Cultura | ANIVERSARIO DEL ESTRENO DE ET

Un extraterrestre de 40 años

Clásica y moderna, la película dirigida por Spielberg narra con maestría el encuentro entre un grupo de chicos y un visitante llegado del espacio exterior.

De otro planeta. La película estrenada en 1982 se centra en la relación que entablan Elliott y su amigo alienígena.

PRENSA

Veinte años atrás, cuando se cumplían dos décadas del estreno de ET, el extraterrestre, su director Steven Spielberg y el estudio Universal hicieron un relanzamiento de la película en cines. Valía la pena porque permitía volver a verla en una pantalla grande o, para toda una generación, hacerlo por primera vez. Pero el reestreno incluía un par de intervenciones muy poco nobles: unos retoques digitales que buscaban actualizar detalles de un relato que había sido concebido de modo enteramente analógico, y también borrar las armas largas que aparecían en un plano, reemplazándolas por walkie talkies. El argumento era que la idea de que la policía intentara detener con armas de fuego a un grupo de adolescentes era un tanto violenta. Más, quizás, en el contexto que le tocó: no había pasado ni un año desde el 11 de septiembre de 2001.
La vuelta a las salas fue un éxito comercial y un tiempo después su reedición en DVD incluyó la versión original junto a la modificada. Pero para el trigésimo aniversario Spielberg ya había decidido dejar atrás los cambios digitales y esa segunda versión quedó prácticamente fuera de circulación. Desde entonces, cuando le preguntan cuál es la ET que hay que ver, su director dice sin dudar que la de 1982, con su muñeco electromecánico, sus trucos ópticos y demás marcas de su época. Y ahora, que cumple 40, quien la busque en las plataformas (acá, Amazon o Paramount+) o en el cable, solo encontrará esa, la original.

Economía del relato
Y es que esa es la única manera de honrar el carácter de clásico-moderno con que se ha distinguido a ET, el extraterrestre (que desde 1994 integra la lista del registro nacional cinematográfico de la Biblioteca del Congreso estadounidense): se comprueba que sigue siendo la gran película que era tal cual se la concibió, tan efectiva, poderosa y conmovedora como lo fue en su estreno. Cada época tiene su parámetro de verosimilitud, y hoy el público de menos de 12 años, alimentado con una dieta audiovisual casi exclusivamente digital, encuentra difícil de tragar los animatrónics y las superimposiciones fotográficas. Pero el paso del tiempo ha probado que cuando una narración funciona, produce interés e identificación, el espectador puede perfectamente abstraer sus mal llamadas imperfecciones y entregarse al relato. La prueba irrefutable: ver ET con un niño nacido treinta o hasta 35 años después de su estreno. 
Volver a ver ET hoy, que a los cines llegan casi excusivamente superproducciones de casi tres horas de duración, deja en evidencia todas las virtudes de aquella. La principal es la economía del relato: una historia lineal, muy sencilla, que nunca sobreexplica nada, que en unas muy pocas escenas dice mucho sobre Elliott, su coprotagonista humano, y su carácter solitario, sus hermanos y su hogar rajado al medio por un divorcio reciente. Que plantea su premisa en una secuencia prácticamente desprovista de diálogos. Que narra una conexión empática, un espejo extraordinario, ni científico ni mágico, sino plenamente emocional, entre Elliott y ET. Que pone en escena los suburbios como un espacio de cierta libertad y una relativa, engañosa placidez en el que siempre acecha un lado oscuro.
La apabullante sencillez de la película solo puede ser producto de mucho trabajo, talento y sensibilidad: la puesta en escena de Spielberg mantiene la cámara casi todo el tiempo a la altura de la mirada de los chicos. «Yo sigo siendo un chico», decía en 1982. «Creo que para mí es más fácil tener una conversación que vaya de Pac-Man a la exobiología con un chico de 11 que sentarme con un adulto a discutir Nietzsche y las Malvinas. ¿Por qué? Supongo que soy socialmente irresponsable y en el fondo no quiero mirar al mundo a los ojos». (Faltaban unos pocos años para que hiciera El color púrpura, y una década para La lista de Schindler). También fue su ojo para encontrar la expresividad necesaria en Drew Barrymore, que tenía solo seis años, y la de Henry Thomas, que rondaba los diez. Y el muñeco tan vivo, aunque innegablemente mecánico, de Rambaldi. Y el chico sin piernas que interpretó al extraterrestre en algunas escenas caminando con sus manos; y la banda sonora de John Williams.
Cabe mencionar el aporte fundamental, quizá menos recordado, de su guionista Melissa Mathison, que murió de cáncer en 2015, tras completar su último trabajo con Spielberg, la adaptación de El buen amigo gigante. Mathison llegó al proyecto casi por accidente, durante el rodaje de Los cazadores del arca perdida, que protagonizaba su novio y futuro marido Harrison Ford. Ella se declaraba a sí misma «guionista fracasada y retirada», pero había escrito el guion de El corcel negro, que narraba la relación entre un chico y su caballo. Spielberg sintió que era ideal para darle forma a su idea y hoy le atribuye a Mathison (a quien homenajeó hace un par de meses, en el TCM Classic Festival, que dedicó una presentación a su film por los cuarenta años) gran parte del éxito de ET. El director la reconoce por haber escrito una primera versión del guion inmejorable, en la que ya estaba su perfecta, inoxidable sencillez.
Cuando en 1983 Gandhi le arrebató a ET el Oscar a la mejor película, su director, Richard Attenborough, futuro protagonista de Jurassic Park, dijo: «Yo estaba seguro no solo de que ET iba a ganar, sino de que debería haber ganado. Es ingeniosa, poderosa y maravillosa. Yo hago películas más mundanas». Para ese momento, Spielberg y Mathison ya habían desistido de hacer una secuela de ET, lo que habría sido un error más grande aún que el de «actualizarla» digitalmente. Llegaron a escribir un boceto titulado «Terrores nocturnos», en el que Elliott y sus amigos eran secuestrados por alienígenas malvados. «No hubiera hecho otra cosa», dijo Spielberg, «que robarle al film original su virginidad». 


Mariano Kairuz