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La cumbre del «jogo bonito»

Con Pele, Tostão, Rivelino y otras figuras, Brasil conquistó su tercer Mundial exhibiendo un fútbol vistoso y ofensivo cuyo legado perdura. El trasfondo político de un ciclo que comenzó con el técnico y periodista João Saldanha y culminó Mario Zagallo.


Estadio Azteca. Símbolo de la selección, Pelé anotó un gol en la final ante Italia. (Staff/ AFP / Dachary)

Detrás de la escenografía de uno de los mejores equipos de todos los tiempos hay un nombre. Es el de João Saldanha, creador del Brasil de 1970, con el que sin embargo no fue campeón. Saldanha era periodista cuando João Havelange, entonces presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), lo convocó para ser entrenador de la selección. Apenas tenía una breve historia al frente de Botafogo, campeón en 1957 con Garrincha en el campo. Saldanha era, además, un militante activo del Partido Comunista Brasileño. Había estado preso en 1946 y la policía lo había baleado en 1949 durante una represión contra estudiantes. Como técnico de Brasil, denunciaba en el exterior los crímenes de la dictadura de Emilio Garrastazu Médici, que presionaba para su despido. Tres meses antes del Mundial de México, Havelange cedió. Saldanha quedó afuera. Lo reemplazó Mario Zagallo, que ya tenía a su gente en el cuerpo técnico. La historia de esa selección que le entregó el tricampeonato del mundo a Brasil es mucho más que fútbol.
Saldanha no pudo completar su obra. El que lo hizo fue Zagallo, el primero en haber sido campeón del mundo como jugador (1958 y 1962) y como técnico. Zagallo decidió, ante todo, cumplir con uno de los deseos de Garrastazu Médici: convocar a Darío, el delantero favorito del dictador, al que Saldanha se encargaba de dejar afuera del equipo a pesar de los reiterados reclamos de Havelange. En el cuerpo técnico del periodista DT había un infiltrado que pasaba informes. Era el preparador físico y capitán de artillería del Ejército brasileño, Cláudio Coutinho, quien llegaría incluso a ser entrenador de Brasil durante el Mundial 78. Como todo hecho tiene distintas versiones –y diversos libros, en este caso–, algunas indican que Garrastazu Médici sentía admiración por Saldanha, pero era su ministro de Educación, Jarbas Pasarinho, el que insistía con cortar la popularidad del técnico.
El Brasil del 70 cumple cinco décadas en tiempos de pandemia de coronavirus y apagón deportivo global. Si su historia tiene su trasfondo político, en su superficie está el juego. Zagallo reunió a los cinco mejores 10 del fútbol brasileño. Jairzinho (Botafogo), Gerson (Sao Paulo), Tostão (Cruzeiro), Pelé (Santos) y Rivelino (Corinthians) se movían en el ataque. Clodoaldo se paraba en el medio para darle espacio a Gerson, el más retrasado de los cinco. Por derecha iba Jarzinho, por izquierda Rivelino. Pelé y Tostão flotaban más adelante, sin referencias de área. Fue el ataque total, el Everest del jogo bonito.
A favor de Zagallo, Saldanha no había puesto sus fichas por Rivelino. Tampoco Pelé en su equipo jugaba como lo haría en México y el técnico lo hacía descansar en el banco más de lo que el crack quería. Fue Zagallo quien juntó a todos los 10 por primera vez. Pero hubo líneas de continuidad, una base en la que se sostuvo un juego colectivo basado en el talento individual que tuvo su cima en el Mundial. Ganó todos los partidos. En la primera fase, superó a Checoslovaquia 4-1, a Inglaterra, que defendía el título, la venció 1-0, y se cargó a Rumania con un 3-2.
A esos partidos del grupo les siguieron las tres grandes fotografías del equipo, la construcción de la leyenda. El 4-2 a Perú en cuartos de final ratificó el poderío del ataque, los cinco 10. El partido lo cocinaron en los primeros quince minutos entre Jairzinho y Tostão. A la insistencia de Perú, que siguió en la búsqueda, lo volvieron a rematar entre los dos jugadores. En la semifinal, Uruguay le mojó la oreja de entrada. Despertó al gigante. Clodoaldo apareció como delantero en el empate. Y después siguió la danza de Brasil, no solo para el 3-1, también para dejar el gol-que-no-fue más icónico de la historia de los Mundiales, la gambeta sin tocar la pelota de Pelé frente al arquero aunque después, en la definición, se haya ido cerca del segundo palo.

Memoria viva
La final con Italia, el 4-1 que le dio el título, no solo explicó el poderío en el ataque de Brasil. La primera imagen que evoca ese triunfo es el salto mítico de Pelé, el gol que se recuerda porque usó la cabeza y porque el festejo quedó para siempre en la memorabilia de las celebraciones mundialistas. Pero lo que mostró esa final, sobre todo, fue que se trataba de un equipo total, un colectivo dispuesto a crear el gol de Carlos Alberto, el capitán de Brasil. Hubo veintiocho toques, nueve pases, siete jugadores en acción y cinco gambetas. Solo en esa jugada, una jugada perfecta. Fue de izquierda a derecha. Solo no entró en plano Félix, el arquero. El resto, aunque no la haya tocado, fue parte de la escena en el estadio Azteca. Lo primero que impresiona al revivirla es que Tostão es quien recupera la pelota de la posesión italiana: lo hace casi como lateral aunque su misión no incluía bajar. Luego llegan los enganches de Clodoaldo, los pases, y la descarga final de Pelé hacia Carlos Alberto. Fue el 4-1. Se lo llamó el gol del presidente, porque Garrastazu Médici había pronosticado ese resultado el día previo.
El dictador levantó la copa. Las imágenes lo muestran con el equipo llegando a Brasil. Sonrisas junto a Pelé y Carlos Alberto. Lo que había comenzado en manos del técnico comunista terminó con el equipo recibido con honores en el palacio del Planalto. La Copa Jules Rimet, que llevaba el nombre del tercer presidente de la FIFA, se quedó para siempre en Brasil. Reemplazada cuatro años después por el trofeo que se conoce hoy, esa copa representaba a la figura de Niké, la diosa griega de la victoria. Años después, en 1983, la copa fue robada. Los ladrones, al ser detenidos, le confesaron a la policía que la habían fundido. El premio quedó disuelto. Pero el juego del Brasil de los 70 quedó para siempre en la memoria del fútbol.