Cultura

Movimiento federal

Coordinadora del Área de Danza del CCC, Mariela Ruggeri es una de las impulsoras de la iniciativa que busca fomentar la disciplina en todas las provincias y brindar un marco legal a bailarines y coreógrafos. Avances y retrocesos en la Cámara de Diputados.


Diversidad. Ruggeri plantea las necesidades y fortalezas propias de cada región. (Jorge Aloy)

Impulsora de la Ley Nacional de Danza, Mariela Ruggeri es la coordinadora del Área de Danza del Centro Cultural de la Cooperación. Desde ese espacio organizó, con el apoyo del Observatorio de Políticas Culturales del propio CCC y del Instituto Nacional de la Música, la Asamblea Federal de Danza. La cita fue el 12 de noviembre y a ella concurrieron representantes de todas las provincias, tanto profesionales del hacer dancístico como políticos y gestores.
El primer objetivo del encuentro, explica la coreógrafa (autora de Boceto para la siesta de un fauno e Inés), fue «descifrar cómo será el trabajo del Movimiento Federal de Danza, creado en octubre pasado: el federalismo implica que la danza se piense desde las debilidades y fortalezas de cada provincia. En segundo término, se trató de establecer para 2020 un circuito federal de danza. Y, por último, hacer la entrega formal del proyecto de Ley Nacional de Danza a Daniel Filmus, actual presidente de la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados de la Nación, quien se comprometió a que sea tratado en el recinto».
La iniciativa es vital para el colectivo de la danza, porque sus miembros no cuentan con amparo legal. De hecho, asumirse como trabajadores y reclamar derechos en tanto tales es una novedad. En 2000 fue creado Prodanza, el Instituto para el Fomento de la Actividad de la Danza no Oficial de la Ciudad de Buenos Aires. Pero el accionar del organismo resulta  insuficiente, pues por un lado solo tiene injerencia en Ciudad Autónoma de Buenos Aires y, por otro, se reduce a subsidiar (escasamente) obras.
En cambio, el proyecto de la Ley Nacional de Danza tiene alcances muy superiores. «Quienes hacemos danza somos profesionales. Como cualquier trabajador, nos caben las generales de la ley y pedimos fomento a nuestra actividad, que no tiene programas, ni planes para creación, docencia, investigación o interpretación. Los subsidios no sirven, salvo para tapar agujeros», dice Ruggeri. «Necesitamos una ley de fomento, que genere desarrollo sustentable de la actividad, con circuitos de trabajo a nivel provincial, regional y nacional; con recursos edilicios, con plataformas para comunicar y para conservar el acervo. La danza debe tener el mismo desarrollo que el Instituto Nacional del Teatro».

Tránsito lento
Bailarines y coreógrafos vienen reuniéndose desde hace tiempo para acompañar este lento proceso, en cuya cronología no hay aún éxitos legislativos. «El proyecto no tuvo dictamen favorable ni siquiera en una comisión», sintetiza Ruggeri. «En 2008 empezó la idea. La primera reunión fue en el CCC. Después de escribir el proyecto, en 2012 se presentó en el Congreso, por ventanilla. En los dos años siguientes, se militó para que la gente se enterara. Como los proyectos de ley, si no tienen tratamiento en dos años, pierden estado parlamentario, este debió volverse a presentar en 2014».
A partir de la necesidad de contar con una asociación gremial, nació la Asociación Argentina de Trabajadores de la Danza. «El expediente ingresó a lo que era el Ministerio, la actual Secretaría de Trabajo; ya está aprobado, está esperando la simple inscripción. Mientras, el proyecto de Ley volvió a perder estado parlamentario y en 2016 se volvió a presentar: entró en Comisión de Cultura, pero en la segunda reunión se lo sacó de tratamiento. Y en 2018, luego de varias correcciones, se volvió a presentar», cuenta Ruggeri.
¿Qué impide que se logren avances en esta ley? «Tenemos que lidiar con dos cuestiones», explica Ruggeri. «Por un lado, con el poder político: senadores, diputados y secretarios de cultura, gente que no tiene conocimiento sobre la danza. Por otro, contra nosotros mismos, porque somos un colectivo que todavía no es una comunidad. Creemos que cuando tenemos una adversidad es propia, individual, pero en realidad es la adversidad del colectivo. El individuo piensa en sí mismo; nosotros necesitamos una resiliencia organizacional, que implica construcción».