Cultura

Redes creativas

Además de una intensa actividad docente que ha dejado su huella entre las nuevas generaciones, la artista visual lleva adelante una obra que se centra en la dimensión colectiva. Las intervenciones que la ubican en el centro de la escena en Buenos Aires.

Conceptual.

El Diccionario de certezas e intuiciones ejemplifica su método de trabajo. (Sol Navedo/Prensa)

Desde 1982, la artista visual Diana Aisen­berg se dedica a la docencia en el arte. Por sus talleres pasaron muchos de los artistas más promisorios de las nuevas generaciones, sobre todo mujeres. Y todos confirman que no solo aprendieron sobre historia y procedimientos prácticos, sino también un modo de producir que se centra exclusivamente en la creación en red. Porque Aisenberg es, efectivamente, una creadora de nutridas telarañas: su obra es personal, pero su trabajo es siempre colectivo, ya que se alimenta del aporte de otros. Es una gran recolectora de objetos y también de palabras y conceptos, los mismos que la llevaron a producir ya tres tomos de una historia del arte narrada según su particular punto de vista y agotada en cada una de sus ediciones.         
Estos meses de pandemia maldita la encuentran en el centro de la escena de la producción y la exhibición porteñas. A mediados de noviembre inauguró dos intervenciones de largo aliento en El Moderno de Buenos Aires. Redes, cadenas, hilos se entrecruzan en estos trabajos: parecen collares extenuados, pero son mucho más que eso. En la planta baja podemos apreciar una suerte de cortina realizada con el aporte de diferentes materiales enhebrados por sus innumerables colaboradores, una malla gigante que divide el interior y el patio del museo. Con el mismo criterio, otra serie de collares realizados con cuentas de aquí y allá se enredan en la columna central del primer piso, dejando la huella brillante y entreverada de su método creativo. «No concibo el arte en solitario, el trabajo para mí es siempre una colaboración», dice en diálogo con Acción. Y suena a declaración de principios.
Aisenberg cuenta que llevó adelante una «enorme instalación que inaugura la entrada al patio: me gusta decirle portal. Forma parte de una serie sobre visiones de la mujer entre la mística y la robótica. Son enhebrados colectivos. La consigna para recolectar materiales fue que tuviesen un agujero que fuese enhebrable, para así poder intercalarlos con otros materiales como tules o gasas, que nunca investigamos y que los aplicamos por primera vez acá».

Fantasías compartidas
Durante los últimos diez años, Aisenberg recolectó partes de bijouterie, juguetes y recuerdos, pequeñeces sin destino que dan vueltas por bolsillos y cajones. Hoy organiza la diversidad que el azar ha puesto en sus manos y, como buena anfitriona, prepara reuniones para que cada pieza, en compañía de otras, se convierta en un cuerpo mayor. Junto con ella, artistas, amigos y colaboradores unen las numerosas cuentas multicolores en una tarea manual y meditativa. Este es un largo proyecto aún en proceso, llamado Economía de cristal, que comprende todas sus obras realizadas enhebrando hilos. La artista ha creado un idioma alrededor del intercambio, el encuentro y la puesta en órbita de estas fantasías.
Aisenberg estudió en la Academia de Artes y Diseño Bezalel, en Jerusalén, cuando para escapar de la dictadura se refugió en Israel. Su obra investiga las relaciones entre arte y educación, a través de la acción docente y de la creación de proyectos que incluyen un número variable de artistas y no artistas. Sus obras se encuentran en las colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, el Museo de Arte Contemporáneo de la Provincia de Buenos Aires, en Mar del Plata y el Museo Provincial de Bellas Artes Franklin Rawson de San Juan. Es autora de Historias del arte. Diccionario de certezas e intuiciones (2004) y Método Diana Aisenberg, apuntes para un aprendizaje del arte (2018). El primero es un libro imprescindible, que surgió a partir de una invitación abierta a todos los que estuviesen dispuestos a participar. Así nació esta obra monumental, que estableció lo que es, entre otras cualidades, parte de su marca registrada: generar la posibilidad real de la creación colectiva.