Cultura | Cuento

Pero con vida

Francisco Bitar (Santa Fe, 1981) es narrador, poeta y ensayista. Publicó entre otros títulos los libros de cuentos Luces de navidad (2014) y Acá había un río (2015), la crónica Historia oral de la cerveza (2015) y las novelas Tambor de arranque (2012) y La preparación de la aventura amorosa (2021).

Pablo Blasberg

Dos hermanos
Al final de sus años de juventud deciden vivir juntos, aunque en casas separadas, en un terreno heredado y con dinero heredado.

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El Hermano 1 es técnico constructor, lo que para la época significa un título de importancia, y se encarga tanto del proyecto como de la dirección de la obra.
Todo se consulta con el Hermano 2, trazado y materiales, aunque el Hermano 2 no es experto en esta materia y, posiblemente, en ninguna otra: le interesan los libros viejos, la composición de las nubes, los mensajes tallados en los árboles, pero nadie parece dispuesto a pagar por nada de esto.

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Al cabo de un año entero de obra, el resultado está a la vista: dos casas gemelas, una junto a la otra, con tejas españolas, una guarda de piedra y dos fresnos de la misma edad en línea recta a la puerta de arco.

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Junto con los hermanos se mudan las mujeres.
Pronto, la Señora de 1 queda embarazada, lo que despierta la alegría en ambas casas.

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Las cocinas, los comedores y los dormitorios están pegados, descansan codo a codo, y cuando Señora de 1 necesita ayuda con el bebé no tiene más que golpear con su anillo de casada en la pared: del otro lado la Señora de 2 acudirá en su ayuda.
Se cocinan mutuamente (aunque los platos son menos elaborados en la cocina de la nueva madre) y escuchan junto a la radio la novela de la tarde.
Pero la Señora de 2 quiere tener su propio hijo y no lo logra.

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Si el domingo lo encuentra trabajando, el Hermano 1 escucha el partido desde su mesa de trabajo. Cuando su equipo mete un gol, él y Hermano 2, que sigue el partido del otro lado de la pared, salen y se abrazan en la calle para volver de inmediato cada uno a su casa.

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A todo esto, el hijo de la familia 1 cae enfermo; es una enfermedad grave de la que finalmente, contra buena parte de los pronósticos, se recupera.
Aunque no sin lamentar víctimas: ahora la Señora de 1 sospecha de las intenciones de la Señora de 2.

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No le gusta la mirada de su concuñada, que pasa el día entero al acecho y que sale al patio al mismo tiempo que ella. El humo del cigarrillo cruza el tapial y hace toser al bebé, que todavía está convaleciente.
No entiende cómo su marido, el Hermano 2, todavía la aguanta, si no hace nada útil con su tiempo. Aunque el Hermano 2 tampoco es exactamente un ejemplo de trabajo.

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Además, hablando de trabajo, dice la Señora de 1 a su marido:
Vos sos un técnico constructor. ¿Qué hacemos en este barrio, en esta casa de obreros?

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Hermano 1 y Señora de 1 no tardan en mudarse lejos junto a su hijo y, poco después, como si no quedara mucho por hacer ahora, la Señora 2 desaparece de casa.

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Una mañana temprano, luego de un tiempo largo en silencio, el Hermano 2 escucha ruidos al otro lado de la pared y corre hasta la casa de al lado.
Se encuentra con una pareja joven y un empleado inmobiliario: la casa está a la venta.

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Por alguna razón, sin embargo, no hay transacción que prospere.
En la casa vacía del Hermano 1, al igual que la de 2, ya no se renueva la pintura, la guarda de piedra empieza a agrietarse, se cae una teja donde unos gorriones construyen su nido.
Crecen los pastos de la vereda y, sobre la base de los yuyos más altos y densos, se detiene la basura que trae el viento: bolsas, revistas de supermercado y botellas de plástico.

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Una madrugada sorprenden a dos ladrones en la casa que fuera de Hermano 1, en el momento de saltar por los techos.
Declaran que antes entraron a la casa de junto por la puerta abierta del fondo. Apretaron el interruptor pero no había luz. Desde la oscuridad, una voz les dijo que ahí no había nada de valor y nada, tampoco, sin valor, pero que podían probar en la casa vacía de al lado sin equivocarse, que era igual a esa.
Pero con vida.

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Con el tiempo, como pasa con cualquier otra construcción, tiran abajo ambas casas. Construyen, en su lugar, un edificio de siete pisos.
Los escombros son reducidos a su mínima expresión y ninguno de los materiales, ni la piedra más fuerte, queda en pie. Parte de la construcción original se destina a material de relleno, pero en su mayoría queda inutilizable.
No hay más que polvo.

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Con todo, los arquitectos descubren que la disposición original de las casas gemelas da resultado; quien sea que lo hubiera pensado, hizo un buen trabajo. Posición de las ventanas, orientación respecto de la luz natural, ubicación de las habitaciones, todo está en su justo lugar.
A dos por piso, son catorce departamentos gemelos con cada habitación replicada en la de al lado: baño con baño, cocina con cocina, dormitorio con dormitorio. Es una idea fantástica, en condiciones de evitar cualquier tipo de disgusto. Si son hombres de bien, no habrá posibilidades de molestarse: se levantarán, comerán y se acostarán al mismo tiempo. Y quién dice que, en sintonía con el vecino, no se alegrarán por lo mismo, no sufrirán juntos, no vivirán lo que se dice una vida en común, aunque sin saber uno del otro.