Cultura

Vanguardia popular

Con la tradición como punto de partida, el poeta alumbró la renovación del tango con un puñado de letras que calaron hondo en la cultura argentina. Formó una notable sociedad autoral junto a su hermano Virgilio. La vigencia de un cancionero único.

Bohemio. El poeta escribió las letras más memorables del tango utilizando metáforas y un lenguaje literario que enriquecieron el género. (Archivo Acción)

Homero Expósito fue un poeta que no le rehuyó a nada: exploró todas las posibilidades de la canción. Podía recurrir a imágenes del espesor de «tus ojos de azúcar quemada» en «Pedacito de cielo», convertirse en cronista social en «Farol», inspirarse en versos del siglo XVI de Lupercio Leonardo de Argensola y alumbrar con la irreverencia de los 19 años «Que me van a hablar de amor» como si fuera un veterano que ya lo había vivido todo. Era capaz de incorporar una palabra tan infrecuente en el tango como «dialéctica», escribir el bolerazo «Vete de mí», todo un suceso en la isla fértil del bolero, Cuba. Y tampoco tenía problemas en surfear el maremoto que azotó al tango en la década del 60 con éxitos livianos como «Tienes eso, eso, eso» o «Pity Pity», en una suerte de reconversión en Míster Hyde.
De todas esas vetas estaba hecho su arte. Entre tantas audacias, el cancionero de Expósito descolló por una destreza única: sus letras se codearon con la poesía, a través de una utilización magnífica de las metáforas, por el uso del lenguaje literario y por el juego impar con la rima interna. Partió de la tradición para amasar una obra inmensamente popular, que se sigue escuchando a la vanguardia de la poesía tanguera. Estudiante universitario; políglota y lector voraz de poetas como Baudelaire, Rimbaud o Verlaine; obsesivo hasta la médula con sus versos, que podía reescribir una y otra vez; enriqueció el tango, pero tenía otra preocupación: «Yo hablo romanesco y genovés y los hablo en serio. Pero ¿sabés lo que es difícil? Bajarse del caballo y tomar mate con el pueblo».
No le fue fácil imponer su avanzada. En los 90 un cantor como Luis Cardei decía que solo cantaba tangos con los que se sentía identificado y que por eso no elegía a Expósito. «Sus letras son más para pensar que para sentir», se excusaba. Pero Homero siempre estuvo más allá de toda discusión. Junto a su hermano Virgilio, fundó una de las catedrales autorales, en la que «Naranjo en flor» fue su pieza más célebre, con otra innovación poética: los versos «era más blanda que el agua/ que el agua blanda». Compuesto en 1944, recién en la década de 1970 se impuso como un suceso interpretado hasta el agotamiento. Los Expósito tenían respuesta ante el estupor inicial: «Se puede hablar muy en serio sobre el agua, decir que existen aguas duras, después hay medio duras y medio blandas, y después aguas blandas. Es una clasificación física o química, pero el agua blanda no tiene nada que ver. Cuando el poeta dice: “¡Qué tristeza de olor de jazmín!”, ¿me querés decir dónde mierda está la tristeza en el olor de los jazmines? Está diciendo una cosa bonita, no una cosa concreta».

