Cultura

Universo en expansión

En el año que termina, la vida y la obra del recordado artista fueron abordadas por una seguidilla de tributos, conciertos, documentales y libros. Las razones que explican el creciente interés por uno de los íconos de la música popular argentina.

Desde su muerte, ocurrida el 8 de febrero de 2012, Luis Alberto Spinetta nunca había estado tan presente en la agenda de tributos, conciertos homenaje, documentales y edición y reedición de libros como en este año que termina. La lista puede ser extenuante e, incluso, algo arbitraria. Y va desde el centro de la industria del entretenimiento –esa con la que tuvo en vida una relación al menos tensa– hasta emprendimientos indies, puro corazón.
Hay tributos que suponen la sutileza de lo no dicho, de lo no expuesto. Acaso sea una arbitrariedad considerar un homenaje la consolidación de la banda Jaguar, que integran Dhani Ferrón y Rodolfo García, el bajista y el baterista del último grupo de Spinetta, Los Amigo. El propio ex-Almendra zanja la cuestión: «No es un homenaje. Hacemos la mayoría de temas propios y, sí, algunos del Flaco en vivo. El guitarrista es Lito Epumer, que tocó y grabó con él, es cierto. Pero la gran pregunta es: ¿qué músico no está atravesado por la obra de Luis?», plantea García. Ferrón completa: «Jaguar tiene identidad propia. Pero es un fruto del inmenso árbol que es la obra de Luis».
En los últimos meses destacaron dos intentos –ambiciosos, ilusorios– de aprehender su vida y su arte. El documental que le dedicó el ciclo Bios, de National Geographic, y Ruido de magia, el grueso libro de Sergio Marchi. Ambos contaron con la venia familiar, y se nota. Son dos productos diferentes que pueden considerarse complementarios. El programa tuvo el hallazgo de mostrar imágenes inéditas y de haber contado con el testimonio de una mujer clave en el clan Spinetta: Patricia Zalazar, madre de Dante, Catarina, Valentino y Vera. Esas presencias condicionaron los contenidos. Como escribió el periodista Pablo Perantuono a partir de la presencia de Salazar, «acaso por esa fuerte marca femenina es que una canción que la corrección política de hoy se animaría a impugnar, como “Me gusta ese tajo”, o protagonistas como Carolina Peleritti –aparece su foto pero no su nombre– son omitidas».
Rodolfo García opina que el documental es bueno, pero que tiene demasiadas omisiones. «Los amigo no está, por ejemplo. Ni figura. Tampoco Mercedes, su última pareja. Pero es lógico: era imposible que entrara todo», dice. Su compañero de banda va en la misma dirección. «Siempre que se dé información sobre su vida y su obra, a mí me hace feliz. Pero faltaron ítems importantes».
El trabajo de Marchi es, claramente, más abarcativo. Sin ambages, se presenta como «biografía oficial». Durante casi 700 páginas recorre cada una de las etapas musicales de Spinetta y las entrevera con su ancedotario familiar. De hecho, la presentación del libro la realizó junto con Catarina Spinetta y su madre Patricia. Autor de numerosos libros de rock, entre los que destacan las biografías No digas nada. Una vida de Charly García y Pappo. El hombre suburbano, Marchi confiesa que la de Spinetta fue la que más le costó. «Fue la más difícil y, asimismo, la más mágica. Luis te pone en un estado donde la epifanía ocurre», dice. «Le puse Ruido de magia en honor a uno de los temas de El jardín de los presentes, de Invisible, mi disco favorito de su obra».
–Cuando empezaste a investigar, ¿con qué te encontraste que no conocías?
–Sabía con qué me iba a encontrar porque lo traté bastante en vida y seguí su obra continuamente. Fue una confirmación de lo que había pensado siempre: que era un artista maravilloso y una persona extraordinaria. En mi plan de trabajo hurgué todos los recovecos que pude, a niveles casi de obsesión.
–¿Por qué?
–Porque Spinetta es un estado del ser. No es un artista que pueda sintetizarse en un logro. Fue la máxima expresión de la inteligencia en el rock. Pudo llegar a ese punto de uno donde reina la mayor oscuridad y ponerle luz. Él es su profundidad, su humor, su cuidado hacia los demás y, por sobre todo, el autor de una pila de canciones inolvidables.


