Cultura | De cerca | YURI VENTURiN

Prepotencia de trabajo

A 20 años de su origen, la Orquesta Típica Fernández Fierro logró forjar una estética propia con la que renovó la escena tanguera y recorrió el mundo.

El acta de nacimiento marca una fecha imprecisa del invierno de 2001, tan solo unos meses antes del estallido. Fue un desprendimiento de la Fernández Branca: algunos de sus miembros llevaron más allá sus inquietudes de componer tangos desde una perspectiva actual. Desde entonces, la Orquesta Típica Fernández Fierro trazó su propio derrotero. Primero domaron ese lenguaje complejo y luego lo pulieron a su imagen y semejanza. Más temprano que tarde encontraron su sello de distinción, una impronta personalísima.
En todo este tiempo grabaron siete discos y salieron de gira por el mundo, desde Brasil hasta Islandia, pasando por México, Estados Unidos, España, Alemania, Dinamarca y Australia. Entre idas y venidas, son muchos los integrantes que se fueron y otros tantos los que llegaron, pero hay algunos que se mantienen. Sobre todo ello, lo que trasciende es la orquesta misma, rebautizada hace unos años simplemente Fernández Fierro. ¿Que 20 años no es nada? El grupo, además de lo anterior, terminó convirtiéndose en una especie de factoría tanguera. Muchos de sus miembros tienen un vasto recorrido solista o con otros ensambles.
Gestión independiente, voluntad arrolladora y un modo musical característico: un tango denso, el vigor sobre los matices, los bloques instrumentales espesos por sobre los solos. En vivo, la estética con la que se plantan sobre el escenario resulta, en parte, ajena al dos por cuatro. Después de inaugurar el Club Atlético Fernández Fierro en el corazón del Abasto, en 2010 lanzaron la primera radio online dedicada exclusivamente al tango actual y desde 2017 organizan el Festival Autogestivo del género. Hay, si se quiere, cierto espíritu ricotero a su alrededor, una idea puglesiana desde la organización cooperativa, un latido que raya con las noches del Parakultural. Pero no hay nostalgia allí sino, más bien, ansia tanguera por el futuro. Miembro original desde la fundación, el contrabajista y director musical Yuri Venturin recorre el pasado y el presente de la Fernández Fierro.
–¿Cómo recordás aquel punto de partida?
–En algún momento esa primera orquesta, la Fernández Branca, implosionó. No estaban dadas las condiciones para determinados avances a nivel profesional. Algunos seguimos para adelante con esa idea: una típica con el sonido de la orquesta de Osvaldo Pugliese como punto de partida. Algo bien definido, fue importantísimo tener la convicción de que ese era un comienzo, no una aproximación en pos de la imitación. Entendíamos que era un lugar muy sólido para ponernos a escribir música. El estilo de Pugliese era el que más nos podía llegar a representar, a identificar.
–¿Qué encontraban en ese estilo?
–Lo sentíamos más actual. Otras orquestas sonaban más a cosas del pasado. La personalidad que tenía la de Pugliese desde el sonido era más aguerrida, más ruda y no por eso, de ninguna manera, menos musical. De hecho, de todas las orquestas de la llamada época de oro del tango, sin dudas la que más desarrolló el lenguaje fue la de Pugliese.
–¿Y organizarse de manera cooperativa también viene de allí?
–Más allá de coincidir ideológicamente, lo nuestro pasó más por una cuestión generacional y tiene que ver con cómo se arma una banda de rock. Tradicionalmente, los músicos de tango tenían una trayectoria con músicos mayores y luego se abrían por su cuenta. En nuestro caso, eso fue algo que se cortó: era muy poco lo que se podía interactuar con los músicos de tango de generaciones previas. Teníamos la calentura de hacerlo y lo hicimos. Con muchos defectos, obvio. Pero haciendo gala de respetar nuestro objeto de deseo, que era tener una orquesta.
–¿Cómo era la escena tanguera de la época: campo poblado o tierra yerma?
–Orquestas de nuestra generación no había ninguna. Estaba El Arranque, pero era otra cosa. Típicas, de nuestra edad, no había. Era una cosa de locos, sí. Lo hacíamos simplemente por la calentura que teníamos. Y eso fue lo que nos posibilitó llevarlo a cabo. Cuando arrancamos, y aún con todas las deficiencias, la gente se volvió loca: no lo podían creer. Recibimos mucho apoyo y también muchas posibilidades, porque realmente no había nada. Gente de nuestra generación haciendo tango se contaba con los dedos de la mano.
–Sucedió algo análogo con otras agrupaciones tangueras de comienzos del siglo XXI: una primera etapa de aprendizaje, de volver sobre los clásicos, para luego sí encarar la búsqueda de un lenguaje y una composición propia.
–El lenguaje del tango es realmente complejo. Y más aún el que manejaba Pugliese. Nos llevó mucho tiempo, mucho trabajo lograr cierta experiencia como para más o menos estar bien parados en ese punto de partida. La cuestión fue, desde un principio, hacer música nueva. Y no solamente compuesta en ese momento, sino que además buscara nuevos caminos. Y eso se fue dando de a poco. Las versiones de los temas de antaño fueron dando lugar a composiciones originales. En determinado momento no hicimos más tangos viejos. Ese proceso llevó casi una década.
–Durante sus primeros años, ¿la orquesta fue un poco resistida?
–Creo que, más allá de que se pueda coincidir o no con otras estéticas, se logró un determinado respeto. Nada menor, fue importante. Lo de la resistencia era algo del principio, quizás con mucha razón, porque la orquesta tenía grandes deficiencias y entonces era lógico que a muchos les molestara. Les pedimos disculpas.
–Y en la actualidad, por el contrario, son referencia obligada.
–Sí, totalmente. Y no tengo problemas en reconocerlo. Por eso llama la atención que desde 2007 no nos hayan convocado a participar del Festival de Tango de Buenos Aires. Algo pasa. Por prepotencia de trabajo, durante todos estos años hemos tocado casi ininterrumpidamente dos o tres veces por semana.
–Otro rasgo que los distingue es que tocan mucho.
–Realmente nos sentimos cómodos, nos gusta el vivo y, además, posiblemente no seamos lo suficientemente buenos músicos como para estar sin tocar y que las cosas salgan como nos gustan. En cierta forma, en algún momento eso se convierte en una forma de vida. Durante mucho tiempo sabíamos qué día de la semana era si estábamos tocando.
–Además de ser su claro lugar de pertenencia, hoy en día no se puede pensar el circuito tanguero sin el Club Atlético Fernández Fierro.
–Han pasado tantos por el club, realmente: músicos de tango, pero también de otros estilos. Hace poco hablaba con uno de los muchachos del Cuarteto de La Púa y comentaba que a sus alumnos les decía que, si querían conocer el género, tenían que pasarse la mitad de la semana en el CAFF. El club corre en paralelo a la orquesta, es independiente, aunque ojalá lo fuera mucho más. Hemos tratado todos estos años de que sea autosustentable, pero está difícil. ¡Tampoco somos muy buenos administradores! Cuando empezamos con el club, era otra situación y el Abasto era algo totalmente distinto a lo que terminó siendo. En algún punto, fue como una especie de faro en el barrio, porque a partir del CAFF fueron apareciendo pequeños barcitos aquí y allí.


