Cultura

Solari en su laberinto

Despedida. El cantante anunció que, por su enfermedad, se retira de los escenarios. (Télam)

Un martes a la mañana de junio pasado, el Indio Solari contó a su manera lo que muchos sabían desde hace años. «Tengo una enfermedad malvada», le dijo a Mario Pergolini en su programa radial de Vorterix. Y enseguida aclaró, dentro de esas formas siempre enigmáticas que son su sello: «No es cáncer ni HIV». El Indio no es una persona ingenua y tuvo conciencia plena del impacto que tendrían esas palabras. Fiel a su máxima de «cacarear cuando pongo un huevo», el cantante hizo esas declaraciones en el medio del anuncio promocional del documental que registra el cierre de la Gira Porco Rex de 2008, un concierto que dio con su banda Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado en el Estadio Ciudad de La Plata.
Muchas cosas dijo el Indio esa mañana por teléfono desde su casa de Parque Leloir, entre shots de tequila. Que está escribiendo sus memorias, que quiere publicar su añejo proyecto literario El delito americano, que se retira por cuestiones de salud pero que «seguramente un último concierto voy a dar», que las canciones de los Redonditos las compuso él y que Skay Beilinson apenas hacía los adornos, etcétera. A los 66 años y después de casi 50  dedicados al arte –el cine experimental, las artesanías, el dibujo, el cómic, el rock, la poesía y la prosa–, el Indio sintió que llegó la hora de quemar naves. El primer gesto fue realizar la muestra en la Biblioteca Nacional el último verano, El tesoro de los inocentes. Indio en la Biblioteca, con la exhibición de manuscritos, ensayos, pinturas, publicaciones, objetos personales y hasta su universo literario.
Para quien ha hecho del misterio una parte esencial de su obra, todas estas acciones tienden a cierto acercamiento entre la leyenda y su público no exento de megalomanía. Pero Solari muestra lo que quiere mostrar. No deja de ser una paradoja que el artista de rock más masivo de la Argentina sienta fobia por las multitudes y somatice de diferentes maneras ese malestar. A lo largo de los años, el Indio ha sentido que su voz es pobre, que debe esconderla, que la tiene siempre maltrecha. «Es apenas un instrumento más, tirala para atrás», le decía a Gustavo Gauvry, encargado de la grabación de algunos de los discos más populares de Patricio Rey, durante las mezclas. «Yo no canto, freno», justificaba. Varias veces en vivo ha apelado a frases pintorescas, lunfardas, ante el asombro y tal vez la incomprensión de su gente: «Sepan disculpar, tengo la gola a media asta», dijo por caso en su debut solista en La Plata en 2005.
El poder de la mente del Indio es insondable. Además de una capacidad oradora envolvente y una musicalidad certera, casi de político, para emitir  ideas que lo definen como un hechicero rocker, el verdadero forjador del discurso de Patricio Rey suele predecir acontecimientos con más intuición que inteligencia. Hace 30 años en su casa de Ramos Mejía, en charlas con Enrique Symns que fueron publicadas en la revista Cerdos & Peces, predijo de alguna manera la fragua entre las corporaciones y los medios de comunicación, y afirmaba que ahí, en esa unión, se iba a debatir el poder real. Eran charlas larguísimas, matizadas por cocaína y whisky, en las que el Indio de tanto hablar podía terminar con llagas en la boca.
Más allá del anecdotario, siempre tuvo claro lo que representa para el público. Ese imaginario que proyecta su figura se enlaza perfectamente con el impacto de una letrística lúcida y sinuosa. En la época de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota cargaba como una cruz el hecho de ser, según él mismo decía, «la estampita de la banda». Cantaba letras que hablaban de angustias, de infiernos, de barrios desangelados, del desamparo existencial. En marzo de 1996 estaba en el estudio de grabación de Del Cielito y se puso a mirar la revista Gente, que tenía en la portada la famosa foto de Luis Alberto Spinetta con Carolina Peleritti con el cartelito que decía «Leer basura daña la salud: lea libros». El Indio miró a Gauvry, el dueño del estudio, señaló la revista y le dijo, enigmáticamente: «A mí nunca me van a agarrar en una de estas porque yo para los pibes soy el drama».
Es probable que la palabra drama encaje en el temperamento complejo, noble y mezquino al mismo tiempo, de Solari. Toda su obra está recorrida por el dolor. Su pluma hiperalerta es una mirada: registró la sordidez de los arrabales de la ciudad y también escrutó los pliegues perversos del capitalismo. Su presente es, también, paradojal: por un lado se lo ve activo y hasta provocador; por el otro, eligió mostrarse a sí mismo enfermo y crepuscular. Ambiguamente dice que se retira, pero que  guarda una bala para un último concierto. La despedida. Un poco más allá de todo, Roberto Pettinato aportó una idea que es una flecha que apunta al corazón del pueblo ricotero. En televisión, en Duro de domar, mirando a cámara y dirigiéndose al Indio, afirmó: «Lo único que te digo entre cínicos… ¿Vas a dar un último concierto? Juntate con los Redonditos de Ricota y andate en la gloria».

Mariano del Mazo