Cultura

Revelaciones

La voz de la narradora y poeta encuentra su lugar en el panorama literario actual con libros como Lo más natural del mundo, publicado por Desde la Gente. Su formación autodidacta y sus principales referentes. Los sutiles disparadores de la escritura.

Vertientes afines. Flores alterna con naturalidad la publicación de poesía con la de narrativa. (Sub.coop)

Integrante de la misma generación que Samanta Schweblin y Mariana Enríquez, Anahí Flores se destaca dentro del actual panorama literario gracias a una voz en la que, más allá de los géneros, se funden narración y lírica. Flores es una mujer joven, de pequeña contextura pero voz y presencia enérgicas. Casi como una cristalización de su literatura, en su forma de hablar aquello que puede parecer mínimo, anecdótico, deviene caudal de gestos, combustible para la curiosidad.  
Cualquier dato puede resultar revelador porque, para la autora de Lo más natural del mundo y compiladora de la antología Bailarinas (ambos publicados por Desde la Gente), la génesis de un texto está en todas partes. «Encuentro disparadores para escribir todo el tiempo. De ahí a que después escriba, es otra cosa. Si algún día falta ese disparador, lo siento como un día vacío», sostiene la narradora y poetisa.
De formación autodidacta (una carrera de escritura creativa en Casa de Letras durante dos años resume su recorrido más formal), la escritora considera que lo fundamental es «leer, leer, leer». Y esa suerte de mantra se transforma en su proyecto de formación permanente. «Compartir los trabajos con colegas y charlar con escritores que admiro es otra de las formas de enriquecerse», agrega.

Viaje interior
Flores, que alterna la publicación de poesía con la de narrativa, no percibe en este par una división drástica. Más allá de las distinciones, se percibe en sus textos una voluntad sinestésica; con frecuencia, los personajes se abren a un universo que, poco a poco, comienzan a identificar. Así le ocurre a Roberta, especie de alter ego que aparece en numerosos relatos. Los resultados de esa conjunción entre espacio y personaje son siempre reveladores. Y, dado que el cuerpo es uno de sus puntos de interés, la idea de traslado, de movimiento, se transforma en nodal dentro de su obra.
«Me gusta viajar, pero también observar los lugares como si no fueran cotidianos», afirma. «De ese modo, mantengo el espíritu de viaje. De hecho, estoy prácticamente todo el día en el mismo barrio, en la misma casa, pero para mí ese entorno es fundamental porque me acompaña en lo que escribo. Varios de mis poemarios tienen al lugar como algo fundamental, como por ejemplo Catalinas Sur o Ciertas horas de la primavera, en donde hay poemas que transcurren en el microcentro», cuenta.
Como lectora, dice que se siente interpelada por Cortázar, autor con el que comparte cierta impronta del «fantástico cotidiano». Además de releer al autor de Rayuela, demuestra tener un gusto ecléctico: «Actualmente, en la poesía siento mucho la presencia de Fabián Casas, Mary Oliver, Catherine Mansfield, Natalia Litvinova e Idea Vilariño. En la narrativa leo cosas muy distintas. A veces me pasa que me fascino con un libro, ya no con un autor, como me acaba de ocurrir con una novela de Carlos Chernov. Hace no mucho también me pasó con un libro de Mariana Travacio. Me gusta mucho leer clásicos pero también a aquellos que están escribiendo ahora».  
Como ocurre con varios de sus colegas, Flores también brinda talleres de escritura, que ofrece tanto de forma presencial como virtual. «Doy ejercicios con herramientas, con estructuras. El tema lo pone el alumno. Y es raro, porque a muchos no los conozco en persona pero sí conozco su escritura», observa.
En un contexto fértil para las lecturas vinculadas con el pensamiento feminista, Flores toma distancia: «Sinceramente, nunca me preocupé mucho sobre esas cosas. Yo escribo, soy mujer, mucho más no sabría decir porque no es un tema que me haya puesto a investigar. Sí escribí una novela corta que trata sobre la lactancia y también cuentos que tienen que ver con la maternidad, la escolaridad, con perder un niño en medio de la playa, con no reconocer al propio hijo. Y creo que lo mío va por ese lado, por la revolución increíble que es ser madre y no tanto por un movimiento general».