por qué hacer un fanzine e imprimirlo, en pleno auge de Internet y las múltiples pantallas? Paula Suko, una autora veinteañera, da en el clavo: «Por la necesidad de generar medios de comunicación y de llegar al lector de la manera más pura, más directa posible; es parte de una militancia. Hago fanzines porque necesito decir cosas y necesito que esas cosas le lleguen a alguien».

 

Estás leyendo:

Cultura

Libertad de imprenta