Cultura

Peaky Blinders, temporada final

Creador: Steven Knight
Protagonistas: Cillian Murphy, Sam Neill, Helen McCrory
Netflix

Shelby. El personaje se impone dos nuevas misiones antes de entrar en la legalidad.

PRENSA

La última vez que vimos a Tommy Shelby trató de volarse la cabeza de un tiro en los terrenos de su casona, aparentemente interminables y envueltos en una densa neblina. No lo consiguió, y ahora, retornado de la muerte una vez más (de tantas), esa misma pulsión mortuoria lo guía por el intenso recorrido de esta sexta y última temporada, que tras su paso por la BBC llegó a Netflix para llevar al mundo ese inimitable acento de irlandeses gitanos en Birmingham.
A nueve años de su comienzo, la serie creada por Steven Knight debe anudar algunos asuntos, aunque flota todo el tiempo la pregunta de si en verdad quedaba algo nuevo por contar o sencillamente podría seguir igual a sí misma en el espiral eterno de unas circunstancias que ya habían sido enteramente prefiguradas en las temporadas anteriores. Tras un salto de cuatro años, hasta 1933, uno de los temas centrales es el mismo de la quinta temporada (estrenada en 2019): el ascenso del nazismo en Europa con una pata diabólica en el poder estadounidense, donde algunos de sus cuadros políticos creen que «este sistema vetusto» (la democracia representativa) tiene los días contados. 
Habiendo alcanzado cierta respetabilidad con un puesto parlamentario, Thomas Shelby (el indestructible Cillian Murphy) se impone a sí mismo dos últimas misiones antes de, como se ha prometido tantas veces, volcar los negocios familiares hacia la legitimidad y legalidad totales: un último golpe con un cargamento millonario de opio, y una compleja estrategia para detener el fascismo (y al IRA), que requiere que entable peligrosas, carnales relaciones con varios de sus más salvajes impulsores. 
Además de un rodaje bajo las arduas condiciones de los protocolos COVID, dos cuestiones afectaron el desarrollo de esta temporada. Una externa: la temprana muerte por cáncer de la extraordinaria actriz Helen McCrory, alias la tía Polly, dejó al relato sin una de sus fuerzas primordiales: el personaje contra el que debían enfrentarse inevitablemente las decisiones y acciones de los miembros de la familia. Una vez arreglada su salida en la ficción, su fantasma acosa a Tommy permanentemente: «Habrá una guerra y uno de ustedes dos (Thomas y Michael, el arrogante y ambicioso hijo de Polly) morirá. Cuál, no puedo decirles», dejó a modo de profecía. La otra cuestión, un poco ligada con la primera, es que su creador y guionista, acaso por puro horror al vacío, puebla la trama de nuevos conflictos, para que sus protagonistas no tengan descanso; varios de ellos un poco repentinos, como la adicción a las drogas de Arthur, la aparición de un hijo ilegítimo y desconocido y, en particular, la enfermedad de la hija de Tommy (una tuberculosis) y luego la suya propia.
Estas pequeñas reservas sobre el guion de esta temporada van con un poco de culpa, porque la verdad es que siempre, incluso en sus momentos argumentalmente más sólidos, una de las razones por las que Peaky Blinders fue tan hipnótica fue esencialmente estilística: un conjunto de personajes descomunales que en su brutalidad y su inmoralidad consiguen ser siempre demasiado cool y fascinantes. Sanguinolencia, trajes de tres piezas, explosiones en cámara lenta y niebla, mucha niebla. Hay picos, como cuando Tommy sale en busca del origen de la que, está convencido, es una maldición gitana, o cuando, en una breve secuencia ambientada en el interior de un comercio de opio, se hace literal la consigna que les da forma a estos capítulos: «Es como si –le dice, palabras más, palabras menos, su esposa Lizzie– hubiera una bomba a punto de estallar: este es el minuto de silencio» antes de que todo vuele por los aires. 
Y es que todo está por volar por los aires: el arco de los 36 episodios de Peaky Blinders va, finalmente, de la Primera Guerra Mundial que dejó marcado para siempre al protagonista, a la ominosa sombra de la Segunda Guerra, que ya se cierne sobre Europa. Pero, sorpresa, esto no ha terminado en realidad, según las declaraciones de Knight: habrá película.


Mariano Kairuz