Cultura | EL ADIÓS DE SERRAT

Todo pasa y todo queda

Entre la tristeza y la celebración, el cantautor catalán se despide de los escenarios con una gira que tiene escalas locales en Rosario, Córdoba y Buenos Aires.

Cartografía emocional. «Mediterráneo», «Para la libertad», «Aquellas pequeñas cosas», «Cantares» y otras canciones marcaron a sus seguidores.

Foto: Télam

«Tomé la decisión de retirarme de los escenarios, que es dejar tal vez una de las partes más divertidas de mi oficio, pero también la más rigurosa. Dejo de actuar, pero no de escribir, de componer, de vivir, ni de amar». Con una emoción contenida, hablar pausado, cierto cansancio antiguo y una imagen –gorra, movimientos lentos– que lo acerca más a los vecinos veteranos de su infancia en Poble Sec que al agitador que irrumpió como intrépido brote catalán de los años 60, Joan Manuel Serrat se alista para una instancia clave de su trayectoria: la del final de las austeras maneras de comunicación que desarrolló en escena, entre cimbronazos políticos de su país y de una región como América Latina.
Aunque lo disimule con hidalguía, aparece envuelto en paradojas tensadas entre la tristeza y la celebración. El miércoles 2 de noviembre en el Teatro Astros, después de decir cáusticamente que lo que no va a extrañar de su oficio son las «entrevistas periodísticas», enfrentó a fotógrafos y cronistas con garbo e inteligencia. Las respuestas mejoran las preguntas y ya no le interesa camuflar desagrado ante alguna tontera («¿El público argentino es el mejor del mundo?»). La conferencia de prensa fue su primera actividad en suelo argentino, el prólogo de los conciertos de Rosario, Córdoba y Buenos Aires. Son el tramo final de la gira Por el vicio de cantar. 1965-2022, que comenzó el 27 de abril en el Beacon Theatre de Nueva York y finalizará cuatro días antes de que cumpla 79 años, el 23 de diciembre en el Palau Sant Jordi de Barcelona.
Serrat, un sabio de la canción, sintió que llegó el momento de parar. Pese a cierta ambigüedad del adiós, lo concreto es que en las últimas décadas ralentizó su producción discográfica. La pandemia significó el golpe definitivo, como una inoportuna lesión que precipita el retiro de un crack. Con una honestidad brutal, Serrat dio señales de que no sabe si no va a resistir la tentación de volver. «“De aquí para allá, pajaritos habrá”, decía mi madre. No podría saber lo que va a suceder, ni cuál será mi reacción dentro de un tiempo si me propusieran volver. Lo que sé es que ahora siento que el tiempo es muy escaso y hay que aprovecharlo en las cosas nuevas que la vida pueda darme».

Dimensión poética
Como el poeta que es –muchas de sus letras alcanzan esa estatura o, mejor dicho, esa dimensión– y más como tenaz lector y difusor de poesía, Serrat ha estado maniobrando durante casi sesenta años ideas, sensaciones, encrucijadas, temores y heridas que giran alrededor de asuntos esenciales: el amor, la pérdida, el paso del tiempo, la muerte. Ahora observa que todo aquello que cantó mientras se sentía joven y eterno se le presenta como una evidencia, como un telón a punto de caer. «No conté los conciertos que hice hasta ahora, tampoco los que me quedan por hacer. Es más bien una actitud defensiva, porque esta gira está hecha de trampas. Entre emociones y nostalgias me acecha un sentimiento tremendo de alejamiento de algo que me hizo muy feliz durante décadas. Trato de no menear demasiados estas emociones, porque sé que estaría meneando directamente mi alma».
Como Bob Dylan, Serrat es el contundente reflejo de los años 60. Estertores del siglo XX, productos de un tiempo en el que las guerras mundiales –entre otras circunstancias– configuraron una conciencia que fundó el concepto de «lo joven». Fue la idea de un hombre nuevo que acabara con el mundo viejo. Si bien como dice el Indio Solari «los años sesenta fueron tres putos años nomás», lo cierto es que el clima de época fue tan poderoso que proyectó hacia el futuro un paisaje heterogéneo pero de piezas acomodadas. Quedó consolidado un zeitgeist donde conviven el Che Guevara con John Lennon, el Mayo Francés con la Primavera de Praga, la revolución de la píldora con la minifalda, el surrealismo con la psicodelia, las drogas con el orientalismo, el compromiso con el happening, las guerrillas de liberación con, en el caso puntual de Serrat, la resistencia al franquismo.
El catalán tradujo ese perfume de época en canciones lúcidas, bellas, sensibles. No podrían haber sido compuestas en otro contexto. «Soy el resultado de un tiempo y una circunstancia y desde ahí tomé los caminos que tomé», dijo en la conferencia de prensa en el Astros. «No sé si yo hubiese podido existir en el mundo de la canción si antes no hubiesen estado Raimon y Paco Ibáñez, o Jacques Brel, Charles Aznavour y Georges Brassens. O si no hubiera existido la música italiana de los años 60, los primeros cantautores. Todos buscamos nuestra herencia y yo vengo de ahí».
Ampliamente política, su obra es un catálogo de hondura, ironía y metafísica. Las canciones que cantó en Rosario y en Córdoba, y las que hará en Buenos Aires entre el 19 y el 29 ostentan una solidez sin parangón en la música popular hispana. En Rosario atacó con títulos inapelables: «Lucía», «No hago otra cosa que pensar en ti», «Para la libertad», «Romance de Curro el Palmo», «Señora», «Tu nombre me sabe a hierba», «Hoy puede ser un gran día», «De Cartón piedra», «Mediterráneo», «Aquellas pequeñas cosas», «Cantares», «Esos locos bajitos», «Penélope» y más. Esas canciones son la cartografía emocional de un público que lo adoptó sin titubeos. Desde los primeros escarceos a fines de los 60 –en los que pasaba de cantar tangos con Aníbal Troilo en Caño 14 a presentarse en Sábados circulares de Pipo Mancera o dedicarle una canción secreta a una militante de Montoneros–, a las ceremonias catárticas del regreso de la democracia, el puente tendido es de hierro. 
Hoy la rutina que encierra la frase «Serrat en la Argentina», desplegada por casi medio siglo, conlleva un punto final. Como buen emergente del siglo XX, el catalán elige esconder la melancolía. Es un pudor viril, de otros tiempos. Durante el concierto del martes 8 en el estadio cordobés Mario Kempes, en un momento se paró frente a la multitud y dejó caer una frase algo críptica, que se debate entre la pérdida y la esperanza: «Apartemos cualquier atisbo de nostalgia: se acabó el tiempo para mí, pero de ahora en adelante todo es futuro». Y después, ya en plan paternal: «Traten de ser felices. Cuiden sus parcelas de felicidad». Es la expresión de alguien que lo ha vivido todo, pero que tal vez no imaginó que iba a tener que enfrentar la ceremonia del adiós. Ya lo cantó él, cabalgando la voz del poeta: «Todo pasa y todo queda/ Pero lo nuestro es pasar/ Pasar haciendo caminos/ Caminos sobre la mar».


Mariano del Mazo