Cultura

Sacudir la escena

Una obra para quince personas que dura unos minutos. Un unipersonal cuyo libreto no es conocido por el protagonista. Una serie de monólogos individualizados. Dramaturgos, directores y actores buscan alternativas para cautivar al público.


Piezas. Conejo blanco, conejo rojo, Microteatro y ¿Querés ser feliz o tener poder?
 

El teatro, especialmente el alternativo, está viviendo un momento de cambio y transformación, sobre todo después del tarifazo con el que se vieron sacudidos sus propios espacios. Desde entonces se busca, incansable e ingeniosamente, la manera de mantener sus puertas abiertas seduciendo a un público menos purista: desde brindar funciones en horarios diurnos, hasta salirse del molde con novedosas propuestas que van a la caza de un espectador activo y afecto a vivencias personales.
Esa lavada de cara se cristalizó con Microteatro, formato importado que aterrizó en pleno Palermo en 2017, y que volvió con todo esta temporada con sus miniobras de quince minutos, que transcurren en salitas para quince personas. En paralelo, Conejo blanco, conejo rojo, la creación del dramaturgo iraní Nassim Soleimanpour, desembarcó en Timbre 4: un actor se enfrenta al público con un texto sorpresa, que recién descubre en el inicio de la función. Este virtual tríptico renovador se completa con ¿Querés ser feliz o tener poder?, iniciativa que la autora Cecilia Propato plasma en el Espacio Aguirre, y que hace foco en veinte actores que, ubicados en boxes individuales, ensayan micromonólogos sobre profesiones poco comunes.

Una de las impulsoras de Microteatro es la actriz Julieta Novarro, quien decidió encarar la segunda temporada luego de la saludable convocatoria que tuvo su primera experiencia. «Este formato busca romper el molde a partir de un grupo de actores que trabajan en una habitación con todos los públicos posibles. Básicamente, Microteatro piensa en la gente que no se anima al teatro más estándar, brindándole una libertad absoluta, ya que tiene el poder de decidir qué tema ver, cuántas obras, qué cantidad de tiempo y cuánto quiere gastar».
Claudio Tolcachir le da la bienvenida en Timbre 4 a Conejo blanco, conejo rojo, una experiencia «que pone en duda reglas básicas del teatro, como es ensayar un parlamento, o que el espectador pague su entrada para una puesta preparada. Sin duda que el teatro busca renovarse tomando riesgos como este, porque actores y públicos están detrás de un experimento desconocido que puede fortalecer o debilitar el vínculo. Para mí es un ejercicio tan novedoso como potente y coherente, que ofrece una vivencia distinta».

Espectador activo
La obra del iraní Soleimanpour viajó por todo el mundo y llegó a Buenos Aires para que, cada lunes, un actor o actriz diferente (Mercedes Morán, Daniel Hendler, Verónica Llinás, Dolores Fonzi, Rafael Ferro, el propio Tolcachir) ofrezca su propia versión del mismo texto, algo completamente distinto, único. «Este tipo de propuestas a los teatristas nos permite innovar, entusiasmarnos y arriesgarnos a pegar un volantazo. Estamos atravesando tiempos de muchos cambios y dinamismos, y el teatro off  no se puede dar el lujo de relajarse», agrega Tolcachir.

La autora Cecilia Propato ve con buenos ojos el nacimiento de otros formatos, «ya que existe la necesidad de hacer un teatro con un público que tome partido, pero que a la vez no pierda mucho tiempo. El teatro está en el ojo de la tormenta porque se piensa en todo el tiempo que insume ir a ver una obra», analiza a propósito de ¿Querés ser feliz o tener poder? A la vez, la también directora sostiene que la apuesta «debe apuntar a modificar al público, a provocarlo e incomodarlo desde su ingreso».
Propato dice que la clave pasa por creer, crear y salir de las estructuras. «Por eso pensé en encuentros íntimos en boxes, a través de veinte micromonólogos basados en oficios extraños como sacador de chicles, abrazador, probador de colchones, llorona y maquilladora de muertos», detalla. «La obra tiene distintos niveles: el público dividido en dos sectores (felicidad y poder), un espacio escénico donde cada espectador debe descender y colocarse junto a un actor. No me interesa un público voyeur, ajeno y huidizo, sino uno que viva intensamente lo que está sucediendo en esos boxes».