Cultura

Telones caídos

Las medidas de aislamiento social dispuestas por las autoridades dejan a las artes escénicas frente a un panorama incierto: salas cerradas, obras suspendidas y elencos en cuarentena. La opinión de productores, directores, actores y técnicos.

Butacas vacías. La Sala Solidaridad del CCC, sin actividad hasta nuevo aviso. (Horacio Paone)

Esto ya se terminó: la temporada 2020 está perdida. Aunque suene increíble, es cierto. Me pellizco, a veces creo estar inmerso en una pesadilla», sentencia, entre angustiado y molesto, Carlos Rottemberg, el empresario teatral más importante de la Argentina. «No es caprichoso ni apresurado lo que digo. Es más, lo divido en tres etapas: la que transitamos ahora, con casi todo cerrado; la reapertura paulatina de los establecimientos, donde los teatros y los cines seremos los últimos en la cola; y finalmente, tomando lo que sucedió con la gripe aviar en 2009, calculo un promedio de tres meses para llegar a cierta estabilización. En este momento mi cabeza está puesta en el verano de 2021».
Más allá de las transmisiones online de obras montadas en salas oficiales, comerciales o alternativas, lo que inquieta por estos días al circuito teatral es la pérdida económica que significa la parálisis total de la actividad. «En cuanto a esta película de ciencia ficción donde todos somos involuntarios protagonistas, la gran preocupación pasa por nuestros actrices y actores, técnicos, directores, autores, porque al no pertenecer al staff de las salas no cobran, porque se cayeron los contratos que estaban vigentes y se detuvieron todos los proyectos previstos para esta temporada», completa Rottemberg, propietario de once salas.
En la misma sintonía opina Juano Villafañe, director artístico del Centro Cultural de la Cooperación. «Este año está prácticamente sentenciado en materia teatral, lo que obliga a revisar la situación del propio sector respecto de cómo va a vivir, de qué manera se va a mantener para resolver una continuidad el próximo año. Todas las artes del espectáculo y las industrias culturales se encuentran en una situación crítica. Evidentemente, hay un antes y un después con la pandemia, que hará mella en el núcleo social y económico de la cultura», advierte. Sobre la situación particular del CCC, sostiene que «habrá un impacto en la realización y programación de la propia cartelera, en el público y en la participación en los eventos».
Actor, autor, director y dueño de la sala Calibán, Norman Briski reconoce que «cada día que pasa es incierto, pero no veo todo negro. Pese al bombardeo de los medios, no siento que nuestra actividad esté desplomada. Yo soy viejito y podría estar pensando en que mi trabajo está muerto, pero la experiencia me dice que Shakespeare siempre va a volver», asegura. ¿Y que ocurrirá con su sala? «Todavía no he tomado ninguna medida, no sé qué haré con mis clases y con la sala. Analizaré y me tomaré el tiempo que sea necesario. Pero el ADN de Calibán es ser resistente».

