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Yoga

Emmanuel Carrère
Anagrama
320 páginas

Emmanuel Carrère rompió su juguete. No por torcer el pacto de lectura radical con sus lectores: no importa el verosímil, sino la verdad. Tampoco porque su exmujer llevara el bote de la literatura a las aguas de la Justicia. Lo que hizo en Yoga fue invertir su método de indagación. En los libros que le dieron fama mundial, supimos del yo del autor cuando escribió una maravillosa biografía sobre Philip K. Dick; o mediante la indagación obstinada en el infierno de Jean-Claude Romand; o cuando prendió fuego el álbum familiar y denunció a su abuelo colaboracionista; o, en su obra maestra, al narrar las aventuras del poeta ruso Limónov. Es decir, conocimos hasta el color de las medias de Carrère cuando él mismo se ocupaba de vidas ajenas. En la primera parte de Yoga, su máquina literaria va en esa sintonía: un libro liviano sobre la disciplina que ejerció durante más de 30 años. Sin embargo, un dominó de hechos desploman el proyecto y su frágil cordura: el atentado a la redacción de Charlie Hebdo, una separación de la cual no puede escribir, su estadía en un neuropsiquiátrico, el tratamiento con electroshocks, la muerte de su editor-amigo, una excursión culpógena para conocer a las verdaderas víctimas del mundo, los refugiados. En Yoga solo habla de sí mismo y su ego naufraga en soledad, en sus miserias, en su neurosis privilegiada, en la imposibilidad de alcanzar los desafíos de la meditación por más que la pueda narrar e incluso enseñar y divulgar. El problema no es la literatura del yo, sino que la primera persona esté disociada de los otros o, peor todavía, que finja empatía. Sus mejores libros son los que lo tienen como observador, no como protagonista.


Damián Huergo