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Fin de una era

La muerte del emblemático dirigente provocó conmoción en el deporte y la política. Logros y deudas de una gestión de 35 años que marcó a fuego al fútbol argentino.  
Último julio. Grondona llegó a la AFA luego de presidir Arsenal e Independiente. (Mabromata/AFP/Dachary

Su nombre será recordado como parte fundamental de la historia del fútbol argentino. Julio Humberto Grondona, fallecido el pasado 30 de julio a los 82 años, deja una huella indeleble –no sólo en el deporte en general y el fútbol en particular–, a raíz de una sumatoria de aciertos, errores y polémicas que signaron sus nueve mandatos consecutivos al frente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). La sensación de vacío en una parte influyente del ambiente futbolístico, derivada del estilo personalista que le imprimió Grondona a su extensa gestión, convive con voces que reclaman cambios en la organización del deporte más popular de los argentinos. A esto se añaden interrogantes de cara al futuro, teniendo en cuenta los muchos y trascendentes desafíos por venir, empezando por el nombre del sucesor del dirigente que también fue hombre fuerte del fútbol mundial, al desempeñarse como vicepresidente y responsable de las finanzas de la FIFA. La vasta trayectoria de Grondona en el ente colegiado abarca un conjunto de aristas que dan forma a un personaje complejo, con contradicciones, protagonista de episodios muy relevantes en el itinerario del fútbol argentino. Entre los hechos positivos que arrojaron sus mandatos sobresale haber impulsado una organización seria y profesional en los distintos seleccionados nacionales, con éxitos inmediatos que ubicaron al fútbol nacional en la cúspide mundial. Basta consignar los logros acreditados en los últimos 35 años: campeón del mundo en 1986, subcampeón del mundo en 1990 y 2014, 2 medallas doradas en los Juegos Olímpicos, 2 copas América, y 6 títulos mundiales con los equipos juveniles luego de la refundación encabezada por José Pekerman a partir de 1994. A estos triunfos se suma una obra que figura entre los grandes legados del hombre nacido en la localidad bonaerense de Sarandí: la construcción del predio de la AFA en Ezeiza, comparable con los mejores centros de entrenamiento del mundo, en el que se preparan y concentran para torneos de relieve la Selección Mayor y los combinados juveniles. Más allá de los representativos nacionales, Don Julio –como lo llamaban– obró en defensa de la tradición y la identidad de los clubes en los años 90, al resistir el fuerte embate de reconocidas personalidades de la política y el deporte que proponían transformar a instituciones concebidas como asociaciones civiles sin fines de lucro en sociedades anónimas deportivas. Como contracara, figuran una serie de cuestiones que crecieron bajo su mandato, en las que confluyen fracasos visibles y asignaturas pendientes. En este sentido su estilo de conducción, la forma de concentrar poder únicamente en su figura, tuvo consecuencias que abren no pocas incógnitas. Así como su cintura política deparó beneficios para Argentina –por caso, su habilidad para negociar permitió que Lionel Messi jugara para el Seleccionado nacional y no para España, que lo pretendía–, los clubes locales sufrieron, y sufren, severas crisis financieras, agravadas por la dependencia de las entidades con la AFA de Grondona, hábil para conseguir apoyos y opacar adversarios. Además de los problemas económicos de los clubes, el otro déficit de su manejo del fútbol se vincula con la violencia. Proliferaron las llamadas barras bravas y aumentó la cifra de muertos en los estadios. Entre 1994 y 2014, la violencia dejó un saldo de 183 víctimas fatales. También se cuentan entre los aspectos negativos las contradicciones en el plano estrictamente futbolístico. La más notable: discontinuar el proceso exitoso que se inició con José Pekerman al frente de los seleccionados juveniles para propiciar una etapa de pruebas que desembocó en la designación de su hijo Humberto –sin pergaminos en la tarea formativa– para ocupar el cargo. Un hecho imposible de soslayar en estas tres décadas y media se vincula con las negociaciones con la televisión, actor clave actualmente en la organización y financiamiento del fútbol. Luego de formalizar un contrato con la sociedad conformada entre el Grupo Clarín y la Televisión Satelital Codificada (TSC) –alianza que perjudicó a los clubes y tuvo efectos culturales que perduran hasta hoy–, la AFA decidió rescindir ese convenio que duró 18 años para asociarse con el Estado, en agosto de 2009. Además de reponer un derecho de los argentinos al ofrecer los partidos sin restricciones ni aranceles de ningún tipo, la medida tuvo como propósito obtener más y mejores ingresos para las instituciones a fin de mejorar sus alicaídas finanzas. Sin embargo, la mayoría de los clubes no logró remontar sus padecimientos económicos. Un relevamiento realizado por la propia AFA, en 2011, informó que casi 30 instituciones estaban concursadas o quebradas sobre un total de 61 en las tres principales categorías (Primera A, B Nacional y B Metropolitana). Asimismo, no hubo mecanismos de control en los clubes a través de auditorías periódicas y se acrecentó la deuda de las entidades con la AFA.   Transición y después Frente a este panorama, la muerte de Grondona marca el final de una era y, al mismo tiempo, abre un escenario en el que podrían fortalecerse los logros y atenderse los problemas irresueltos de la última gestión. La nueva conducción –por el momento Luis Segura, titular de Argentinos Juniors, será presidente de la AFA– deberá afrontar importantes retos. Entre ellos el manejo de los seleccionados, los contratos televisivos, las relaciones con la FIFA y con el Gobierno nacional, los déficit que sufren los clubes, la violencia endémica en los estadios y la desorganización estructural de los últimos años. Ya sin Grondona, de las decisiones que tomen los dirigentes dependerá, en buena medida, el futuro de la máxima pasión de los argentinos. ---Pablo Provitilo