Instantes. Su guitarra de doble mango, un ensayo de 1969 y con Los Socios del Desierto.

El tiempo verbal que conjuga Marchi mezcla presente y pasado, algo que se repitió en casi todos los entrevistados. Ruido de magia sobresale, por volumen y peso específico, de otras ediciones. Pero no fue la única. Por rigor y por buena prosa, algunos libros merecen ser señalados. Martropía. Conversaciones con Spinetta, el formidable libro de Juan Carlos Diez, tuvo una reedición y se constituye tal vez en el trabajo que mejor refleja el pensamiento del músico. «Lo que quise priorizar es la palabra de Luis, profunda, original y sensible, al igual que su música. Por lo tanto, siempre invita a la relectura, al descubrimiento, a múltiples lecturas», explica Diez. «En la reedición hay nuevos textos que escribí y algunos recuerdos, algo del backstage del libro».

Nunca me oíste en tiempo
Para rastrear el único antecedente en la especie de Martropía hay que viajar a la década del 80. Hace 30 años salió la primera edición de Crónicas e iluminaciones, de Eduardo Berti. Se trata también de minuciosas charlas que, en este caso, indagan y analizan cronológicamente la obra. Berti volvió este año a poner el foco en el músico. Lo hizo de una manera original, caprichosa: hundiéndose en «Por», una canción muy especial del disco Artaud. El título completo del libro es Por. Lecturas y reescrituras de una canción de Luis Alberto Spinetta. En el abordaje de este tema, Berti refiere al surrealismo, a la psicodelia, a la poesía concreta brasileña, a los juegos de palabras patentados por Julio Cortázar y a la matemática.
Por fue una de las apuestas fuertes de la editorial independiente especializada Gourmet Musical, que además reeditó este año Spinetta: mito y mitología, de Mara Favoretto. Allí, Favoretto intenta responder preguntas como: «¿Qué sostiene –además de su personalidad, su ética y su estética– la vigencia y el fanatismo que genera, a pesar de que siempre procuró evitarlo? ¿Qué fibras internas nos conmueven para que desobedezcamos su voluntad y lo idealicemos como uno de nuestros mitos populares?».
Leandro Donozo, fundador y director de Gourmet Musical, considera que la proliferación de libros sobre el músico está lejos de agotarse. «Como tema de estudio y reflexión ya tenemos varios proyectos en lenta cocción acerca de aspectos y períodos específicos», anticipa. «Desde su muerte, Spinetta viene siendo objeto de una valoración y un respeto quizás aún mayor del que gozó a lo largo de su vida. Este interés creciente en su legado es una excelente ocasión para poder profundizar en diferentes perspectivas de análisis, que enriquezcan la mirada y la comprensión de su vida y obra más allá del anecdotario o de aspectos más superficiales».
¿Oportunismo o rescate tardío? Sergio Pujol ofrece una tercera posición. «Spinetta siempre ocupó el centro de la escena, nunca le faltó reconocimiento», opina el historiador y escritor, que en mayo pasado publicó El año de Artaud. Rock y política en 1973. «Cuando en los años 70 u 80 un músico de jazz, de tango o de folclore con cierta apertura artística quería epitomizar la calidad del rock argentino, citaba a Spinetta o a Charly, aun sin conocer demasiado el género. Este trasvasamiento se parece un poco al vivido con Piazzolla: uno puede valorar su música sin considerarse un tanguero. La figura de Spinetta habita esa categoría, quizá no masiva en términos de audiencia: la de músicos muy representativos de un género y, al mismo tiempo, capaces de trascenderlo. Sería también el caso de Cuchi Leguizamón en el folclore, o Gato Barbieri en jazz».
Este 2019 que termina fue El año Spinetta. Pero también lo fue 2018, 2017… y así. Acto de justicia poética, sí, pero tal vez tanta atención también se vincula con la complejidad del corpus de una obra única y con los enigmas que proyecta el personaje. Harán falta muchos libros, documentales y conciertos para desentrañar un universo en sí mismo, que provoca más preguntas que respuestas y que está constituido, básicamente, por dos elementos intangibles: la belleza y la ética.