Piezas monumentales
Nació hace 100 años, el 5 de noviembre de 1918, en Campana y se crió en la ciudad vecina de Zárate. Su historia tiene condimentos de novela: su padre, huérfano y cuidado desde chico en la Casa de Niños Expósitos, definió ese apellido para sus hijos e impulsó la vocación artística. Homero fue pupilo en el Colegio San José de Buenos Aires, cadete del Liceo Militar, estudiante de Filosofía y Letras, aficionado al rugby y actor y director de teatro vocacional. Pero todos los caminos lo llevaron al tango. En Zárate se relacionó con una orquesta local de futuras estrellas, capitaneada por el músico alemán Juan Elhert. El momento justo en el lugar indicado: junto a ellos escribió obras culminantes en la década de oro.
Desde sus primeras letras ya está inscripta la densidad de su obra: se podía ubicar cerca de su admirado Enrique Santos Discépolo en textos que trasuntaban angustia existencial. Pero la gran virtud de Homero fue no parecerse a nadie. Aun cuando tocara los tópicos tradicionales del género, lo hacía desde un lugar original, sin encadenarse a influencias. A los 30 años ya había escrito el núcleo de su obra: «Tristezas de la calle Corrientes», «Yo soy el tango», «Qué me van a hablar de amor», «Trenzas», «Azabache», «Yuyo verde», «Naranjo en flor», «Maquillaje», «Percal», «Margo», «Pedacito de cielo». Ese corpus junto a otros tangos y valses («Pequeña», «Fangal», «Te llaman malevo», «Afiches», «Siempre París», «Sexto piso», «Absurdo» y «Chau no va más», la última composición con Virgilio) se recorta como una obra monumental.
Su exquisita capacidad para mezclar los sentidos, a través del empleo de la sinestesia, fue uno de sus sellos en versos como «tu luz con olor a cigarrillo» («Farol») o «trenzas del color del mate amargo» («Trenzas»). El poeta e investigador Matías Mauricio aporta una mirada reveladora: «Homero Expósito además introdujo en la cartografía del género el “arroyo”, el río zarateño, el brazo del Paraná, por eso considero a su escritura como una poética de coloratura líquida impregnada además por elementos propios de su terruño: naranjos, flores de lino, almendros, frutillas. ¿Qué otra característica? Su locus de resiliencia. Es un poeta resiliente, es decir, aquel que se permite o puede recuperarse de ciertas adversidades, podríamos si se quiere trocarlo con el mito del ave fénix. Él siempre está renaciendo, elevándose desde las cenizas para luego dar el salto grande y volverse luz. Búsquese, encuéntrese esta idea, este leitmotiv en sus tangos “El milagro”, “Quedémonos aquí”, “Chau no va más”, “A barquinazos”, “Si hoy fuera ayer”».

Cadencia propia
Expósito opinaba que para escribir un tango era imprescindible conocer la técnica de los sonetos y el valor de las palabras por su musicalidad. «Quien nace con cadencia no necesita de rimas», decía cuando le preguntaban por su arte. No parece ilógica cierta empatía con otro renovador del tango como Astor Piazzolla. Desde lugares diferentes, estaban ensanchando los límites. Juntos le dieron cuerpo a piezas como «Pigmalión» –que Astor grabó con su Orquesta del 46–, «La misma pena» y «Silencioso». Una preciosa foto en El libro del tango ilustra la alianza artística: se los ve trabajando juntos en el departamento del bandoneonista de la Avenida Libertador. En Canciones argentinas 1910-2010, el historiador Sergio Pujol marca otra coincidencia: la influencia del marplatense en la música del tango «Maquillaje», escrito por los Expósito y estrenado por Piazzolla con la voz de Héctor de Rosas.
Homero hizo muchas cosas: fue directivo de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores (Sadaic), tuvo emprendimientos gastronómicos, llevó una vida bohemia, y siguió escribiendo al menos un soneto por día durante buena parte de su vida. Murió el 23 de septiembre de 1987, dejando una producción inédita que excede largamente las 100 obras registradas. En estos días, los homenajes se multiplican, como si fuera necesario remarcar una vigencia que nunca fue interrumpida: su presencia cotidiana en los repertorios de la música argentina es absoluta.
De los últimos meses se pueden subrayar los homenajes en los festivales oficiales de tango de Buenos Aires, La Falda y Medellín. Oriundo de Zárate, el cantor Leandro Falótico decidió ir más lejos: grabó Primero, después y al final, el primer disco de una trilogía dedicada a Expósito. «Yo vivo homenajeándolo», explica mientras prepara los conciertos por el centenario de su nacimiento. «La obra de Homero está vigente porque los tópicos que aborda son universales, atemporales. Son momentos, situaciones, estados con los que el hombre ha sido atravesado desde siempre. Todo es muy actual. Prácticamente no utiliza palabras o expresiones de su época y tampoco el lunfardo, lo que hace que personas de todas las edades comprendamos sus letras. La mezcla de alta poesía y de fibra popular es lo que me impresiona de su obra». Matías Mauricio lo sintetiza con una definición: «El poeta del asombro».