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Messi busca un equipo

Aunque se consagró goleador de la liga española, el argentino no oculta su descontento debido al discreto desempeño de Barcelona. De los roces con la dirigencia y el cuerpo técnico al reclamo de recobrar protagonismo con una formación más competitiva.

Camp Nou. El rosarino remata durante el encuentro con Osasuna, anteúltima fecha de la liga. (Lluis Gene/AFP)

El Lionel Messi más novedoso de los últimos años es el Lionel Messi enojado. El que un día decidió dejar la selección argentina –una despedida que nunca se concretó– después de la segunda final de la Copa América perdida. El que habló de la corrupción de la Conmebol por los fallos arbitrales. Y el que explotó una vez que al Barcelona se le escapó la Liga a manos del Real Madrid, un enojo que podía leerse como una autocrítica pero que apuntaba a distintas direcciones: el cuerpo técnico que conduce Quique Setién y la dirigencia a cargo de Josep Bartomeu. Messi, que no baja sus estándares estadísticos, pide un equipo competitivo, lo que también es pedir un equipo a su altura.
Se trata de un año, este 2020 de la pandemia, en el que cruje como nunca la relación de Messi con el club que –más allá de su infancia en Newell’s– lo formó en lo futbolístico y lo cobijó en lo personal. Parece la prehistoria, pero fue en febrero cuando la prensa catalana difundió un escándalo: el de trols que, a través de una empresa supuestamente contratada por el club, hostigaban y generaban fake news contra el rosarino y otros futbolistas, en general en momentos en los que discutían la continuidad de sus vínculos. El club negó el episodio, pero se trató de un capítulo de tensión entre jugadores y dirigentes. Eran días, además, en los que Messi le respondía públicamente a Eric Abidal, director deportivo del Barcelona, quien había criticado al plantel por la relación con Ernesto Valverde, el entrenador destituido en enero.
La llegada de Quique Setién suponía un retorno a las fuentes. Setién, aunque sin vínculo anterior con el club, reconoce su admiración por Pep Guardiola, por el juego de posesión, por lo que representa la escuela holandesa de la que se nutre el Barcelona, al menos desde Johan Cruyff en adelante. Sin embargo, todo lo que sobrevino a su llegada fueron tropiezos. Eliminación de la Copa del Rey en cuartos de final, derrota ante el Real Madrid y derrumbe en una liga que lideraba.
Mientras el Barcelona se encerraba en la mediocridad, Messi seguía con sus números extraterrestres. Llegó al gol 700 con un penal resuelto a lo Panenka, picándosela al arquero Jan Oblak. El instante resumía el panorama porque en ese partido, a pesar de Messi, el equipo solo se llevó un empate frente al Atlético de Madrid de Diego Simeone. La distancia entre lo que Messi dejaba en la cancha y lo que el equipo entregaba en el juego ya era abismal. Y las molestias del capitán con el cuerpo técnico quedaban en evidencia. Fueron las cámaras las que tomaron su reacción –«¿Qué querés que haga, boludo?»– cuando Eder Sarabia, colaborador de Setién, le quiso dar indicaciones durante un partido contra Celta de Vigo.

Cortocircuitos y enigmas
Más allá de esos asuntos de vestuario, lo que además quedaba al descubierto era un equipo que perdía la Liga aburriendo con su juego. Nada peor que entregarse en la intrascendencia para un club que forjó un estilo en el fútbol de alto vuelo. Nada peor para Messi. Todo parecía la imagen de un Barcelona previo a la aparición del rosarino. Un desconcierto. Como cuando al equipo se le escapaba el partido con Atlético y Antoine Griezmann, una de sus últimas grandes contrataciones, seguía en el banco. Entró en el último minuto sin tiempo de nada.
A Messi, un animal de la competición, no le convence la política de contrataciones del Barcelona. No quería a Griezmann, aunque lo aceptó, sino a su amigo Neymar. Lo dijo de manera abierta cuando el brasileño atravesaba una de sus crisis con el PSG. Quería repatriarlo desde París a Barcelona para volver al tridente que los dos completaban con Luis Suárez, a quien extrañó durante los meses de 2020 en los que el uruguayo estaba lesionado. Sin Neymar, Messi reclamó por los servicios de Lautaro Martínez. Hace tiempo que una eventual oferta catalana para quedarse con el jugador del Inter solo forma parte de versiones periodísticas. El juego todavía está abierto.
Por todo ese panorama es que, incluso antes de perder la Liga, se volvió a barajar la posibilidad de ver a Messi lejos del Barcelona en un futuro cercano. Ayudó a esa idea que el rosarino frenó la renegociación de su contrato, que dura hasta 2021, pero que tenía una cláusula gatillo por la que se podía ir libre este año si lo avisaba antes de junio. No lo hizo, pero a la vez frenó las conversaciones con el club. En paralelo, uno de los eventuales destinos más comentados, tuvo una noticia esperada: el Manchester City, dirigido por Pep Guardiola y en el que juega su amigo Sergio Agüero, podrá competir en la Champions League a partir de una decisión  polémica del TAS, que le quitó la sanción impuesta por UEFA pero le impuso una multa de 10 millones de euros. Si el City infló su presupuesto quedó en la nebulosa, como también el fair play financiero.
Mientras tanto, y más allá de lo que ocurra en el duelo de vuelta con Napoli por la Champions  (pautado para el 8 de agosto), Messi busca revalidar logros con un equipo competitivo. Su rendimiento lo estimula; el rosarino fue el máximo goleador de la liga española por séptima vez. Y es el tercer futbolista en la historia que lo consigue por cuarta ocasión consecutiva. Los otros fueron Hugo Sánchez y Alfredo Di Stefano. Pero se sabe que sus logros individuales se los guarda como elementos al servicio de los objetivos colectivos. Sin ellos, no es Messi. Quiere la Champions –otra vez– con el Barcelona, tanto como desea un título con la Argentina. El tiempo dirá si el club se acomoda a sus deseos, o si ocurre lo que siempre se imagina pero nunca se concreta, una vida lejos de su hogar futbolístico. Sea en tierra catalana o fuera de ella, lo que Messi busca es un equipo.