Cultura | De cerca | GUILLERMO SACCOMANNO

Razón de ser

Después de atravesar una crisis narrativa, el escritor publica una novela, un diario centrado en la poesía y un libro de reflexiones sobre el oficio.

Publicar tres libros al mismo tiempo no es común. Tampoco que un narrador tenga una sensibilidad particularmente intensa con la poesía. Menos, incluso, que un autor reconocido recupere su programa de iniciación en la literatura, como un regreso a las fuentes. Ese es el caso de Guillermo Saccomanno, como puede notarse en sus últimos libros, la novela Soy la peste y los diarios Los días Trakl, donde procesa un conjunto de lecturas y escrituras alrededor de la poesía y del poeta alemán George Trakl, además de Mis citas con Lao, un armado de reflexiones sobre el oficio a partir del diálogo y de los emails intercambiados con su pareja, la escritora Fernanda García Lao.
Saccomanno vive entre Villa Gesell y Buenos Aires, donde lo encontró la pandemia. El buen dolor (Premio Nacional de Novela, 1999), El oficinista (novela, Premio Biblioteca Breve Seix Barral, 2010), los cuentos reunidos en El sufrimiento de los seres comunes y la trilogía de novelas sobre la violencia integrada por La lengua del malón, El amor argentino y 77, son algunos títulos de una obra prolífica y en continua interrogación, que también incluye dos libros en colaboración con García Lao y, por cuerda separada, una trayectoria como guionista de historietas.
–En Los días Trakl hablás de una crisis personal con la ficción y de una pérdida de fe en el oficio de narrador, pero al mismo tiempo publicás una novela. ¿Cómo se explica?
–Si no tuviera esa crisis no habría escrito Soy la peste, porque en un momento pensé que ya no escribiría una ficción de mínimo aliento. Tal vez perdí la inocencia, en un sentido. Empecé escribiendo poesía, de muy pibe, simultáneamente empecé a escribir guiones, lo que hice durante muchos años y todavía escribo alguna historieta para Cacho Mandrafina. Me formé en géneros considerados espurios, como la redacción publicitaria y la historieta, que tienen una virtud: te ayudan a perder el miedo a la página en blanco. Si tenés que entregar un aviso en diez minutos, hay que sentarse y hacerlo. Con la historieta es todavía más comprometido, porque hay un dibujante esperando. Crecí con esa convicción de no tener miedo a la página en blanco. Pero cuando volví a la poesía después de años, cuando me puse a escribir sobre poetas y a reflexionar sobre el hecho poético, empecé a hacerme otras preguntas. ¿Qué busca uno en la escritura? Desconfío ya de escribir para los lectores, aunque por supuesto uno piensa en un lector virtual. Pero uno escribe formulándose preguntas, y la literatura que me interesa es la que cuestiona, la que incomoda. Ahí empieza lo más interesante del oficio.
–¿Qué implica escribir desde esa situación de incomodidad?
–Escribir contra las certezas, contra las fórmulas consabidas que uno tiene incorporadas. Si tengo que escribir un cuento con fecha de entrega lo puedo hacer, lo que no sé es si tengo la pasión que tenía en otro momento por esa compulsión. Estoy escribiendo cuentos cortos, más ligados por su estructura con el hecho poético. En Los días Trakl encontré a un poeta que me interrogaba y me enfrentaba conmigo mismo y también una barrera lingüística, porque no sé alemán. Qué tupé, me dirás. Sin embargo hay un hecho poderoso en la escritura. ¿Cómo puede ser que uno lea a Dostoievski pasado por dos lenguas o dos traducciones y tenga la potencia que tiene? Con la poesía pasa lo mismo. Tomé varias traducciones y traté de construir mi Trakl personal.
–El lenguaje poético de tus diarios coexiste con un registro del lunfardo en la novela. ¿Cómo se arman esas búsquedas?
–Me propuse ver si podía romper el cansancio por la ficción consolidada en términos retóricos como «se levantó, miró por la ventana, llovía». Apelé a la compulsión que me dio el oficio de guionista para escribir cada mañana, para mí mismo. Un Sherezade mientras amanecía, ya que me levanto muy temprano. ¿Cuáles son los autores que me marcaron? Bueno, Dostoievski, pero también Rimbaud y Roberto Arlt, dos guías que tenía en la mesa mientras escribía. ¿Con esta influencia qué puedo contar?, me preguntaba. Así surgió Soy la peste, un libro bastante Trakl a su manera. Desde Paul Valéry hasta Maurice Blanchot, hay mucha reflexión sobre el hecho poético y no obstante uno persiste y se pregunta por el lugar y la posibilidad de la belleza y la verdad en el mundo. Es en la escritura donde uno puede encontrar algo que lo explique.

