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Todas nuestras maldiciones se cumplieron

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Viviana Vallejos

Tamara Tenenbaum
Emecé
144 páginas

Tamara Tenenbaum es una niña sentada y desnuda en una bañadera llena de agua tibia y jabón. Su mamá, de labios pintados, pollera y tacos, está sentada en una sillita a su lado y le pasa el peine fino que barre los bichos de su cabeza. «La casa entera olía a la mezcla de crema de enjuague y vinagre de manzana con la que mi mamá aspiraba a aflojar las liendres que yo tenía pegadas en cada centímetro de pelo disponible», escribe la autora en el capítulo inicial de Todas nuestras maldiciones se cumplieron. Filósofa, periodista y referente del feminismo local, en 2019 Tenenbaum publicó El fin del amor, un boom de la ensayística donde revisaba los vínculos sexo-afectivos en la contemporaneidad. En esta, su primera novela, usa a la memoria como material literario para alimentar esta autoficción. Apela al recuerdo como estrategia para hacer avanzar la narración y como resorte para retratar la atmósfera de su infancia y juventud, en una geografía porteña que la novela mantiene en un primer plano. Once, Almagro, Villa Crespo, las hermanas, las amigas, el colegio privado, los departamentos, los vecinos, las vacaciones, la comunidad judía ortodoxa en la que se crió, y un eco que va de principio a fin: su papá, que murió cuando ella tenía solo 5 años. Un dato de peso con presencia latente y silenciosa, porque la narradora creció bajo su ausencia y no lo recuerda vivo, ni tiene recuerdos propios asociados con su muerte. Esto no solo configura su identidad, sino que define su vida en términos materiales concretos: «Hace poco cobramos la indemnización por el atentado a la AMIA, en el que murió mi papá. Mamá, mis hermanas y yo somos ricas. Las únicas ricas de toda la familia».

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