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Panteras bravas

La selección femenina redondeó su mejor actuación en la Copa del Mundo, reafirmando los progresos de la disciplina en los últimos años. Historias de las integrantes del plantel y los desafíos en marcha.

 

Positivo. Festejo argentino en el partido ante Cuba, uno de los cuatro países a los que el equipo derrotó en el Mundial de Japón. (FIVB2015)

Otetsel ta n’am talakis», dice el tatuaje que Emilce Sosa tiene en el brazo derecho. Está escrito en lengua wichi y significa lo que no quiere olvidar: «Mis raíces, mi historia». Emilce está a punto de cumplir 28 años. Nació en Ibarreta, Formosa, vivió los primeros años en Las Lomitas, cerca de la frontera con Salta, y creció en Lote Uno, una comunidad wichi en la que su mamá trabajaba como maestra. Emilce es la capitana de Las Panteras, la selección femenina de vóleibol que consiguió la mejor actuación de la historia en la última Copa del Mundo que se jugó en Japón y que ahora va por el objetivo de máxima: poner un pie en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.
Emilce se instaló en Lote Uno para seguir a su mamá, a la que veía muy poco mientras vivía en Las Lomitas. Quería tenerla más cerca. Su papá trabajaba en otra escuela cercana a la comunidad. Creció junto con su hermano corriendo por el monte. No jugaba al vóleibol, jugaba al fútbol. La rutina era siempre la misma: despertarse temprano, acompañar a la mamá a la escuela, colaborar junto con sus padres en las tareas de la comunidad y terminar el día a oscuras, después de cenar, con el sonido de la guitarra de papá. El vóleibol apareció un poco después. Hasta que comenzó a practicarlo con más fuerza en un club de Las Lomitas. Y no paró.
Ahora, mientras estudia hotelería, juega en la Súper Liga Brasileña para Rio do Sul de Brasil. Fue la capitana argentina en Japón porque antes de viajar se bajó Yamila Nizetich por una lesión. Emilce cumplió bien su rol. Lideró al equipo hacia su mejor actuación en la Copa del Mundo. Nunca antes la Argentina había conseguido 4 victorias: Cuba, Argelia, Kenia y Perú, acaso el equipo sudamericano más potente. La despedida con derrota ante Serbia en la ciudad de Komaki no opacó nada de lo hecho. La misión estaba cumplida.
Haber llegado hasta esa tierra mediante una clasificación ya resultaba esperanzador. Cuatro años atrás Las Panteras habían jugado la Copa del Mundo gracias a una invitación. Esta vez, el pase se consiguió en Comodoro Rivadavia de modo contundente, invicto incluido. El mérito deportivo no supuso solo una cuestión de orgullo para las mujeres que conduce Guillermo Orduna sino también una forma de medirse, saber en qué lugar estaban paradas.
Una mezcla de factores se fusionó para que Las Panteras –un apodo que se instaló después de un concurso organizado desde un diario deportivo– puedan disfrutar de estos días y apuntar cada vez más alto. Una buena generación de deportistas, sin dudas. Pero también un mejor nivel organizativo en la última década, con mejoras en las estructuras de formación y, sobre todo, un mayor roce internacional gracias a la participación en torneos como el Grand Prix y a que la mayoría de las integrantes del equipo juega en ligas del exterior.
«A eso se suma –agrega Marina Butrón, una de las periodistas especializadas del país– que otras selecciones como Perú y Cuba están en etapas de transición. Y que la Argentina es un equipo que le mete garra ante las diferencias físicas que puedan tener contra los más fuertes».
La historia de Carolina Costagrande sirve –por contraposición– para dimensionar esta etapa del equipo. Carolina nació en El Trébol, Santa Fe, y jugó durante 8 años para la Selección argentina. Fue la capitana en el Mundial de 2002. Pero hace 5 años le llegó una convocatoria desde Italia y decidió seguir el camino que se abría: sacó pasaporte comunitario y se vistió con otros colores. Fue un volver a empezar, hacerse otra vez dentro de un equipo. Y así volvió a crecer: a los 34 años, lideró a Italia en Japón.

 

El ataque final    
Esa sangría se justificaba en los problemas de las dirigencias y en que en el vóleibol femenino de la Argentina no pasaba nada. O, mejor dicho, no había expectativas de nada. Marcia Scacchi jugó la Copa del Mundo en 1999 para la Selección. Tenía 17 años. Estudió abogacía y se recibió. Abrió un estudio en Rosario para encargarse de asuntos civiles. Hasta que tuvo que elegir. Y eligió: dejó el vóleibol. El año pasado, cuando estaba a punto de entrar a una audiencia, la llamó Orduna. El técnico de Las Panteras sabía que Scacchi había vuelto a jugar en la Liga femenina para  el Club Rosario. Y la convenció para que regresara a la Selección. 16 años después de la primera vez, Scacchi jugó en Japón.
Las Panteras fueron escalón por escalón hasta su meta siguiente. Antes de la Copa del Mundo, pasaron por la Copa Panamericana, el último Grand Prix y los Juegos Panamericanos de Toronto, una competencia a la que se clasificaron después de 20 años de ausencia. Ahora llega el momento del ataque final: en enero se jugará el preolímpico en el país –Bariloche es candidata a ser sede– y la esperanza aumenta porque Brasil ya está adentro por ser la selección anfitriona en Río 2016. También porque el equipo adquirió otro respeto entre los rivales. «Ya no nos subestiman tanto –le dijo Emilce Sosa a la periodista Claudia Villapún durante un rato de descanso en Japón–. Creo que nos empezamos a ganar un lugar». Conseguir el pasaporte a los Juegos Olímpicos es lo que falta para consolidarse. Sosa, que se crió en el monte y sabe de qué se trata, afila las garras. Como Las Panteras.

Alejandro Wall