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Marcas en sus manos

Joaquín Gómez, quien sobresalió en la disciplina a temprana edad, contabiliza a sus 20 años títulos y récords que lo erigen como una nueva figura del atletismo argentino. Los consejos de su padre, el impulso de los torneos juveniles y su sueño olímpico.

Podio. Entre otros logros, el atleta logró su mejor registro personal en el sudamericano sub 23. (Gentileza CADA)

 

Joaquín Gómez se encuentra en el puesto 50 del ranking mundial de lanzamiento de martillo entre los varones. Por encima de él, solo dos lanzadores son más jóvenes. Y por ahí se comienza a comprender el fenómeno: nacido el 14 de octubre de 1996, Gómez fue a los 16 años el mejor del mundo en la disciplina. Es decir: a esa edad no había nadie en el mundo que lanzara más lejos el martillo que él. El año pasado, en setiembre, logró el segundo puesto en el Sudamericano sub 23 de Lima, Perú, con la mejor marca personal y el récord nacional de la categoría: 71,56 metros (m). En 2016, además, se coronó por segunda vez consecutiva campeón en el Campeonato Argentino de Atletismo, en su tercer año con un martillo de mayor peso, y se colocó tercero en el ranking argentino de todos los tiempos, con una marca de 70,52 m, detrás de Juan Ignacio Cerra (76,42 m, en 2001) y Andrés Charadía (74,66 m, 1994).
Se repite: Gómez tiene apenas 20 años y, entonces, emerge como una figura en el deporte argentino. El chico de la Escuela Municipal de Atletismo de Avellaneda es, de algún modo, producto de la captación programada de talentos en los torneos juveniles, una especie de Braian Toledo del martillo, ya que participó sistemáticamente de las finales de los Juegos Evita. Los resultados en los torneos juveniles fueron abismales en relación con los competidores. En el Centro de Fomento Deportivo de Avellaneda de la Secretaría de Deporte, cuando empezó a entrenarse, sobrepasaba los límites: debía variar el ángulo de lanzamiento y apuntarle a un camino libre entre los árboles. «Las marcas de él opacaron un poco a las de los demás chicos, que eran buenas. Es uno en un millón», dice Analía Altamirano, su madre, exatleta destacada en pruebas de velocidad. Serio y aplicado, Joaquín madura: en poco tiempo adquirió una experiencia inusual para un atleta de su edad, con logros que auguran un gran porvenir en su carrera.
 

Prioridades y metas
«Estamos trabajando desde que él era chiquito. Joaquín empezó a lanzar por gusto exclusivo de él. Ahora, sin proponérselo, está en el alto rendimiento, y no era la idea en un principio. Nuestra relación es buena. No hubo una exigencia más allá de la que tiene cualquier padre. Primero estudiar, y si no andaba bien, no viajaba. Eso. Simple. Ahí consensuamos un poco con mi mujer. Él quiere seguir con esto porque lo disfruta mucho. Anda bien pero no queremos que sea lo único que haga. El estudio es fundamental», destaca Daniel Gómez, el padre y entrenador, cinco veces campeón nacional de martillo. El oficio de su actual coach, en este sentido, influyó para que Joaquín comenzara a descubrir la disciplina: de chico le robaba a su papá los martillos profesionales que colgaban en la casa, motivo por el cual el mayor de los Gómez decidió  fabricarle un juguete cuando su hijo tenía 4 años. Esto es: una pelota vieja de básquet rellena de trapos, con una soga diminuta y una manija de plástico. En ese entonces su padre lo inscribió en torneos fuera de la categoría y le fue variando el peso hasta que logró que Joaquín consiguiera participar de torneos infantiles oficiales.
Y, entonces, el propio Joaquín voló también con la imaginación. Años después buscó en internet los informes biomecánicos que realizaron los ucranianos Yuri Sedykh, el lanzador más destacado de la historia, y Anatoly Bondarchuk, su entrenador, para optimizar la técnica y la forma del lanzamiento de martillo. Hoy con su padre graban todos los lanzamientos para estudiarlos. Joaquín se perfeccionó en Física y Química porque considera que le sirve para los ángulos de lanzamiento. En el Mundial Juvenil de Atletismo de 2013, en Donetsk, Ucrania, se clasificó para la final y terminó octavo. El sueño olímpico, por supuesto, decanta. «Todos los deportistas soñamos con estar en un Juego Olímpico –repite Joaquín Gómez, y sorprende–. Particularmente, me gustaría estar en el próximo, en Tokio 2020, porque no creo que sea algo imposible. La adaptación, la preparación y madurar como atleta serán importantes. Recién este año empecé a lanzar con el martillo olímpico, el que voy a lanzar toda mi vida. Falta tiempo porque todavía soy muy chico».