Cultura | De cerca | SEBASTIÁN BLUTRACH

Tejido lesionado

Director del Teatro Picadero y asesor de programación del Teatro Nacional Cervantes, el reconocido productor diagnostica el estado de la escena local.

Sebastián Blutrach es uno de los productores teatrales con mayor experiencia en la Argentina y España. Hijo de una familia de productores, reabrió y dirige el Teatro Picadero, la histórica sala donde se inició Teatro Abierto en 1981. Y actualmente también se desempeña como asesor de contenidos, programación artística y producción del Teatro Nacional Cervantes. Fue jugador profesional de vóley (integró la Selección nacional) y valora el deporte en equipo como formación para las dinámicas de trabajo y la perseverancia. Con lucidez, Blutrach analiza el estado de situación de las artes escénicas en pandemia y reflexiona sobre su tarea presente en los circuitos empresarial y público.
–¿Qué balance hacés de lo ocurrido en el teatro desde la entrada en escena del coronavirus?
–Pasamos por todos los momentos. El primero fue de mucha desolación y de mucha generosidad. Todo el mundo salía a mostrar sus contenidos en lo digital sin buscar ningún tipo de remuneración. En el Picadero avancé con la venta de entradas a futuro, buscando una especie de financiación a futuro para cuando se produjera la reapertura y afianzando el vínculo con la comunidad que tiene cada uno de los teatros. Después se hizo largo y fue ganando un poco la desesperanza. Fueron muchos meses de estar cerrados. Las ayudas que fueron llegando, del Estado nacional y del municipal, fueron insuficientes, por más que hayan sido partidas inéditas. Se cortó de cuajo nuestra actividad, la música y el teatro en vivo cayeron un 91%. Algo nunca visto: teatros cerrados en todo el mundo.
–Parece increíble, pero pasó.
–Todos perdimos. La situación desenmascaró la semiformalidad de un sector muy grande, que también impidió a las autoridades poder gestionar bien las ayudas, porque no había censo de los agentes culturales. Todo esto abre, sin duda, una oportunidad a futuro, porque todo este trabajo se ha hecho. El 15 de noviembre se reabrieron los teatros con un 30% de aforo. Todos manifestamos que se trataba de una reapertura simbólica, para que la rueda empezara a girar. Antes de eso pasé por todas las etapas: hice streaming desde la casa de algunos músicos, después desde el propio teatro y, finalmente, la presencialidad. Abrí un espacio al aire libre en la terraza del Picadero, mucho más convocante que cualquier otro espacio cerrado. Desde el 15 de noviembre se abrió la actividad pero trabajando a pérdida, en la mayoría de los casos ni siquiera podemos llenar.
–¿Y qué sucede en los otros circuitos de producción?
–La mayoría de los teatros independientes, por sus capacidades, no han podido abrir. Y los teatros públicos han cumplido con diversas tareas. Desde el Teatro Nacional Cervantes realizamos el concurso «Nuestro Teatro» para generar volumen de contratación y buenos contenidos en una paleta del teatro nacional contemporáneo. La realidad es que está muy lesionado el tejido de las artes escénicas, al límite, y enfrenta un nuevo año de grandes dificultades. Cada vez con menos espaldas desde el Estado para sostener. El desafío es ver cómo podemos generar redes, volumen y, aunque suene a poco, todo lo que vayamos produciendo aguante en una época de resistencia. Hay que ver cómo llegamos todos a la otra orilla. Y a partir de ahí poder planificar hacia adelante. Es un momento donde hay que guardar las energías, saber dónde ponerlas y tratar de hacer mucha red para que nadie se quede en el camino. Es un golpe histórico a las artes escénicas, nunca pasó algo tan duro para nuestro sector.
–¿Cuál es tu evaluación de las posibilidades que se abrieron desde el mundo digital?
–El streaming o la virtualidad tuvieron un pico, cuando se empezaban a hacer esas conexiones y la gente estaba confinada. Cuando la gente empezó a poder salir, a ir a un restaurant, a un bar, reemplazó la actividad. Cuando no puede hacer nada, se queda en casa viendo un contenido teatral digital, pero si puede salir hay otras propuestas que son superadoras. Todos sabemos lo débil que es el teatro virtual. Hay varias aristas. Primero, queda claro que tenemos que empezar a filmar mejor nuestros contenidos, que la pandemia nos agarró a todos con una cámara fija y un sonido muy precario. Aprendimos que ese registro lo podemos hacer con mucha mejor calidad de lo que lo veníamos haciendo. En segundo término, salvo a nivel privado y con algunos artistas hiperpopulares, el streaming y la virtualidad no llegan. Para una comedia teatral, el streaming no es el ámbito. Salvo que estén Guillermo Francella, Martín Bossi o los personajes de turno. En cambio, a nivel de la gestión pública, sí es una herramienta muy interesante. Lo virtual permite federalizar, y acercar, lo que no quiere decir que uno se conforme y piense que la federalización vaya a ser solo digital. Es una manera de llegar y de empezar a abrir el juego. En el Cervantes lo virtual fue fundamental para el Canal de Educación. A los docentes, muy agotados de generar sus clases y sus contenidos digitales, les propusimos cuadernillos didácticos, algunas obras, podcasts, contenidos más cortos. Y ha terminado siendo muy exitoso y requerido. Eso no quiere decir que suplantemos una cosa por la otra y que dejemos de ir a los colegios, o que los colegios dejen de venir al teatro. Pero en este sentido educativo, la virtualidad aparece como una herramienta muy interesante. En cuanto a los ritos del teatro: vestirse, salir, ir a tomar algo después, etcétera, la virtualidad no puede competir, ni con el ritual ni con la emocionalidad que genera la presencialidad.

