Deportes

Los triunfos silenciosos

Con una de las delegaciones más numerosas de su historia, el deporte nacional obtuvo 4 medallas (3 oros y 1 plata) y mostró su evolución en varias disciplinas, que derivó de la sostenida preparación de sus atletas. El ENARD como factor de despegue.

Rugido. Los Leones con su medalla de oro, la primera en la historia de los juegos para el hockey sobre césped, tras superar a Bélgica. (Vatsyayana/AFP/Dachary)

 

Antes de que comenzaran los primeros Juegos Olímpicos en Sudamérica, la Argentina había conseguido un primer triunfo silencioso, una victoria sin medallas. La delegación nacional que viajó a Río de Janeiro, con 213 atletas, fue la más numerosa desde Londres 1948. Es cierto que se trataba de una cifra alimentada por los deportes de equipo, pero también ahí radicaba otro dato positivo, otro mérito: para llegar a los Juegos, hay que clasificarse y la Argentina lo hizo con nueve selecciones. Si la participación ya marcaba una evolución, la competencia en Río 2016 ratificó un crecimiento incluso superior a la expectativa previa, que no solo se mide en podios conseguidos, y que si bien es previo debería tener una fecha simbólica de despegue: el 22 de diciembre de 2009, el día en que se promulgó la ley que creó el Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Enard).
No es el Enard –sustentado, sobre todo, en el impuesto a la telefonía celular, y administrado por el Comité Olímpico Argentino y la Secretaría de Deportes- lo único que explica las 3 medallas de oro, la de plata y los 11 diplomas olímpicos que la Argentina se trajo de Río, lo que determinó una de las participaciones más importantes de su historia olímpica. Ante todo está el talento, la preparación, el esfuerzo, el sacrificio y la buena planificación de los atletas y los equipos. Pero ningún análisis puede ignorar la implementación de una herramienta que lleva ocho años de vida y cuyos mejores efectos quizá todavía tengan varios años para asomarse.
El oro de Paula Pareto en judo durante la jornada inicial fue como un presagio de lo que sería Río 2016. Pareto, la primera mujer que consigue una medalla dorada para el país después del bronce que ganó en Londres 2012, es un buen ejemplo del crecimiento argentino, además de un emblema del Enard. Su historia tiene el condimento de haber sumado a su preparación deportiva, una formación profesional: entre el bronce y el oro, se recibió de médica.
Pero más allá de los apoyos y políticas que puedan darle el sostén indispensable a una deportista notable como Pareto, está el mérito personal. Porque sin eso no hay nada. Y lo mismo cabe para el resto de los atletas. Mucho más, quizá, para Juan Martín Del Potro, cuya medalla de plata solo se explica –acá el Enard poco tiene que ver– por su capacidad de reinventarse después de las tres cirugías a las que tuvo que someter a su muñeca izquierda en 15 meses. Es evidente que el triunfo de Del Potro –superando a rivales como Novak Djokovic y Rafael Nadal, y solo encontrando el límite en la final con Andy Murray– escapa a una lógica más general. Del mismo modo que el papelón del fútbol –derribado en Río durante la primera ronda– no puede adjudicársele más que a la desorganización propia de ese deporte, a la que aportan tanto dirigentes como funcionarios oficiales, y de la que terminaron siendo víctimas los mismos futbolistas y el entrenador que tuvo que tapar el agujero, Julio Olarticoechea.

 

Momento de quiebre
Y fue el fútbol el que en Atenas 2004 terminó con 52 años sin medallas doradas. El fútbol y el básquet, en un mismo día, la otra fecha fundacional del deporte argentino, el gran momento de quiebre, el 28 de agosto de 2004. Ahí es cuando se toma la verdadera dimensión del lugar en el que está parado el deporte nacional. De los 21 oros argentinos, 8 se consiguieron en los últimos cuatro Juegos Olímpicos. La vela, segunda disciplina del país con más medallas (10) después del boxeo (24), consiguió su primera dorada en Río 2016 con la dupla compuesta por Santiago Lange y Cecilia Carranza, que compitieron en la categoría Nacra 17. Lange, que superó un cáncer de pulmón, disputó sus sextos Juegos y, además del oro, acumula otras dos medallas de bronce, en la categoría Tornado, de Atenas 2004 y Beijing 2008, junto con Carlos Espínola.

