Cultura | Carlos Sánchez

Vidas imaginarias

En las últimas décadas, los cuentos y las novelas del escritor fueron distinguidos en varias ocasiones. La vocación literaria y los vericuetos editoriales.

Apasionado. A la par de su negocio, Sánchez le dedica tiempo a su oficio de narrador.(Guadalupe Lombardo)

«Pautalia» es una casa de venta de herrajes que está ubicada a unas cuadras del Abasto. Su propietario, Carlos Hugo Sánchez, es además un apasionado por las letras: la lectura y la escritura marcaron su vida. Es autor de más de 60 cuentos y de tres novelas. La última, Un hombre llamado PiedraAzul, fue finalista del Premio Clarín en 2002 y ese mismo año ganó el accésit del XXVII Premio de Novela Corta Gabriel Sijé en España. Hace tres años la historia finalmente se publicó en el país a través de la editorial Vinciguerra.
Sánchez también fue honrado en 1999 con el Premio Salón del Libro Iberoamericano en el concurso Internacional de Cuentos Juan Rulfo, otorgado por Radio Francia Internacional, por su relato «El tren detenido». En 2001 recibió la mención honorífica del Premio Casa de las Américas (Cuba) por su colección de cuentos Consideraciones acerca del monólogo interior y otros ensayos. Y en 2004 ganó el segundo premio del concurso organizado por la Fundación Victoria Ocampo con los textos de Sobre el origen de las palomas.
Estas distinciones hablan de la calidad de su prosa, algo que se puede apreciar desde las primeras páginas de Un hombre llamado PiedraAzul. La novela se centra en un vendedor de candados bonaerense, que viaja al sur de la provincia a pasar unos días de distensión y de pesca en la laguna de Puán. Hasta que encuentra un texto antiguo que habla de un tesoro, escrito nada menos que por Cafulcurá. Y su obsesión por este cacique araucano lo lleva a protagonizar peripecias tan desconcertantes como atractivas para el lector. Con una escritura tan precisa como poética, el libro es atravesado por el suspenso, el erotismo y la historia argentina.

Referentes y perspectivas
El escritor comenzó a leer desde muy joven, a partir de los títulos de la colección «Grandes novelas de la literatura universal» de Ediciones Jackson. Se anotó en la carrera de Ingeniería por su facilidad con las matemáticas, pero la abandonó al poco tiempo. Años después completó el profesorado de Castellano, Literatura y Latín en el Mariano Acosta. Y allí estudió la obra de Julio Cortázar. Ejerció la docencia durante un tiempo y, entretanto, empezó a asistir a un taller literario de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). En ese marco escribió su primer cuento, «El regreso del abuelo», con el que llegó a la final de un concurso de SADE.
Fue el puntapié inicial de su carrera. «Me da bronca no haber editado más. Hice algunos esfuerzos para conseguirlo, pero no te dan pelota las editoriales: no reciben carpetas de gente desconocida», explica. «Es difícil, yo estoy grande, pero tengo mucha polenta para escribir. Al principio tenía como una especie de deber ser, una misión de que yo tenía que ser escritor. Después está la vida: los matrimonios, los hijos, las separaciones, los problemas laborales, las crisis que ha pasado nuestro país. Y esas cosas me alejaron de la literatura por largos períodos, pero siempre había un bar, una mesa al lado de la ventana que me tentaban», dice.
Durante la entrevista con Acción menciona a los autores que marcaron su formación: Dostoievski, Tolstói, Balzac, Flaubert, Kafka, Poe, Joyce, Gide, Camus, Hemingway, Bradbury, Carver, Conti, Levrero, Onetti, Cortázar, Quiroga, Borges y Cervantes, entre tantos otros. «Siempre leí muchísimo, puedo tener pausas en la escritura, pero difícilmente las tenga en la lectura», afirma. «No sacralizo demasiado la función de la literatura. Algunos tenemos el don de imaginar historias, que no hacen más que entretener al lector y darle ganas de seguir avanzando con la lectura».


Jorge Freidemberg