Cultura

Talento musical

Entre el rock and roll salvaje patentado por Elvis Presley y la canción romántica latina, el cantante elaboró desde Valentín Alsina su propia matriz artística. Las canciones que le dieron estatura a un mito que este año será objeto de varios homenajes.

(Foto: EFE)

El 11 de abril de 2008, el INCUCAI reveló que Roberto Sánchez estaba en lista de espera para un trasplante cardiovascular. El estupor se mezcló con la angustia y la incredulidad de las fans que, al fin, pensaban hasta ese momento que las idas y venidas de la salud de Sandro eran casi parte del espectáculo. El mismo año había realizado sus últimos shows conectado a tubos de oxígeno y bromeando con las ambulancias del CIPEC. El ídolo siempre manipuló como un alquimista dosis exactas de drama y misterio.
Sin embargo, ahora era diferente. Como una telenovela de la tarde, en capítulos, cada parte médico despertó ilusiones o provocó desazones de acuerdo con el contenido del informe. El último episodio fue el 4 de enero de 2010. Sandro murió como había vivido: de una manera honesta, visceral. Siempre fue consciente del riesgo del trasplante. Pero su filosofía en ese sentido era unívoca y se reducía en una frase: «Para vivir así, casi sin poder respirar, prefiero morir».
Este 2018 va a ser pródigo en la evocación de su figura. Alrededor del estreno de Sandro de América, la biopic dirigida por Adrián Caetano que Telefe emitirá en 13 envíos a partir de marzo, se editan y reeditan libros y vuelven a pasarse sus películas en la televisión de aire. La miniserie tiene a Agustín Sullivan, Marco Antonio Caponi y Antonio Grimau en la piel de Sandro –en diferentes etapas de su vida– y cuenta con la actuación de Lali Espósito, Muriel Santa Ana, Luis Machín y Martín Campilongo.

Tensión generacional
Cuando todo gira en torno al mito, resulta interesante poner el foco en el contexto cultural y en los influjos musicales que lo constituyeron como artista. La frase inicial de una canción de Seru Giran resume en su halo nostálgico el crujido estructural que representó el rock and roll en el planeta: «¿Te acuerdas de Elvis cuando movió la pelvis? El mundo hizo plop y nadie entonces pudo entender qué era esa furia» («Mientras miro las nuevas olas»). A caballo de la radio, el disco, el cine y la incipiente televisión, el rock and roll consolidó «lo joven» como producto comercial.
Ese «plop» fue la onomatopeya de una tensión generacional inédita entre los nacidos en los años 40 –los llamados «baby boomers»– y sus padres. Musicalmente, se puede ejemplificar como la distancia entre el rock y el bolero. Y aquí tallan, como siempre, Los Beatles. John Lennon solía recordar que al principio ellos solo querían ser «cuatro Elvis»; Paul McCartney evocaba de aquella época la forma en la que había impactado, además del rock and roll, el bolero. «Bésame mucho» se volvió un clásico que musicalizaba en el puerto de Liverpool las despedidas de las novias a los soldados que iban a la guerra («como si fuera esta noche la última vez»), y Los Beatles lo incorporaron a sus primeros shows. Mientras Elvis ampliaba repertorios con canciones, justamente, latinas.
Entre esas músicas de alguna manera antagónicas –el rock and roll salvaje y la canción romántica– Sandro elaboró desde Valentín Alsina su matriz artística. Después de espejarse en Presley, licuó las informaciones para configurar un carácter musical original: una maravillosa fragua del fraseo tanguero que escuchaba en las radios y en los carnavales del sur del Conurbano bonaerense, la expresividad casi teatral de algunos intérpretes de la chanson, la balada italiana y más. Absorbió todo y se coló entre la estética pasteurizada de El Club del Clan y el rock argentino que estaba incubándose bajo las marcas de Los Beatles, Bob Dylan y la contracultura del flower power.
Sandro podía grabar melosas canciones de amor y, al mismo tiempo, pioneras versiones en español de himnos del hippismo como «Soplando en el viento» (Dylan) y «La casa del sol naciente», un éxito del grupo The Animals. La curiosidad y la bohemia lo acercó a La Cueva, un antro donde se tocaba jazz, se discutía sobre poesía beatnik y sobre la guerra de Vietnam y se conocían chicas: la cuna del rock argentino. Hizo amistad con todos –Javier Martínez, Moris, Tanguito, Bernardo Baraj, Litto Nebbia– y solía caer tarde, luego de realizar sus intensos circuitos de shows. Invitaba copas y tocaba al piano temas de Ray Charles. «Roberto era un capo. Era uno de nosotros. Tenía una cultura general increíble», cuenta Javier Martínez.
Una noche Litto Nebbia le mostró una canción, que él despreció. Muchos años después, entre risas –Sandro sabía reírse de todo y, básicamente, de él mismo– contó: «Vino Litto y me dijo: “Che, loco, qué te parece este tema?”. Y me pasó una canción apoyado en el guardarropa, con la guitarrita. Yo le dije: “Mirá, no está mal, pero no creo que funcione”. Opinaba usando mi sentido comercial, claro. Lo que me había hecho escuchar era “La balsa”».