–¿Cómo estás trabajando en el Teatro Picadero?
–Para darle contexto, Picadero es un teatro totalmente privado: no recibe subsidios. Por lo tanto la gestión tiene que ser sustentable, a través de patrocinadores, venta de entradas y el bar. He intentado darle a Picadero, tal vez suene grande la frase, una línea editorial. Esto era una responsabilidad, porque ese lugar albergó a Teatro Abierto. Es una sala que fue más mito que realidad, porque estuvo más años cerrada que abierta. Un escenario al que la comunidad teatral tomó como propio. Cuando compré ese espacio, lo remodelé y lo puse en valor, sentí una responsabilidad diferente que la de otro teatro cualquiera de la Ciudad de Buenos Aires, porque había y hay una expectativa respecto de los contenidos que va a albergar. Mi perfil coincide con la parte histórica. Mi búsqueda consiste en poner mis propias producciones, de buena calidad, con temas de actualidad que me interesen, con compromiso y excelencia actoral. En este momento, valga como ejemplo, estamos haciendo Jauría, de Jordi Casanovas, con dirección de Nelson Valente. Alrededor de esta producción propia suelo programar obras que vienen del «off» o del circuito independiente y que ya tienen un recorrido, que han sobresalido o que me gustan a mí en particular. Como pasa siempre cuando uno se mueve en un ambiente, aparecen las pequeñas sociedades, como las que entablamos con Daniel Veronese, Nelson Valente o Guillermo Cacace, que van conformando esa programación. El Picadero trabaja de lunes a lunes, todos los días, algo poco habitual, y está acompañado por el espacio gastronómico. Siempre incluí un espacio musical, ahora en pandemia más grande: habilitamos la terraza, creamos un espacio no convencional, en lo que era el deck de mi oficina. Y allí hacemos música para unas 50 o 60 personas, con mesitas y gastronomía. Fue medio un milagro la terraza, pasaron artistas de un nivel muy importante, que han llenado grandes teatros. De repente la tenés a la Susana Rinaldi cantando en el Colón el sábado y el jueves está en la terraza del Picadero. O Ligia Piro, Rita Cortese, Lidia Borda, Soledad Villamil. Y en medio de todo esto se busca el equilibrio económico, que no es fácil, porque cuando uno busca la excelencia artística empieza a transitar caminos muy finitos. Y si te empujan, te caés. En general las comedias más populares van por autopista, tienen mucho más margen para los lados. Mis elecciones artísticas son un poco más riesgosas desde lo económico, pero también han posicionado al Picadero en un lugar muy particular del que me siento orgulloso.
–¿Y cómo está funcionando el Cervantes?
