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Nuevos mundos

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Maestro de la ciencia ficción, el autor de Crónicas marcianas y Fahrenheit 451 trascendió los límites del género para ocupar un lugar central en la literatura estadounidense del siglo XX. Historias sobre tecnología, futuro, extraterrestres y humanos.


Manuscrito. Bradbury fue crítico con las computadoras: no usó una en toda su vida. (Shutterstock)

El 22 de agosto se cumplen 100 años del nacimiento de Ray Bradbury, maestro indiscutible de la ciencia ficción, quien trascendió los límites del género y se convirtió en un escritor fundamental de la literatura estadounidense de la segunda mitad del siglo XX. Fue un predicador incansable de la capacidad transformadora de la lectura y de «la imaginación disciplinada», como denominó Judith Merrell a la literatura de ciencia ficción. Para Bradbury la escritura incluso adquiere un potencial de trascendencia: el autor morirá, pero quedará su obra. Y eso sucede en Fahrenheit 451, donde autores fallecidos hace siglos vuelven a la vida en el relato de Faber y Montag.  
El filósofo Esteban Ierardo, autor de La sociedad de la excitación, señala que en libros como El hombre ilustrado el autor postula un «cuerpo-portal, una ventana abierta hacia una pluralidad de mundos. La ilustración en la piel es ruptura de lo conocido y salto a una variedad de tiempos y espacios». Los circos y las ferias de fenómenos ejercieron en Bradbury una fascinación considerable y son el inicio de ese viaje hacia lo fantástico. Sin embargo, no solo se ocupó del cuerpo tatuado de un ser misterioso: también dedicó cientos de páginas a los cuerpos celestes que aguardan colonias humanas.

Planeta literario
Además de haber loado a Walt Disney, H.G. Wells y Julio Verne, el escritor defendió la valía de la ciencia ficción para imaginar nuevos mundos. La colonización del espacio exterior, la construcción de ciudades en otros planetas y la imaginación de un futuro en general más brillante permanecieron como aspectos centrales en su pensamiento y obra hasta sus últimos años. Pese a haber sido una suerte de apólogo de estos asuntos, Bradbury fue crítico con las computadoras, y no usó una en toda su vida. Siempre metódico, el autor tipeaba a diario en su máquina de escribir un buen número palabras, que se volverían títulos, argumentos o relatos completos. Cuando ya no pudo hacerlo más, dictaba sus textos por teléfono a su hija.
La educación, para Bradbury, representaba la base y el medio de su humanismo futurista. El investigador y biógrafo Jonathan Eller (director del Centro para los Estudios de Ray Bradbury, en Indianápolis, Estados Unidos) recuerda haber visitado una escuela secundaria con el escritor a fines de los 80. Mientras caminaban por los pasillos, los profesores y las bibliotecarias le contaban que sus ficciones los habían motivado para dedicarse a la docencia. Como padre, creyó en el poder revolucionario de la lectura y llenó de libros las cunas de sus hijas. Por otra parte, sostenía que la ciencia ficción tenía un indudable sentido didáctico: las historias de otros mundos a menudo sirven para reflejar el nuestro. Así, las Crónicas marcianas, por ejemplo, han sido leídas como metáforas del Lejano Oeste estadounidense. En el año 2000 Ediciones desde la Gente publicó por primera vez en castellano una antología de su faceta menos conocida, su poesía, cuya traducción y selección estuvo a cargo del escritor Marcial Souto.

Bradbury consideraba que los avances técnicos rara vez se producen sin consecuencias y que «el automóvil es el arma más peligrosa de nuestra sociedad». También militó de forma implacable contra la bomba atómica, como muestran los relatos «Vendrán suaves lluvias», en el que una casa automática sigue funcionando pese a la destrucción de la ciudad por un bombardeo atómico; «El basurero», en donde los recolectores de residuos son puestos a recoger los muertos que deja una detonación nuclear; o «Bordado», que relata el desolador fin de tres mujeres en medio de una explosión de prueba. En consecuencia, sus planes para las ciudades del futuro contemplaban un mayor uso del transporte público, como menciona en una entrevista en Playboy en 1996: «Reemplazaría a los autos, siempre que fuera posible, con colectivos, monorrieles, trenes rápidos, lo que sea», para que las ciudades sean sitios donde, siendo peatón, valga la pena vivir.

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