–En Soy la peste se habla de una distancia serena que permita comprender lo que ocurre. ¿Puede ser una descripción de lo que persigue la literatura?
–Me lo pregunto todos los días. Si no buscás la belleza y la verdad, la existencia no tiene sentido. En un tiempo en el que vivimos en el encierro y que nos vuelve otros, porque te sorprendés en actos y en gestos en los que no te reconocés, la escritura pareciera dar una razón de ser. En estas averiguaciones de sentido o en lo que Wittgenstein llama «los movimientos del pensar», al escribir sobre poesía a veces partiendo de una película, de una pintura o de una narración, empecé a notar que estaba en una zona de misterio. Avanzaba en la oscuridad, y eso me generó la crisis con la ficción, pero no con toda la ficción porque de hecho estoy leyendo El castillo de Kafka por enésima vez. No puedo leer la narrativa convencional. Veo la lista de novedades, no estoy muy informado sobre lo último que se publica porque hay muchas editoriales independientes, pero no encuentro narraciones que me enganchen. Durante muchos años di taller literario, fue una experiencia notable que me obligó a ver qué biblioteca me había formado. En la medida en que te metés en los textos de otros empezás a escarbar cada vez más en la construcción, en las herramientas, en los mecanismos. Lo más difícil no es que otro llegue a publicar un texto, sino que encuentre algo que le sea propio, una voz en la que a lo mejor no se reconoce. Encontrar una voz personal, algo que hable de tu preocupación por el misterio. Eso es lo que no encuentro en la narrativa, incluso algunos de los textos que se han publicado sobre la pandemia me resultan impostados. He escrito y he leído muchas novelas policiales, un género que me parece altísimo; pero hoy ya me cuesta creer en el enigma, en la creación de una intriga. No puedo. Tal vez las escrituras que más me preocupan son aquellas donde siento que, además de una voz, hay un cuerpo, hay una historia, donde puedo leer el miedo, el dolor, la alegría.
–En Soy la peste el personaje termina por irse al mar, un paisaje muy ligado con tu historia personal.
–Extraño el mar, porque la pandemia me agarró en Buenos Aires y en Olivos. De los 30 años que llevo en Villa Gesell, la mayor parte los pasé frente al mar. Y después en el bosque. El mar te enfrenta a tu pequeñez humana y a tus ambiciones que de pronto resultan tan nimias, tan poca cosa. Yo fui un pibe urbano, me crié en un barrio, Mataderos, que en aquel tiempo era mitad campo mitad ciudad. Pero siempre tuve la naturaleza como deseo. El mar es la vitalidad, la expansión, el horizonte. Y está en la novela porque me parecía el final lógico de una película que vi muchas veces, Los 400 golpes, y al protagonista lo sentía próximo a Jean-Pierre Léaud, el actor de Truffaut en esa película. El mar cambia todo el tiempo y te impone sus estados, a mí me funcionó también como cura, como depuración. Y en el bosque establecés otra relación con la naturaleza, más inmerso en vos mismo. Ahora, mis últimos libros le deben mucho a la relación con Lao, ella me dijo que llevara cuadernos cuando yo trataba de rearmar los poemas de Trakl.
–¿Cómo fue previamente escribir con ella, a cuatro manos?
–Fue una aventura. Hubo un ejercicio de seducción recíproco, ella tenía una biblioteca que venía más de la dramaturgia y de la poesía y yo otra, más de la narrativa. Y también del orden de lo erótico. Cuando nos conocimos, ella viajaba, yo me iba a Gesell y mi propuesta fue preguntarle cómo seguíamos y por qué no escribíamos una novela por entregas. Así surgió Amor invertido. Ahora puedo levantarme y mandarle un email y decirle qué desayuné, pero otra cosa es si comparto con ella mis lecturas y ver cómo ingresan estas lecturas en lo cotidiano de la relación.
–En algunos textos evocaste tu amistad con Antonio Dal Masetto, con quien compartían los textos antes de la publicación. ¿Te importa tener estos diálogos?
–Me importa en la medida en que ese otro es alguien admirado, al que le adjudicás un saber, ese saber de lo que no se sabe, que es la escritura. Con Dal Masetto teníamos una relación entrañable en ese punto, como tengo también con Lao. Con el Tano habíamos llegado a la conclusión de que el amigo escritor es un guardaespaldas. Como dice Arlt, una vez que publicaste el libro te arrojaste a los perros, ya no hay vuelta. A veces me aterra cuando veo los libros publicados, porque puede ser terrible, darte un ataque de vergüenza, pensar «cómo pude escribir esto». Es muy importante contar con un buen editor.
–Dal Masetto tenía un cartel con la frase «Justifica el día» en su lugar de trabajo. ¿También es tu ideal?
–Sí, no puedo pasar un día sin escribir. Por eso llevo un diario y aparte un diario de todo lo que leo. Salto de un libro a otro, leo compulsivamente, mezclado, y anoto impresiones. Por supuesto lo personal interviene de manera más pudorosa, porque el diario de lectura tiene la pretensión subliminal de encontrar un nuevo brillo a eso que estás leyendo, como si fueras el primer lector. En Por qué leer a los clásicos, Italo Calvino plantea que un libro clásico es un texto que no dice dos veces lo mismo, y ocurre. No solo vos cambiás, también el texto, y tiene que ver con el hecho poético. Más allá del componente ficcional de todo diario, es también la novela que uno se arma para seguir adelante.
–Otras referencias importantes no provienen del mundo intelectual. Los días Trakl termina con una conversación con Eduardo Serrano, un guardavidas que eligió vivir en la austeridad después de pasar un duelo. Otro de tus libros, Un maestro, trata la historia del docente Orlando Balbo. ¿Qué significan estas figuras?
–Cuando te hablaba de encontrar la belleza en el mundo pensaba en esa gente que pasó a tu lado y te dio una revelación. El Nano Balbo, con quien somos amigos desde los 20 años, es un gramsciano activo que participa en encuentros políticos y gremiales, y aunque impedido auditivamente y sin poder moverse por la pandemia, pelea y trabaja por un mundo mejor. Pienso también en Osvaldo Bayer, y en un modelo de intelectual que para mí podría ser hoy John Berger, en una mirada de ojos abiertos todo el tiempo. Son tipos difíciles de encontrar.


Osvaldo Aguirre - Fotos: 3Estudio/Juan Quiles