Cultura

Osvaldo Bayer, a contrapelo

Fue, entre otras cosas, periodista, crítico, novelista, dramaturgo, historiador, guionista cinematográfico. Pero no quería otro título que el de «cronista con opinión»”. Cronista, según su definición, porque cuando escribía se ceñía estrictamente  a los hechos; con opinión, porque frente a los hechos nunca era neutral. Tomaba partido, se comprometía con una perspectiva. Siempre en defensa de los de abajo. Lejos, muy lejos, diametralmente opuesto a los periodistas que blindan el poder de los privilegiados. Antagónico con escribas a sueldo del sistema. Cumplía cabalmente con el precepto de Walter Benjamin: «Consideraba que su misión era pasar por la Historia el cepillo a contrapelo».
Había nacido en 1927, el mismo año que Rodolfo Walsh y David Viñas. Junto con ellos, hombre cardinal de una generación que se debatió entre el compromiso sartreano y el intelectual orgánico definido por Antonio Gramsci, disputó desde el pensamiento crítico  la hegemonía de liberales, católicos y positivistas dentro del campo intelectual local desde fines de la década de los 60.
Tuvo, según sus propias palabras, «una especie de actitud independiente, porque mi aspiración era y es ayudar a las grandes tendencias revolucionarias sin meterme en su raíz política, sin juzgar sus tácticas y estrategias, sino su voluntad y su meta final. Pareciera que yo hubiera sido socialista, comunista o anarquista. Y sin ningún empacho puedo decir que apoyé las luchas de liberación que, equivocadas o no, se llevaron a cabo desde estos tres puntos ideológicos».
Fue autor de La Patagonia rebelde, una saga de la lucha de los peones rurales del sur argentino en 1921 que llevó al cine Héctor Olivera en una versión que, amenaza de la Alianza Anticomunista Argentina mediante, lo llevó al exilio en 1975. También fue biógrafo de Severino Di Giovanni, un anarquista al que definió como «el idealista de la violencia», y escribió numerosos libros. Periodista desde que fundó en Esquel el periódico La chispa (nombre tomado del periódico de los rusos bolcheviques), pasó por la jefatura de redacción de Clarín de los 70, y, al retornar del exilio, trabajó en Página/12 tras la retirada de la dictadura. Guionista de numerosas películas, entre ellas la que dirigió Olivera; novelista con Rainer y Minú, la romántica y trágica relación del hijo de un asesino nazi y una mujer judía; protagonista de polémicas célebres sobre la violencia; profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires. Y, sobre todo, compañero de las Madres de Plaza de Mayo, militante de los derechos humanos y de la causa de los pueblos originarios, en nombre de la cual reclamó incansablemente por el retiro de la estatua de Roca en la Ciudad de Buenos Aires y el cambio de nombre de todas las calles que llevaban el apellido del genocida.
Vivió sus últimos años entre una casa en Linz, una aldea de Alemania, cerca de Bonn, y una pequeña vivienda atestada de libros, diarios, revistas, fotografías, y los archivos de sus investigaciones y escritos, ubicada en el mismo emplazamiento de la casa paterna de la calle Arcos, en el porteño barrio de Belgrano, que periódicamente se inundaba con las lluvias y amenazaba la existencia de Osvaldo y sus papeles; el Tugurio según la definición entre realista e irónica de otro de sus amigos, el escritor Osvaldo Soriano. Allí, en el Tugurio, el 24 de diciembre, dicen que murió. Aunque quizá él lo desmienta. Decía: «Hay que ir siempre contra lo que aparece como la versión consagrada. Lo importante es tener claro de qué lado se está. En una sociedad de disputas, yo he estado siempre con los rebeldes, con los que han protestado, con los que han dicho basta».
¿Alguien puede decir que Osvaldo no seguirá estando con los rebeldes?