Cultura

Tesoro musical

El sello Music Hall había editado a exponentes destacados del tango, el folclore y el rock, pero su quiebra condenó a ese material invaluable a un limbo judicial. La intervención estatal hizo posible el rescate de las cintas originales.

Joyas. Las tapas de algunos de los álbumes relanzados por el Instituto, que abarcan tango, folclore y rock.

Viejo guerrero, Litto Nebbia veía en su propia imagen de más de medio siglo la coherencia de una vida dedicada a hacer una música original, nueva, propia. Manipulaba el vinilo del LP del debut de Los Gatos Salvajes (1966) cuya tapa lo tiene a él y al resto de los imberbes que querían ser como los Beatles y los Rolling Stones, con rostros frescos, portadores de una juventud insolente. Fue rescatado por el INAMU (Instituto Nacional de la Música) y se suma a miles de títulos de rock, tango y folclore del sello Music Hall que permanecieron en un limbo judicial, guardados en armarios, sótanos y cajas, algunas de ellas con un cartel literal de «N.N.». «Esto es un milagro», dijo, emocionado, Nebbia hace dos meses en la presentación del disco. Y algo de eso hay.
En febrero de 2016, el INAMU adquirió el catálogo de Music Hall, un tesoro musical imposible de valuar, con joyas que van de Anibal Troilo a Seru Giran, de Daniel Toro a Ástor Piazzolla y Pappo’s Blues. Durante 40 años la compañía fundada por Néstor Selasco editó a lo más granado de la música argentina. Music Hall talló fuerte a partir de los años 50, pero a fines de los 80 entró en una crisis terminal, una debacle marcada por malas decisiones empresariales y una coyuntura general compleja. Los discos lanzados en ese lapso son extraordinarios. En términos socioculturales,  atravesaron fenómenos locales y globales que determinaron pautas de consumo. Podemos pensar en el fin de la era de oro del tango y la reconversión de las orquestas en agrupaciones más pequeñas; en la usina baladística de San Remo y los concursos televisivos de Eurovisión; en el nacimiento de la bossa nova; en el  boom folclórico local; en la beatlemanía y la cultura rock consolidada a lo largo de los años 70; en la música disco; en  el apogeo del rock argentino a partir de Malvinas. Y más.
Cuando Sicamericana S.A. (la empresa que contenía Music Hall) pidió la quiebra, quedaron unos 3.000 discos a la deriva. Los dos primeros de Seru Giran, mucho Troilo, Los Jaivas, Roberto Galarza, Isaco Abitbol, Alberto Castillo, Eduardo Falú, buena parte de la discografía de Arco Iris, Billy Bond y La Pesada, una decena de álbumes de Leopoldo Federico, otros tantos de Ástor Piazzolla, obras de Pedro y Pablo, Zas, Nito Mestre y material fundamental de Waldo de los Ríos, Alberto Podestá, Hugo Díaz, Los Carabajal y Zamba Quipildor. La lista es tan rotunda como extenuante. Durante ese lapso, ningún músico cobró por los derechos sobre su obra.

Expertos en sonido
El INAMU ejerció su carácter autárquico y adquirió el catálogo. Muchos másters estaban en estado lamentable. «Hubo que hacer una restauración exhaustiva», dice Gustavo Gauvry, uno de los más prestigiosos expertos en sonido, convocado por el Instituto. «Las cintas en general resistieron. Un día apareció una caja con una etiqueta que decía “Piazzolla N.N.”. La abrimos y había una cinta desarmada. Estuve diez horas enrollándola, sin saber con qué me iba a encontrar. Al final fue un tango de Piazzolla, que sonaba bárbaro: “Marrón y azul”». Gauvry también trabajó intensamente en una obra que en su momento lo tuvo como responsable sonoro: el monumental trabajo de León Gieco y Gustavo Santaolalla, De Ushuaia a La Quiaca, realizado a través de un estudio móvil. «Fue estremecedor volver a escuchar registros de gente que ya no está como Sixto Palavecino, Cuchi Leguizamón, Leda Valladares, Gerónima Sequeida», dice.
Resulta curioso que, en medio de la agonía de los soportes físicos, vuelvan a circular discos perdidos. Todo, igual, es una fantasía. Finalmente, esa música no le pertenece a nadie en particular: es parte del acervo de un país. Como dijo Billy Bond: «Me sentí muy feliz de poder juntarme con los másters de mis discos y tener el derecho sobre lo que hice en mi vida. Voy a hacer lo que prediqué siempre: trataré de que los discos lleguen al público de manera gratuita o pagando lo menos posible. Esos discos ya no me pertenecen. Le pertenecen a la historia argentina».