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Adiós al patrón

La salida de Bernie Ecclestone, jefe de la Fórmula 1, cierra una etapa signada por el crecimiento del negocio en base a manejos sospechosos, con perjuicios económicos, en los últimos años, para escuderías y circuitos históricos. Recuperar atractivos, el desafío.


En funciones. Junto a un empresario, Ecclestone recorre el circuito de Spielberg, Austria. El británico estuvo 40 años al frente de la categoría. (Tee/Lat/Rex/Shutterstock/Dachary)

Mi sustituto? Posiblemente será un exvendedor de autos usados». Bernie Ecclestone, director ejecutivo de la Fórmula 1, bromeaba sobre su salida del automovilismo. Algún día tendría que irse, aunque tuviera los derechos de comercialización hasta 2110, mucho más de lo que pudiera vivir. Ecclestone fue durante 40 años el dueño del circo. Un circo que él mismo se encargó de construir y en el que el negocio fue posándose cada vez más sobre el deporte. Ecclestone, despedido a mediados de enero, manejó la máxima categoría de los monoplazas con mano de hierro. «Como un dictador, él mismo lo reconocía», dijo Chase Carey, el nuevo jefe de la Fórmula 1, el sustituto. Aunque Carey, un estadounidense que luce mostachos canosos, no es un exvendedor de autos usados, sino el ejecutivo de Liberty Media, la corporación que controlará la competición. Los medios atienden su negocio sin intermediarios.
Obligado a correrse, aunque con el cargo de presidente honorario, Ecclestone deja un producto que a nadie le fue tan redituable como a él. Se llegó a quedar hasta con el 50% de las ganancias. Era más poderoso que escuderías y patrocinadores. Ecclestone era «el patrón». Mientras los otros engordaban las cuentas bancarias, eso no era un problema. Pero desde hace un tiempo, las caídas ya eran ruidosas. Si bien la revista Forbes, en ese momento, estimaba que la fortuna del empresario británico de 86 años superaba los 3.ooo millones de dólares, los equipos iban a pérdida. En 2015, diez equipos, entre los que se contaban Williams y McLaren, acumulaban un rojo cercano a los 200 millones de dólares. La audiencia, además, comenzó a caer: de los 600 millones de televidentes que se contaron en 2008 bajó a 400 millones el año pasado.
También los circuitos iban a pérdida. Nürburgring, en Alemania, entró en una crisis económica de tal magnitud que sus dueños ya no pudieron sostener la pista. Hasta el propio Ecclestone se ofreció a comprarla una vez que el circuito pasó a manos de la administración estatal. También Hockenheim, el otro escenario alemán, atravesó problemas económicos. Durante 2017 no habrá Gran Premio en Alemania entre las 20 carreras que se disputarán, una menos que en 2016 y con una preponderancia asiática. Eso también fue obra de Ecclestone.
El (ahora ex) patrón británico era jefe del equipo Brabham durante la década del 70. En 1978 se sentó en el trono como representante de la Asociación de Constructores de Fórmula Uno, la FOCA, la organización que habían conformado otras escuderías para tomar el control del negocio. Pero Ecclestone, de a poco, consolidó un poder personal. Se encargó de ser él mismo quien discutía (y cerraba) los contratos de televisión. «Ecclestone vio mucho antes que todo el mundo que la venta de los derechos de televisión eran el camino para  convertir lo que era una categoría con muchos fánaticos en un fabuloso negocio de entretenimientos», dice el periodista Martín Urruty, especialista en automovilismo.

Poder e impunidad
Ecclestone conseguía el dinero, Ecclestone lo repartía. Y lo hacía a su antojo dentro de un negocio que llegó a mover más de 1.000 millones de dólares anuales. Su socio Max Mosley, uno de los fundadores de la Asociación de Constructores y luego presidente de la Federación Internacional de Automovilismo, lo acompañó en el ascenso. A mediados de los 90, y gracias a su amigo Mosley, E cclestone se quedó con todos los derechos comerciales de la Fórmula 1. Por 360 millones de dólares hasta 2110. El año no es un error.
Así fue que Ecclestone se convirtió en el patrón. No lo voltearon ni siquiera las causas judiciales en su contra. Se lo acusó de pagar sobornos y beneficiar a la británica CVC Capital Partners en la reventa de derechos. En 2006, después de la quiebra del grupo de medios alemán Kirch, el banco público BayernLB se quedó con el 50% de las acciones de la Fórmula 1. Y debía venderlas. Ecclestone intervino para no perder el poder. No quería que esa parte recayera en alguien ajeno. Según la acusación de la Justicia alemana, el zar inglés le pagó a Gerhard Gribkowsky, un ejecutivo del banco, 44 millones de dólares para que redireccionara la venta a CVC Capital Partners. La causa avanzó hasta que, en 2014, Ecclestone pagó 100 millones de dólares para evitar el juicio. Dijo que había sido víctima de un chantaje. Gribkowsky, que reconoció el cobro, terminó preso.
A Ecclestone tampoco lo volteó la salud, a pesar de una operación de corazón y de los tres bypass que le realizaron. Y tampoco lo voltearon sus palabras. Ni siquiera cuando reivindicó a Adolf Hitler porque, según dijo, «estaba en posición de mandar a muchos y conseguir que se hicieran las cosas» a pesar de que «se dejase llevar en un determinado momento e hiciese cosas que no sé realmente si quería hacer o no». Tuvo que reaccionar ante las críticas. «Fui un idiota», dijo. Pero siguió con sus provocaciones cuando aseguró que a la Fórmula 1 le hacía falta «una mujer negra, judía y que gane carreras». Pero, a la vez, repetía que las mujeres no tenían ninguna chance de correr.

Cambio de pistas
Su pragmatismo para los negocios lo llevó a mirar a Asia como una nueva meca para la Fórmula 1, que este año pasará por China, Bahrein, Azerbaiyán, Singapur, Malasia, Japón y Abu Dhabi. Y también estará en Rusia, donde Ecclestone tejió una buena relación con Vladimir Putin. «Debería gobernar Europa», dijo con admiración sobre el presidente ruso.
La compra total de la Fórmula 1 por parte de Liberty Media supone un cambio radical. En principio, una conducción menos personalista, conformada por un triunvirato: Carey, que ya era presidente y ahora será director ejecutivo, el CEO, contrató como director deportivo a Ross Brawn, con una larga trayectoria en diferentes equipos, entre ellos Mercedes, la escudería del actual campeón Nico Rosberg. El director comercial será Sean Bratches, ex vicepresidente de ventas y marketing de ESPN. Carey promete una categoría más competitiva, acaso con más carreras en Estados Unidos y con el sostenimiento de circuitos clásicos, como Silverstone, en Inglaterra, donde respiraron aliviados con la salida de Ecclestone: creían que con el patrón inglés irían camino a su desaparición del calendario.
Pero lo primero que tendrá que hacer Carey es conseguir oficinas para Fórmula One Holding, la empresa que ahora comanda y que todavía funciona en Knightsbridge, un barrio exclusivo al oeste del centro de Londres. Carey ya avisó, de todas maneras, que se quedarán en la capital inglesa, pero que necesitan un espacio más grande. La mudanza, en el fondo, también tiene otras razones. En uno de los pisos más altos de ese edificio de la calle Princes Gate 6 todavía vive Ecclestone. Toda una imagen: la Fórmula 1 y su casa se abrían con una misma llave.