Cultura

Lucha escrita

El debate sobre el lugar de la mujer en la literatura adquiere otro sentido en el marco de las movilizaciones contra la violencia de género y a favor de la ampliación de derechos. Opinan las exponentes contemporáneas de la escena local.


Referentes. Saito (izquierda), Reif (arriba) y González Hesaynes (derecha).

En Un cuarto propio, Virginia Woolf se preguntaba: ¿qué lugar tenía una mujer dentro de la sociedad de comienzos del siglo XX para poder ponerse en contacto consigo misma? ¿Dónde pueden escribir las mujeres? Ya en nuestro país, y en el siglo XXI, la literatura se ha hecho cargo de debates similares, a tono con un clima social que se dispone a discutir violencias naturalizadas, ampliación de derechos y políticas de género. Y es en la poesía contemporánea en donde estos emergentes se ponen más en evidencia. Por ejemplo, la última edición de la Feria del Libro tuvo un sector específicamente dedicado a la diversidad y a las prácticas culturales implicadas en la lucha del colectivo LGTBIQ. «Orgullo y prejuicio», tal el nombre del espacio, fue uno de los puntos más destacables de la pasada edición.  
Luciana Reif, quien editó el libro de poesía Un hogar fuera de mí (XXX Premio Internacional de Poesía de la Fundación Loewe), considera que «si bien hay una gran proliferación y reconocimiento de las escritoras, no hay que perder de vista que la igualdad en la escritura también se logra a través de la igualdad en las condiciones materiales de existencia que te permiten escribir, como diría Marx. Las mujeres seguimos realizando una doble actividad laboral, en el ámbito de trabajo, por un lado, y en el doméstico, por el otro».


Malena Saito sorprendió al ambiente poético de la Ciudad de Buenos Aires y alrededores con Amiga. Consultada por Acción, establece una pregunta fundamental: ¿cómo es el mundo más allá de lo que nos han dicho que es? «¿Qué hacemos en el camino? ¿Nos cuestionamos? ¿O avanzamos sin preguntarnos, porque es este el momento de avanzar?», plantea Saito. «No tengo respuestas. Creo que nuestro lugar como escritoras sigue siendo el de detenerse, observar y tratar de poner en tensión el discurso que circunda».

Cuestión de forma
«Cuando se habla en torno a la literatura hecha por mujeres o la poesía femenina como lo recién llegado, como algo nuevo, lo primero que me viene en respuesta a esas categorías es otra pregunta, ¿cuál es la otra poesía que no escriben las mujeres? ¿Producto de qué es el tag de lo femenino para nombrar la literatura producida por autoras?», indaga Gabriela Clara Pignataro, quien acaba de sacar su segundo poemario, Tundra, por el sello Añosluz.  «Creo que es una problemática de carácter terminológico, una reducción de autor/contenido, de jerarquía de poder. No he visto con asiduidad categorías tales como literatura masculina o poemas de hombres», plantea Pignataro.
Rita González Hesaynes editó el año pasado, también por Añosluz, En la gran existencia. Tanto en su obra como en la de Pignataro hay un esfuerzo para producir un cambio al nivel de la forma, que vuelve a sus poemas más incisivos. «Uno de los problemas que observo es la centralidad de la temática, del contenido, por sobre la forma», advierte. «Si bien el arte es una forma de comunicación, no toda comunicación es arte. Se confunden los materiales con los que se puede construir una obra con la obra en sí misma. Hay una relajación del trabajo formal en favor de la expresión urgente y directa. ¿En qué se diferencia, entonces, el poema del panfleto, del post de Facebook o de la charla de café? Creo que uno de los grandes desafíos que tiene la poesía contemporánea es el de, justamente, traducir sus contenidos a las formas».
La poesía más relevante del presente está siendo escrita por mujeres que reflexionan sobre la compleja relación entre arte y sociedad. El resultado es un pensamiento en torno a los modos de construcción del canon y sobre el efectivo lugar que han tenido las mujeres en la historia argentina. Como bien agrega Pignataro, a tono con estas reflexiones, «la mujer siempre escribió, el problema es que pocas veces fue editada. La clave está en escribir, intentar, permanecer. A fin de cuentas, no se puede tapar el bosque».