–Volviendo a la cuestión musical, a partir del cuarto disco, Putos, aparecen no solamente la composición propia y las versiones de compositores contemporáneos, sino que también se empieza a notar cierto sonido característico.
–La primera muestra del sonido de la Fierro, la estética así como la conocemos, aparece en ese disco. Pero el antecedente es el arreglo de «Las luces del estadio/Buenos Aires hora cero» que está en el anterior, Mucha mierda. A partir de ahí se desarrolló esa idea, que se empezó a plasmar mucho más en Putos.
–Putos y TICS son dos trabajos definitorios de su estética. Y en el más reciente Ahora y siempre parecen haber llevado ese sonido al extremo.
–Desde un principio teníamos la inquietud de buscar un sonido más complejo, no solo la impronta acústica de los instrumentos. Esa búsqueda se hizo de una manera no muy acertada en Putos y fue definitivamente importantísimo y revelador haber trabajado en TICS con Walter Chacón y Tito Fargo. La idea que teníamos de modificar un poco el sonido de la orquesta, la pudimos llevar a cabo con personas que sabían cómo encontrar eso que andábamos buscando.
–Una figura fundamental que aparece allí es Alfredo «Tape» Rubin.
–Lo respetamos y admiramos muchísimo. Y tenemos la suerte de conversar mucho. Ahora no nos podemos ver pero siempre estamos hablando, comentamos cosas, a veces discutimos problemas musicales, de letras incluso. Es definitivamente una figura importantísima en todo este lío.
–Otro nombre que aparece es el de Palo Pandolfo, especie de puente entre el rock y el tango. ¿Se puede pensar esta música sin tener en cuenta, por ejemplo, a Spinetta, Charly García, Los Redondos o Sumo?
–Cuando uno se pone a hacer dibujitos sobre el pentagrama aparece todo: ese bagaje está ahí. Por supuesto, que uno tenga muchas cosas en el baúl no quiere decir que vaya a usarlas como un desquiciado o como un niño que quiere usar todos los juguetes a la vez. Pero, definitivamente, el rock de alguna manera aparece. Al menos para los de nuestra generación, en los nuevos aparecerán otras cosas. Lo mismo pasa al subirse a un escenario. Todo eso cambia la concepción de las cosas y los significados: no es lo mismo, nada es lo mismo. Uno ve a determinados artistas que parecen vivir en la máquina del tiempo o que están demasiado enamorados del pasado. Todo cambió. Y hacemos lo que podemos asimilando lo nuevo.
–¿Cómo piensan la tradición musical?
–Nosotros nunca nos planteamos hacer música tradicional. Pasa que ese término está muy mal utilizado. Lo que hicieron Pugliese, Troilo, Salgán, Gobbi, Di Sarli en su momento, no fue nada tradicional. Que eso después, a lo largo de los años, haya construido una tradición, sí, es lógico. Pero no fueron músicos tradicionalistas, para nada. Nosotros tomamos el ejemplo de ellos, que iban para adelante rompiendo estructuras muy fuertemente: es lo que intentamos seguir, teniendo muy claro de qué lado queremos jugar.
–¿Y a futuro?
–Con cada música nueva que se plantea, siempre hay una vuelta. Y cuando se percibe algo que nos resulta interesante vamos por ahí, como pasó con «Las luces del estadio». A veces son detalles muy sutiles, pero todos hacen a la cuestión. Hay una retroalimentación, aparecen cosas enganchaditas a otras que se han hecho antes, obvio. Es un proceso: así como antes estábamos enganchados al pasado del tango, ahora también lo estamos al presente y a nosotros mismos.
–En 20 años lograron una estética definida, pero no definitiva.
–Si uno escucha a la Fierro, enseguida se da cuenta de que somos nosotros. Pero eso no quiere decir que no nos propongamos modificar y que surjan cosas nuevas.


Juan Ignacio Babino - Fotos: Jorge Aloy