Cultura

Pasión restauradora

En el universo de las bibliotecas, los encargados de reparar los volúmenes más valiosos dañados por el paso del tiempo u otros factores son los exponentes de un oficio tan antiguo como vital. La importancia de la conservación y el valor de los originales.

Taller. El trabajo del restaurador le devuelve calidad de vida al objeto sin alterar su esencia. (Kala Moreno Parra)

 

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas». Así empieza Borges la descripción de una fantástica biblioteca, que se erige en protagonista de su cuento «La biblioteca de Babel». Tempranamente familiarizado con los libros, el autor también fue custodio y preservador de estos bienes emblemáticos que acompañan al hombre desde el origen de la civilización, y cuya historia se asocia a la del papel y sus predecesores: tablillas de arcilla, papiro, pergamino.
La sala que alberga los volúmenes también tiene remotos antecedentes. Se cree que la primera, fundada en el siglo III a. C., fue la Biblioteca Real de Alejandría, que habría tenido unos 900.000 manuscritos. Las razones de su completa desaparición han generado profusos estudios y debates, pero esta biblioteca sigue siendo una imagen ideal de lo que debería constituir un espacio destinado a la conservación de las ideas y la expresión artística.
«Para el Estado y para cualquier otra institución pública o privada es primordial generar planes de preservación de los bienes culturales, entre los que se hallan, por supuesto, el libro y toda documentación escrita de la producción artística e histórica», sostiene José Pérez Botta, museólogo especializado en la materia. «De allí se desprenden todos los programas de conservación, en los que se va a tratar de controlar el contexto del objeto tomado como un sistema. Desde la hoja de papel hasta el documento, el libro, la estantería, el depósito, la biblioteca, la institución, la ciudad, según las variables que se quieran tomar como parte de ese contexto», amplía.
El trabajo de Pérez Botta consiste en prevenir y, para ello, generar acciones que controlen los factores de daño identificados. En iguales términos caracteriza la actividad María Susana Cagliolo, técnica en conservación y restauración, para quien el oficio «involucra el cuidado de los objetos culturales, conocer los materiales que los componen y su interacción entre ellos y el medio que los rodea, para evitar la pérdida de información, por medio de actividades que respeten el valor del original».
En agosto de 2015, la localidad bonaerense de San Antonio de Areco sufrió una gran inundación. Se perdieron cuantiosos bienes materiales y también documentos y libros. Allí intervino Peréz  Botta. «Hay factores naturales como ese, pero la acción del hombre es el factor más dañino. Esto puede ocurrir ex profeso (como cuando regímenes autoritarios deciden quemar libros y documentos), por actos vandálicos o falta de cuidado, que a veces obedece al desconocimiento de los procedimientos para manipular los objetos», señala.
Cuando el daño ya se produjo, es la hora del experto en restauración. Su trabajo se pondrá al servicio de cualquier producción escrita en papel: periódicos, revistas, cartas, partituras, documentos históricos y legales, incluso partituras musicales. «La meta es devolverle calidad de vida al objeto, pero no modificar el original y respetar sus características; si no se entendería que es una falsificación», señala otra experta, María Ester Rossi, apasionada de su oficio al igual que sus colegas. Entre otros textos, a lo largo de su carrera ha restaurado una colección completa de Juan B. Alberdi. Y en la actualidad encara la enorme biblioteca que perteneció al fallecido dirigente político Antonio Cafiero, quien la donó a la Universidad Nacional de Lanús.
El volumen más antiguo con el que trabajó Rossi fue Enfermedades del caballo, editado en Barcelona en 1512. En ese caso procedió a cambiar las tapas de pergamino, que estaba bastante quebrado, en tanto el cuerpo del libro estaba impecable. «Creo que hoy hubiera probado con rescatar esas tapas», se lamenta. «Pero este oficio en extinción se basa en ir acumulando experiencia, y en hacer pacientes horas de taller, equivocarte y volver a intentarlo. Cada libro es una nueva propuesta y hay que investigar y ver qué se usa».