Pareto. Campeona olímpica en judo. (Guez/AFP/Dachary)

 

Del Potro. Relanzó su carrera en Río 2016. (Acosta/AFP/Dachary)

 

«La existencia del Enard cambió al deporte en la Argentina –dijo Lange en una entrevista con el diario La Nación–. Acabamos de tener un cambio de gobierno en la Argentina y se sintió poco. Yo me acuerdo que antes cambiaba el gobierno y no sabías para dónde ibas a ir. Esta vez no sucedió eso, y para mí es importante. No es casualidad que estos sean los mejores Juegos desde Londres 48, que la delegación argentina de vela sea la más numerosa de la historia en los Juegos».
Lo mismo opina Carlos Retegui, el entrenador de Los Leones, arquitecto de la medalla de oro en hockey sobre césped masculino. «La creación del Enard –dijo en esa misma nota– fue determinante para lo que es hoy el deporte argentino». Aníbal Fernández, expresidente de la Confederación de Hockey, fue quien lo sostuvo en el cargo. También le dio la llave de Las Leonas, la selección femenina, con la que había ganado la medalla de plata en Londres 2012. Un doble comando que, si bien recibió críticas, obtuvo un tercer lugar tanto para mujeres como para hombres en el Mundial de La Haya 2014. Pero la relación de Retegui con Las Leonas fue tormentosa. Fueron ellas las que pidieron que lo corrieran del equipo. Después de una etapa muy desprolija, las mujeres cayeron en los cuartos de final en Río.
El Chapa se quedó solo con Los Leones. El título olímpico tiene dimensiones de hazaña. Aunque por los antecedentes de un equipo que se gestó con paciencia –ganó los Panamericanos de Toronto 2015– se podía augurar una buena actuación, la medalla de oro fue inesperada para muchos. Pero para ellos no, ellos se la habían jurado. Cuentan que entre los jugadores se prometían no refugiarse en el conformismo. Y por eso la arenga de Retegui después de la goleada 5-2 contra Alemania con la que se clasificaron para jugar la final ante Bélgica. «No entreguemos el torneo, no termina acá, tenemos que ir por la de oro».
Con un promedio de edad de 28 años, Los Leones estuvieron sostenidos, sobre todo, en la experiencia. Juan Manuel Vivaldi, el arquero, junto con Lucas Rey y Matías Paredes jugaron su tercer juego olímpico después de Atenas 2004 y Londres 2012. Y en Río estuvo, además, la base del equipo campeón Sub-21 en Rotterdam 2005, entre ellos Lucas Rossi, Facundo Callioni, Manuel Brunet, Pedro Ibarra, Juan Saladino y Juan Manuel López. Todos bajo el armado obsesivo y detallista de Retegui.
El ejemplo de Los Leones es el de los equipos que se trabajan a largo plazo. Esta vez el oro olímpico fue de ellos, como en Atenas 2004 lo fue de la selección de básquet, la Generación Dorada de Manu Ginóbili, Luis Scola, Andrés Nocioni y compañía, un conjunto de jugadores que tomó vuelo de mito en Río 2016 –de donde se despidió ante el Dream Team estadounidense– después de haber cambiado el básquet argentino para siempre. A su medida, en vóley también se construyó un gran equipo de la mano de Julio Velasco y una generación que acaso pudo haber llegado más lejos en los Juegos si no fuera porque se topó demasiado temprano con la selección brasileña.

 

Esperanzas en juego
La Argentina finalizó 27º en el medallero gracias a las tres doradas, un lugar que no se conseguía desde Londres 1948. En una comparativa terrenal, obtuvo la misma cantidad de oros que Colombia, que sin embargo sigue arriba en la región (terminó 23º, con dos platas y tres bronces, en la mejor actuación de su historia) apoyada en el levantamiento de pesas y el ciclismo. Asaltar ese lugar es todavía un desafío argentino. El atletismo, de hecho, todavía aguarda un despegue. Germán Chiaraviglio (29 años) tuvo una gran participación con su lugar en la final de salto con garrocha. Una esperanza es la evolución que demuestra Braian Toledo, 22 años, producto genuino de los Juegos Evita, finalista en jabalina durante Río 2016. Braian sabe que sus Juegos serán los de Tokio 2020. O tal vez los de 2024. Los ejemplos son muchos, como el de Fernanda Russo, 16 años, 20º en tiro.

Vela. Santiago Lange y Cecilia Carranza festejan su consagración en la categoría Nacra 17. (West/AFP/Dachary)

 

Para Tokio aún falta. Antes, en 2018, dentro de muy poco tiempo, llegarán los Juegos de la Juventud en Buenos Aires. Ahí se medirá parte del futuro. Y se jugará, además, el deporte que no se ve por televisión, el que juegan políticos y dirigentes. Gerardo Werthein, presidente del Comité Olímpico Argentino, se mostró como ganador en Río, jactándose de ser él la garantía de continuidad –y el hacedor– del Enard. Cada vez con más peso propio dentro del olimpismo global, cercano al presidente del COI, el alemán Thomas Bach, Werthein alimenta la idea de una próxima candidatura de Buenos Aires a los Juegos. Parece demasiado lejano, pero esa es otra historia.