Efecto dominó
Histórico jefe de prensa, Alejandro Zárate cree que «todavía se puede rescatar parte de la actividad. Quizás no en todos los teatros comerciales, pero sí en algunos y en muchos del sector alternativo. Quisiera tener una mirada optimista», subraya. Zárate cuenta que a partir de marzo, «cuando las obras empezaron a caer por efecto dominó, se me cortaron los ingresos. Claro que estoy preocupado, pensaba que esto resurgiría en mayo, luego en junio, pero lo veo complicado. Sin embargo, no me parece que el año esté perdido, sobre todo en los teatros más chicos, donde estamos acostumbrados a remarla».
¿Qué sucede con los boleteros, acomodadores, jefes de sala, personal de limpieza? Acción hizo un repaso por las principales salas del país y en la mayoría reina cierto hermetismo entre los trabajadores, que prefieren el anonimato a la hora de referirse a su situación. Al ser consultados, cuentan que son empleados part-time o tercerizados, es decir que cobran por tarea realizada, pero no cuentan con ningún resguardo en tiempos de escasez como los actuales.
El Sindicato Único de Trabajadores del Espectáculo Público (SUTEP), por su parte, informa que no se registraron despidos en los teatros del área comercial. Sin embargo, el gremio hace saber que 60 trabajadores dejaron de pertenecer a la cadena de cine Cinemark Hoyts, empresa que a fines de 2019 había reportado ingresos globales por 3.300 millones de dólares. «A varios de los empleados se los notificó por teléfono y exponiendo como principal argumento las complicaciones económicas», indica Matías Sánchez, referente de SUTEP.
Horacio Cortés, jefe de sala del teatro Maipo, se considera un privilegiado. «En mi lugar, no muchos tienen la posibilidad de cobrar a tiempo la mensualidad y disponer de una cobertura médica. Es cierto, no es lo mismo que trabajar cuando hay función: en lo personal he perdido las propinas, que representa más de un 30% de mis ingresos. Pero no puedo quejarme en un momento crítico como el que está atravesando la industria del espectáculo en particular y la Argentina en general», señala.
Boletera del Multiteatro, Mariela Kipnis pasa sus días con altibajos. «Los altos tienen que ver con que tengo la suerte de ser parte de la planta estable de la empresa y por ahora sigo cobrando. Los bajos están asociados con que se extraña mucho el trabajo y el contacto con la gente. Da un poco de miedo pensar en el futuro de la actividad», dice Kipnis.
Juan Carlos Pinilla, maquinista de larga trayectoria, cuenta que «hay una preocupación lógica, porque esta cuarentena se está extendiendo más de lo esperado. Algunos tenemos un poco más de suerte, pero hay muchos de nuestro rubro que son trabajadores temporarios, que cobran por la tarea puntual y por eso tienen kiosquitos en distintas salas», explica. «Indudablemente esto va a generar un cese de tareas en muchos técnicos. Todos podemos caer en esa situación de incertidumbre», desliza.

Parate obligado
La temporada trunca también golpea a un reconocido actor como Oscar Martínez, que por estos días tendría que estrenar Mi abuela loca, nada menos que junto con Norma Aleandro, dirigidos por Claudio Tolcachir, en el Metropolitan Sura. «Mastico bronca por todos los compromisos que se fueron cayendo. No puedo mirar mi ombligo cuando a mi alrededor veo que muchos la están pasando realmente mal, pero esto va a dejar serias secuelas en todas las actividades. Y el teatro y el cine serán sus principales víctimas».
Acción también pudo comunicarse con Norma Aleandro, quien se encontraba en medio de una clase de dibujo virtual, su otra pasión. «Me tiene muy entretenida esa actividad, además de otras cosas que hago. No me pesa estar en mi casa, es un tiempo que me debía», cuenta, con buen ánimo. «¿La obra? Hablamos con Oscar y con Claudio y retomaremos los ensayos cuando se pueda. Cuando se nos ocurre alguna idea vinculada con la puesta en escena, nos intercambiamos figuritas vía WhatsApp», completa.
En el caso de Diego Peretti, fueron dos las obras suspendidas: Inmaduro, que iba a coprotagonizar con Adrián Suar, dirigidos por Mauricio Dayub; y la ópera prima de Gastón Portal, La noche mágica, junto con Natalia Oreiro. «No me resulta nada fácil la situación, encima yo venía con un ritmo de laburo agitado, por lo que cortar de golpe fue molesto. No entendía bien por qué», dice. «Me tocó hacer la cuarentena solo y me salva tener una rutina que voy cumpliendo a lo largo de los días, para no pelearme con el tiempo».
Visiblemente golpeado por la «insólita pandemia», Gerardo Romano no se anda con vueltas. «La verdad es que por primera vez en mi larga trayectoria me cayó la guillotina y me dejó sin perspectiva. Estaba muy contento, encarando la sexta temporada de esa misa laica que es Un judío común y corriente en el teatro Chacarerean y, de golpe, un rayo lo fulminó todo». También tenía proyectos televisivos y cinematográficos en carpeta. «El año pintaba interesante. Yo vivo de actuar y hace meses que dejé de vivir, mi vida está postergada por una cotidianidad claustrofóbica», afirma.
Profesor universitario, crítico e historiador teatral, Jorge Dubatti concluye con una visión menos dramática. «Hay mucha gente que desea el regreso del teatro, porque más allá de que se trate de un negocio del entretenimiento, es una forma de vivir. Ocurre lo mismo con otras actividades necesarias para la vida cotidiana, como ir a la cancha, a un bar, a tomar una clase o a misa». Dubatti considera que «especialmente el teatro independiente, que tiene otras expectativas y no necesita convocar a multitudes, así como también ese otro teatro llamado liminal, que se encuentra en las plazas o en los bares, serán los primeros que peguen la vuelta».