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El nuevo embajador

Facundo Campazzo tomó la posta de la Generación Dorada y buscará dejar su sello en la NBA. El camino hacia la cima desde la Liga Nacional a Denver Nuggets, sus virtudes de juego y el desafío de lidiar con las presiones de la prensa deportiva.

Temporada 2020-2021. Con la camiseta número 7, el base cordobés despliega su talento en un encuentro frente a Philadelphia 76ers, en enero. (Tim Nwachukwu/Getty Images/AFP)

Facundo Campazzo inició una ruptura. Tomó el legado de la Generación Dorada –ese grupo de hombres formados en la Liga Nacional de básquet, exportados como talentos al mundo y disfrutados como colectivo en la selección argentina– y empezó a hacerlo suyo, de sus compañeros. Una especie de rebelión –respetuosa, cariñosa– con el pasado. Campazzo comenzó a escribir, entonces, su camino; más, todavía, desde que, con Denver Nuggets, desembarcó en la NBA. Se convirtió, así, en el primer argentino en jugar en la liga más espectacular del mundo –deporte por deporte– después de más de dos años y medio, cuando Emanuel Ginóbili se retiró de San Antonio Spurs.
A punto de cumplir 30 años, algo que ocurrirá el 23 de marzo, el jugador atraviesa sus primeros partidos en la liga a la que siempre quiso llegar, un deseo que se activó desde que empezó en Córdoba, en Municipalidad primero, en Unión Eléctrica después, y que siguió cuando lo reclutó Peñarol de Mar del Plata para la Liga Nacional, en la que debutó durante la temporada 2009/2010. Lo que era impensado en otros tiempos, desde hace dos décadas se convirtió en un objetivo posible para un jugador argentino de alto nivel. El techo de cristal se rompió el 13 de octubre de 2000 cuando Juan Ignacio «Pepe» Sánchez saltó a la cancha con la camiseta de Philadelphia 76ers (partido frente a New York Knicks en el Madison Square Garden) y, minutos después, hizo lo mismo Rubén Wolkowyski, pero en Seattle Supersonics, que cayó esa noche con Vancouver Grizzllies.
Esas dos llegadas, poco más de veinte años atrás, pavimentaron un camino que luego se terminó de asentar cuando hizo su aparición el tercer argentino en la NBA, Emanuel Ginóbili. Con la 20 de San Antonio Spurs, ya retirada y colgada en el estadio, Ginóbili demostró que un jugador argentino no solo podía ser competitivo en la liga, sino también ser, alguna vez, una pieza clave, construir un liderazgo, convertirse en símbolo. La puerta se abrió y ahí estuvieron Carlos Delfino, Andrés Nocioni, Walter Herrmann, Luis Scola, Fabricio Oberto y Pablo Prigioni, y también, con experiencias más breves, Nicolás Laprovitola, Nicolás Brussino y Patricio Garino.
Después de Ginóbili, no hubo más nada. Campazzo llegó a la NBA (también) para cubrir ese vacío, esa idea de centralidad que implica que un jugador argentino esté en la mejor liga de ese deporte. Lo que suele ser común, por ejemplo, en el fútbol, como lo muestran los argentinos desperdigados en distintas partes del mundo, con Lionel Messi haciendo cumbre, con la NBA es excepcional. Es otra cosa y ahí está la dimensión de Campazzo en haber llegado. También está el mandato de brillar, con la necesidad mediática del minuto a minuto.

Mostrar los dientes
Campazzo, que llegó a la NBA desde España, donde tuvo dos etapas en el Real Madrid con un paso por el Murcia, sabe que los tiempos no son las imposiciones ansiosas de un sector de la prensa deportiva. Aunque apenas llegó a Denver, todos hablan de un fenómeno por los elogios de sus compañeros y del propio entrenador Michael Malone, lo cierto es que Campazzo no está adelante de los flashes. «Cualquier análisis que se haga de Campazzo, hoy tiene que partir desde una realidad indiscutible: es el 11º jugador del equipo y el 3º base. Eso piensa el entrenador, que es el que decide. Y cualquier análisis debe contemplar eso y no lo que a nosotros nos gustaría que suceda», escribió en su cuenta de Twitter el periodista Alejandro Pérez. Campazzo tiene por delante a la figura del equipo, Jamal Murray, y a un gran suplente como Monté Morris.
Malone lo dejó claro días después: «(Campazzo) no va a tener el balón en sus manos 40 minutos cada noche, a diferencia de lo que hacía en otros equipos, como el Real Madrid o la selección de Argentina. No es la manera en la que juega nuestro equipo», dijo el entrenador de los Nuggets. Pero lo que también tiene claro Campazzo es que quiere ganarse ese lugar. «No le importa jugar pocos minutos o estar sin jugar. Quiere vivir la experiencia NBA y tener la chance de estar en un equipo competitivo. Va a tener su partido de 15 puntos y habrá otros en los que no juegue. La estatura para NBA puede ser un problema (mide 1,78), pero para él no es un problema porque está dispuesto a jugársela. Se va a ir acomodando con los partidos», explica Martín Núñez, periodista de @nbalatam, la cuenta oficial de Twitter de la NBA en castellano.
Eso empalma con el perfil de Campazzo, una bestia competitiva adentro de la cancha. «Cuando llegó a Peñarol (Mar del Plata) era tercer base y competía para quedarse el puesto. Porque es ultracompetitivo, todo lo buena persona, lo generoso que es afuera de la cancha, muta a un animal cuando adentro. No acepta la derrota y le gusta ir a fondo», cuenta Germán Beder, autor de El Legado, un libro que acaba de publicar Básquet Plus sobre la generación actual de la selección argentina. Además de periodista y autor, como director de comunicaciones de la Confederación Argentina de Básquetbol, Beder conoció como nadie a esos jugadores, los que ganaron el oro en los Panamericanos de Lima y llegaron a la final del Mundial de China, todo en 2019, comandados por Sergio «Oveja» Hernández desde el banco y Luis Scola desde el rectángulo.
Si alguien representa lo que significa el legado de la Generación Dorada, ese alguien es Scola, explica Beder. El que mantuvo un ámbito de trabajo y profesionalismo. Campazzo fue uno de los que encabezó esa idea de romper con la reverencia. «Mostró los dientes –explica Beder–, intentó competir en los entrenamientos, como también lo hizo Laprovittola. Por supuesto, con un respeto total, pero buscando su lugar». Ese lugar es el que busca ahora en la NBA. Y aunque no deba correr con los tiempos que imponen las necesidades mediáticas, sino con los que necesita para ganar minutos, conoce cuál es el camino. Hacia ahí va.


Alejandro Wall