Cultura | FÁTIMA PECCI CAROU

Material mágico

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Cristina Civale

A partir de una muestra reciente en la que Evita aparecía en situaciones inusuales, la artista dio un salto en su carrera. Lecturas, peronismo y feminismo.

En el museo. La pintora posa junto a su obra «Evita montonera en Palacio Unzué».

HORACIO PAONE

Se podría decir que Fátima Pecci Carou dejó de ser considerada una artista emergente con su última muestra, Banderas y banderines, recientemente exhibida en el Museo Evita. Las atrevidas representaciones de Eva Perón como modelo de Christian Dior o como heroína de un comic japonés fueron un desafío del que salió airosa.
Aunque incursiona también en la música y ocasionalmente en la performance, Pecci Carou es básicamente una pintora. «Elijo la pintura porque es el material que siempre tuve más a mano», cuenta. «Es fácil de transportar para alguien que vive viajando en transporte público. Me crié en Liniers, un barrio alejado del centro, con pocas librerías artísticas alrededor. Siendo estudiante de Bellas Artes viajaba muchas horas para ir a la facultad y después al trabajo. Necesitaba como aliado a un material práctico, pero que a su vez me diera un universo rico en imágenes. Con la pintura podés usar paredes, telas, cartones, objetos, cuerpos. También podés cambiar su tamaño. Me resultan una técnica y un material mágico, práctico y popular».

Tiempo presente
Aunque ya no se la considere una artista emergente, confiesa que «de la emergencia económica no logro salir. Dependo de un trabajo fijo para subsistir, más allá de la venta de mis obras o las clases y talleres que doy. Pero entiendo que es un factor de época: en un contexto global difícil, ser artista requiere además un piso del cual partir, en términos económicos. Tener un taller, pagar un flete, comprar materiales, disponer de tiempo libre para experimentar y producir sale guita, es caro».
Identificada con el peronismo, Pecci Carou es una activa militante que actualmente forma parte del colectivo feminista Nosotras Proponemos. No solo está involucrada en la lucha por el cupo femenino en museos, galerías y ferias, sino que también levanta las banderas de la jubilación para artistas y de su reconocimiento como trabajadores que, hasta cierto punto, deben ser apoyados por un Estado promotor de la actividad creativa.
Lectora ávida, estudiosa, precisa en sus definiciones, comenta que en estos días la atrapó Sobre el arte contemporáneo, de César Aira. «El arte contemporáneo anuló el tiempo comprimiéndolo al presente», cita de memoria al reconocido escritor. «Creo que esta frase resume brillantemente quiénes somos los artistas y qué es lo que hacemos: trabajamos directamente con la sensibilidad de nuestra época, con sus imágenes superpuestas, sus tiempos de instantaneidad, con sus formas de vinculación, con sus problemáticas sociales, pero también con sus materialidades virtuales o presenciales, sus precariedades, sus sonidos, sus texturas».
Lo expresado también se vincula con una controversia que vivió recientemente, cuando fue acusada de plagio por un grupo de fans del animé que la atacaron a través de las redes sociales. Pecci Carou afirma que la agresión sufrida «fue de tal magnitud y violencia que me empujó a cerrar todas mis cuentas, porque los mensajes de odio se replicaban sin parar, a toda hora. Nada tenían que ver con un debate cultural sobre la autoría de las imágenes o los procedimientos del arte contemporáneo, sino que demostraron ser la expresión de un fenómeno cada vez más frecuente en el espacio virtual: la agresión, las amenazas y el amedrentamiento hacia mujeres que ocupamos lugares de visibilidad y que manifestamos abiertamente nuestras ideas en la esfera pública. El hecho de que mis pinturas estén interpelando a la sociedad de mi época, haciendo pensar sobre sus propios límites como espectadores, lo que esperan de una obra, lo que esta les produce, eso me parece fabuloso. Y eso potenció otras lecturas sobre mi propia obra que no había pensado hasta ese momento».

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