Ícono. Una escena de la película Muchacho, en la que interpreta el clásico «Trigal».

Recuerda Pipo Lernoud, ideólogo de aquellos años fundacionales: «Él tocaba los fines de semana en los bailes del Centro Montañeses, en los carnavales y en los circuitos típicos de la época, por donde también andaba Tanguito. Tanguito en esa época había tenido Los Dukes, que competían con Sandro. También estaba Billy Bond y un montón de grupos que andaban circulando por ahí. Sandro era uno más de nosotros. No fue del grupo “intelectual” que fundó el rock nacional, que hizo toda la cosa de escribir en La Perla o de cantar por la calle. Pero él pivoteó el cambio».

Esponja creativa
El de La Cueva fue, en perspectiva, apenas un instante en su carrera. Al formar dupla con Oscar Anderle, dejó en estado de latencia al  rock, apuntó a la balada romántica y se dedicó a la conquista de América. Contemporáneo a dos artistas de ventas extraordinarias como Palito Ortega y Leonardo Favio, fue uno de los protagonistas de un momento estupendo de la industria del entretenimiento.
Hugo Piombi fue directivo de la CBS en aquellos años y evocó los alcances de la tríada de artistas: «Nosotros teníamos a Sandro, que había vendido 300.000 discos con “Rosa, Rosa”. Favio estaba haciendo desastres: “Fuiste mía un verano” había vendido 600.000 discos, y el LP 250.000. Y Palito también vendía muy bien».
Sandro acababa de pisar fuerte con «Quiero llenarme de ti» (Vibración y ritmo) y «Una muchacha y una guitarra», ambos de 1968, y al año siguiente publicó tres discos clave: La magia de Sandro (con temas como «Tengo», «París ante ti», «Penumbras»), Sandro (con «Trigal») y Sandro de América (con «Rosa, Rosa», «Guitarras al viento»).
Sabía lo que quería y se encolumnaba con disciplina y decisión. Con canciones y películas sacudió a la América hispana y llegó así al escenario de un Madison Square Garden repleto de latinos. La reconversión en un artista que cantaba teatralmente sus propias canciones fue un hallazgo de Anderle, que cada vez rendía más frutos. Eran años de duplas compositivas, de Lennon & McCartney a Roberto y Erasmo Carlos. Los ecos rocanroleros de cada país habían envejecido prematuramente: Adriano Celentano en Italia, Johnny Halliday en Francia, Neil Sedaka en los Estados Unidos, los Teen Tops en México sucumbieron ante la balada y ante las canciones propias.
Desde España, un lote variopinto integrado por Julio Iglesias, Serrat, Raphael, Nino Bravo y Camilo Sesto seducía al mercado sudamericano. Los italianos y los franceses también tallaban fuerte. Hacían el esfuerzo de cantar en castellano y se sometían con rigor a las rutinas de la industria. El Festival de San Remo era la gran usina de la canción romántica, con Milva, Mina, Ornella Vanoni, Iva Zanicchi, Nicola Di Bari, Doménico Modugno.
Sandro fue una esponja de todo lo que lo conmovió: se puede advertir en diferentes pasajes de su obra cierta inflexión de Tom Jones o de su admirado Alberto Morán, cierto giro a lo Charles Aznavour, desarrollar una balada con el ritmo pasional y cansino de un Nicola Di Bari. Todo con un estilo propio.
Debajo de su condición de showman, oculta por la bata roja y por los artilugios del fantástico personaje, siempre hubo un artista serio, concentrado, dedicado. Un talentoso procesador de estéticas de su época. Quizás esa sea una de las razones menos tomadas en cuenta de su insondable vigencia. El revés de la trama de los acampes de Banfield, la lealtad de las nenas y el misterio de su vida privada. Sandro fue una invención de Roberto Sánchez pero, antes que nada, un artista a la altura de su éxito.

(*) Autor de Sandro. El fuego eterno, biografía que acaba de ser publicada por Aguilar.