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La silla eléctrica

Entrenadores de equipos grandes y chicos debieron abandonar su cargo durante la temporada. Falta de resultados, histeria colectiva y sangría de futbolistas, causas de un fenómeno que no decrece.
Final. Por los malos resultados, Gallego fue cesanteado tras el empate con Unión. (Télam)

La histeria con la que se vive el fútbol en nuestro país impacta, entre otros actores involucrados, en el trabajo de los directores técnicos. La víctima más reciente fue Américo Rubén Gallego, quien debió abandonar su cargo en Independiente, un equipo que hoy pelea por evitar el descenso. El presidente de la institución roja, Javier Cantero, decidió despedir al Tolo «para descomprimir la situación», según sus propias palabras. Gallego había asumido en la quinta fecha del Torneo Inicial, en reemplazo de Cristian Díaz, quien sólo había sumado dos puntos en las primeras cuatro fechas. El Tolo, que se hacía cargo de un equipo que estaba último en la tabla de los promedios, llegaba con un discurso optimista y esperanzador, resaltando que su Independiente iba a pelear el campeonato. Pero las fechas pasaron y el Rojo no se convertía en ese gran equipo, firme y ganador, que Gallego imaginó cuando asumió en agosto de 2012. Independiente terminó el campeonato en la decimoctava posición, con apenas 17 puntos en 19 fechas y sólo tres partidos ganados. Ni la llegada de Daniel Montenegro en el verano pudo revertir el mal presente del Rojo.  Tras un mal arranque del Torneo Final, y si bien Cantero lo había apoyado pese a algunos malos resultados, Gallego finalmente fue despedido. Días después, la dirigencia del club de Avellaneda decidió contratar a Miguel Brindisi como nuevo entrenador, un hombre identificado con el club, en especial por su gran paso como director técnico en 1994/95, cuando fue campeón del torneo local y de la Supercopa. El despido de Gallego se convirtió en el decimosexto en lo que va de la presente temporada. Independiente, por caso, es el cuarto equipo que cambia tres veces de entrenador en ese lapso. Los otros fueron: Unión, que pasó de Frank Kudelka a Nery Pumpido, para que luego llegue Facundo Sava; San Martín de San Juan, que había iniciado la temporada con el propio Sava, reemplazado luego por Gabriel Perrone, quien finalmente se fue y le dejó su lugar a Rubén Forestello; y Argentinos, que pasó de Leonardo Astrada a Gabriel Schurrer y actualmente cuenta con Ricardo Caruso Lombardi en el cargo. Los otros entrenadores que dejaron su cargo en 2012/13 fueron Matías Almeyda (River), Roberto Sensini (Colón), Omar Asad (Godoy Cruz), Rodolfo Arruabarrena (Tigre), Rubén Forestello (Rafaela), Ricardo Caruso Lombardi (San Lorenzo), Diego Cagna (Estudiantes) y el caso de Julio César Falcioni en Boca, a quien no se le renovó el contrato. 16 entrenadores en 28 fechas tuvieron que dejar su puesto por malos resultados o decisiones dirigenciales. Solo 8 de los 20 equipos de Primera División siguen con el mismo entrenador con el que iniciaron la temporada: Vélez, Lanús, Quilmes, All Boys, Arsenal, Racing, Belgrano y Newell’s. Fusibles Estos números son la consecuencia de una realidad cada vez más común en el fútbol vernáculo. Si bien en Argentina siempre se vivió este deporte con excesiva pasión, la histeria se acrecentó en los últimos años, en especial por las malas campañas de los grandes, producto de pésimas administraciones (como mínimo) y de un periodismo que cada vez más apuesta al morbo y al sensacionalismo, exasperando aún más el ánimo de los hinchas. El descenso de River en 2011 tiró por la borda la idea de que los grandes no pueden irse a la B. Hoy, el que lucha por salvarse es Independiente, uno de los dos clubes que nunca bajaron de categoría. Por supuesto que las causas de la poca paciencia con los entrenadores son varias, y hasta hay muchos que sostienen que son los mismos directores técnicos, por su mezquindad y por pensar en el cero, en el arco propio antes que en atacar, los que cavan, de a poco, su propia tumba. Pero lo cierto es que un entrenador no cuenta con las mismas condiciones de trabajo que hace 10 años ni dispone de plazos para ejecutar sus ideas. Hoy, un entrenador sabe con qué jugadores cuenta a lo sumo por 19 fechas, pero no sabe cuántos se le irán al finalizar el campeonato, ni cuántos van a venir. El fútbol argentino se caracteriza por planteles conformados por varios jugadores veteranos y muchas jóvenes promesas, que juegan más pensando en un pase al exterior y salvarse económicante que en rendir y conseguir la gloria deportiva con su club. En la actualidad son más de 1.500 los jugadores argentinos que se desempeñan en el exterior. Esa sangría de materia prima incide directamente en el juego y, por supuesto, también en los entrenadores. Es muy difícil convencer a un jugador que está cobrando en euros o dólares y jugando con una presión mucho menor, de que retorne. Será difícil revertir este estado de nerviosismo constante en el que vive el fútbol argentino, una realidad en la que se exagera hasta el paroxismo desde un descenso, hasta la no clasificación a una copa. Todo es tragedia, cualquier resultado deportivo que no sea ganar es visto como un fracaso, incluso en clubes que no están habituados al triunfo. Y el entrenador, como siempre, seguirá siendo el fusible más fácil de cambiar, aunque el problema, claro, es de fondo. ---Germán Esmerado