–Por tratarse de un espacio público, el Cervantes me permite enfocarme en una actividad que me apasiona desde otra mirada. He trabajado mucho con teatros públicos en España, donde se dan dinámicas muy distintas. Allá lo público y lo privado interactúan mucho más que acá, con menos prejuicios. Mi mirada del teatro público viene desde hace muchos años. El Cervantes tiene objetivos diferentes a los del Picadero. Lo primero que le planteé al Ministro de Cultura de la Nación, Tristán Bauer, es que en la pandemia teníamos que ser músculo de contratación y agentes culturales, porque desde lo privado no había nada. Así surgió el concurso «Nuestro Teatro», que fue muy virtuoso por las contrataciones que se generaron y por los contenidos. El desafío está en la educación, el trabajo con las instituciones y los colegios, la federalización, cómo llegar a todo el país, cómo accionar con las provincias para facilitar formas de producción.
–¿Cómo fue el acuerdo con la Biblioteca Nacional?
–Con el apoyo del Ministerio de Cultura organizamos en la Explanada de la Biblioteca un ciclo al aire libre. Fue un éxito en todos los sentidos, de público y festivo: presentamos seis obras de «Nuestro Teatro» y un espectáculo infantil los fines de semana, se llenaron todas las funciones. Con respecto a los contenidos que se dan en el propio teatro, tenemos que abordar grandes autores y textos, elencos numerosos, tomar riesgos con jóvenes talentos, dar espacios a la creación. Se está juntando Matías Feldman y el colectivo Piel de Lava para generar este año una dramaturgia, ensayarla y estrenarla en 2022. También grupos de danza. Vamos identificando las formas de cómo mejorar ese tejido que tanto se ha deteriorado, peleamos por el mayor presupuesto posible y hacemos que llegue a los artistas. Así entiendo la tarea de lo que debe ser un teatro nacional.
–Durante la pandemia cobró forma el canal online del Cervantes.
–Fue una reacción a la pandemia. Reflexionamos mucho sobre la calidad de las grabaciones, cómo mejorarlas. Hicimos un ciclo de entrevistas por todo el arco de las artes escénicas con creadores federales. Estamos estrenando las 21 obras de «Nuestro Teatro» todos los viernes y las 12 que coprodujimos con el Instituto Nacional del Teatro en las provincias. Seleccionamos 10 de esas piezas para que se les incorpore lengua de señas y audiodescripción para personas no videntes e hipoacúsicos. Este año filmamos el ciclo «Cuentistas argentinas», cuatro relatos para trabajar en educación con las escuelas secundarias. Hicimos un acuerdo con Canal Encuentro, que pasará las filmaciones de nuestras obras. El canal online vino para quedarse.
–¿Se reabre la Sala María Guerrero?
–Trabajar en estas condiciones de pandemia es muy adverso. Se trabaja por burbujas, con mucha logística, hay personal del teatro exento de venir por ser mayor de 60 años. Por cuestiones de ventilación, la única sala que podemos usar es la grande, la María Guerrero. Y esperamos abrir sus puertas en abril con el estreno de Reinas abolladas. En paralelo hacemos cuatro proyectos federales que se van a estrenar en las provincias, un taller federal de jóvenes dramaturgos y otro de jóvenes periodistas.


Jorge Dubatti/Fotos: 3Estudio/Juan Quiles