Cultura

Mirada femenina

En los últimos años, un creciente número de narradoras entró en escena para aportarle al género negro temáticas y perspectivas poco exploradas por sus tradicionales exponentes masculinos.

 

Realismo. Para las autoras, la novela negra es un arma de indagación social. (Jorge Aloy)

En las primeras presentaciones de Negro absoluto, una de las colecciones de literatura policial que se publica en la Argentina, surgía una pregunta insistente de parte del público: ¿por qué no había escritoras en el catálogo? Más allá de la curiosidad, el interrogante apuntaba a saber si esa ausencia se debía al escaso reconocimiento de las mujeres o bien a la inexistencia de producción. La mención de pioneras como María Angélica Bosco, autora de La muerte baja en el ascensor (1955) y del suceso editorial de Claudia Piñeiro a partir de Las viudas de los jueves (2005), parecían poner de relieve más una ruptura que una continuidad. Pero el enigma parece hoy resuelto: el desarrollo del género en los últimos años, a partir de la articulación de nuevas publicaciones, festivales y concursos, promovió entre otros cambios la aparición de nuevas autoras y con ellas cuestiones y temáticas antes poco exploradas en la narrativa policial.
Alicia Plante cerró en 2014 una trilogía conformada por las novelas Una mancha más, Fuera de temporada y Verde oscuro, protagonizadas por el juez Leo Resnik y el sargento Battaglia. El robo de bebés en la dictadura y los años del menemismo son el trasfondo de sus ficciones. María Inés Krimer hizo lo propio con su detective Ruth Epelbaum, protagonista de Sangre kosher, Siliconas express y Sangre fashion. En su caso, los crímenes se cruzan con escenarios desconocidos por el género, como el de las cirugías estéticas. Mónica Plöese creó a Irene Adler, una investigadora que recurre a la astrología para resolver sus casos en El muerto quiere saber de qué se trata.
Hay más: Mercedes Giuffré comenzó otra trilogía con Deuda de sangre, protagonizada por el detective Samuel Readhead y ambientada en el siglo XIX. En cambio, Elisa Bellman se remite a la dictadura militar para situar Asfixia (finalista del premio Clarín), su primera novela, y Flaminia Ocampo rescata la forma del relato de enigma en Cobayos criollos, una ficción sobre los manejos inescrupulosos de la industria farmacéutica. Entre las voces más jóvenes se encuentran Tatiana Goransky, con ¿Quién mató a la cantante de jazz?, y Laura Rossi, que aborda la violencia de género en Baldías.
Las escritoras retoman el concepto de novela negra como indagación social. «La literatura puede alertar, hacer tomar conciencia, generar discusiones. De todas esas posibilidades la que más interesa es la de generar debates, que la gente tenga la necesidad de comentar, de opinar, de tomar posición», dice Plante. A su vez, Rossi tiene como lema la frase de Marina Tsvietáieva que usó de epígrafe en Baldías: «La cotidianidad es un saco: agujereado. Y de todos modos, lo cargas». Para ella, la literatura «no aligera la cotidianidad ni la resuelve pero ayuda a pensarla de otra manera, a explorar otras perspectivas» y, por ese camino, «puede hacer visibles aspectos de la historia o de lo que llamamos realidad de una manera que no es posible desde los discursos específicos que las tienen por objeto». Bellman suscribe la concepción del género como forma de investigación «para conocer el mundo que es inestable, para comprender lo que no entiendo, para buscar respuestas personales». Y sostiene que la ficción «objeta la propuesta de la época: ofrece lo que se escamotea, puede esperar cuando todo urge, porque construye una realidad que nunca está terminada».
Plante manifiesta sus dudas sobre la etiqueta del policial. La sombra del otro, su nueva obra, «no es tan claramente una novela negra, aunque el tema es la violencia de género, que es un término que no me gusta: me gustaría más hablar de la violencia contra las mujeres y en todo caso de la violencia cuando es rayana con lo psicótico», plantea. Los episodios de violencia de género y, en particular, los casos de mujeres quemadas por sus parejas fueron asimismo disparadores de Baldías, de Rossi. «Cuando apareció en las noticias la tercera o la cuarta, me encontré pensando: ¿qué vamos a hacer cuando quemar mujeres sea legal o esté socialmente aceptado?», recuerda la autora. A diferencia del relato clásico, no mostró un único asesino ni un solo investigador. «El enigma, para mí, no era ni quién, ni cómo, ni por qué había perpetrado un crimen sino, más bien, cómo un tipo cualquiera podía quemar viva a otra persona y seguir con eso a cuestas sin que nadie más lo supiera».
La historia de Asfixia se despliega a través de las conversaciones entre una mujer y un psiquiatra para develar el misterio de un crimen ocurrido durante la dictadura. Bellmann recuerda que en su escritura se combinaron algunas de sus primeras experiencias como psiquiatra, «el encuentro casual con la hija de uno de los más terribles represores de la dictadura, que en un breve diálogo me confesó el infierno de su vida», y un asesinato «que abrió la intriga de si realmente habría sido como lo asumió su autor».
Las escritoras no solo agregan nuevas historias y personajes a la novela negra. «La mirada femenina, o la de ciertas mujeres, hace hincapié en detalles que suelen escaparse de la mirada masculina», subraya Rossi. Un procedimiento particularmente importante en el policial, agrega, «un género en el que los detalles y la manera de mostrarlos es esencial».

Osvaldo Aguirre