Cultura | JUAN RODOLFO WILCOCK

Retrato íntimo

La extrañeza y la fascinación que generaban tanto la vida como la obra del escritor son redescubiertas por un libro que lleva la firma de Bioy Casares.

Perfil iconoclasta. Una foto de Wilcock tomada por el propio Bioy Casares.

ADOLFO BIOY CASARES/PRENSA

A la muerte de Juan Rodolfo Wilcock, en 1978, Adolfo Bioy Casares se propuso dedicarle un libro de memorias para dar cuenta de «uno de los hombres más inteligentes» que había conocido. El proyecto no se concretó, pero su diario íntimo y la correspondencia que mantuvieron contienen numerosas referencias y testimonios sobre un poeta, narrador y traductor de varias lenguas que sorprendió a sus contemporáneos y atrae a la posteridad tanto por su obra como por su trayectoria de vida. Compilado por Daniel Martino en edición anotada, Wilcock, de Bioy, redescubre así una figura cargada de extrañeza y fascinación en la historia de la literatura argentina.
Nacido en Buenos Aires en 1919, Wilcock irrumpió precozmente en el ambiente literario con Libro de poemas y canciones (1940). Premiado entonces por un jurado que integraba Jorge Luis Borges, se vinculó con el grupo de la revista Sur y en particular con Silvina Ocampo, de quien fue una especie de protegido. En 1957 se mudó a Italia por razones que todavía son un misterio y pasó a escribir en italiano.

Solitario irreductible
La publicación del libro de Bioy Casares se suma a ediciones recientes de la poesía de Wilcock, como Italienisches Liederbuch, 34 poemas de amor y Aprovechemos que hay una fuente, ambos con traducción de Guillermo Piro; y a la reedición de El estereoscopio de los solitarios (versión de Ernesto Montequin), libro de prosas breves o bien «novela con setenta personajes principales que no se encuentran jamás», según el propio autor.
Wilcock pareció representar el ideal del grupo Sur, como escritor original de literatura fantástica y poeta de formación clásica y, al mismo tiempo, lector erudito y traductor tanto de novelas policiales en la colección El Séptimo Círculo como de obras consagradas de la literatura, entre ellas los diarios de Franz Kafka y la poesía de T. S. Eliot. Sin embargo, las memorias de Bioy Casares trazan más bien el perfil de un solitario irreductible que seducía por su capacidad intelectual pero a la vez incomodaba por una franqueza inusual, realzada además por la ironía, para opinar sobre escritores. Sus actitudes y modales chocaban a la clase alta, como queda claro en el fastidio que le provocaba a Adolfo Bioy Domecq, padre de Bioy Casares, y en el temor de Silvina Ocampo ante sus arrebatos de malhumor por cuestiones literarias.
Al igual que los integrantes de Sur, Wilcock fue antiperonista y apoyó al régimen de la llamada Revolución Libertadora, pero se fue del país en una coyuntura favorable para esos intereses. «Es inteligente, culto, perspicaz, brillante», anota Bioy Casares en sus diarios; al mismo tiempo «parece loco» por sus rasgos de conducta y cierta falta de sociabilidad: «con las mejores razones se equivoca, burdamente, y en su propio perjuicio».
La distancia profundizó paradójicamente el aprecio de Bioy Casares hacia Wilcock, que al principio le resultó insoportable. En los diarios transcribe conversaciones que son ahora el único registro de sus ideas, como el gusto por «escribir artículos que enojen a la gente, pero que sean irrefutables» y contradecir las opiniones corrientes, o el rechazo hacia la celebridad, porque según su pensamiento «un escritor famoso está acosado por periodistas y lleva una vida horrible».
En Italia, Wilcock obtuvo no obstante el reconocimiento de otros escritores y artistas –incluso en cine, como actor de El evangelio según San Mateo, de Pier Paolo Pasolini– que en su propio país le fue esquivo: «Ese muchacho se ha hecho odiar, nadie lo quiere», observa Borges en 1956 al comentar los entretelones de un concurso de poesía donde uno de sus libros fue desestimado. «Queda mucho por traducir y por publicar de su poesía, su teatro y sus artículos periodísticos en italiano», dice Guillermo Piro. Quizá el interés de editores y lectores argentinos tenga también un sentido de reparación para quien fue un escritor excepcional.


Osvaldo Aguirre