14 de julio de 2025
Fútbol de alto nivel y show, la clave del éxito del certamen de clubes que ganó Chelsea. La puja de poder entre la FIFA y Europa, con Estados Unidos y los dineros árabes en el centro de la escena.

Nueva York. Enzo Fernández muestra el trofeo tras la aplastante victoria del equipo inglés sobre el PSG, en el MetLife Stadium.
Foto: Getty Images
En el escenario montado para la premiación, Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, y Gianni Infantino, jefe de la FIFA, le entregan a Reece James el trofeo glamoroso del Mundial de Clubes. Chelsea acaba de ser campeón en Nueva Jersey: le ganó contra todo pronóstico al París Saint Germain por 3-0 gracias a un primer tiempo arrasador. Infantino, que conoce como nadie el protocolo, sale de escena. Trump ignora al dirigente y decide quedarse. Su corbata roja encandila entre las camisetas de los jugadores. Todo es azul, algo de blanco y ese rojo, tonalidades de la bandera estadounidense. Trump aplaude, hace algún movimiento inconexo, parece puesto ahí por algún programa rústico de edición. Al final, en medio del festejo, Infantino logra sacar a Trump. Pero la escena final resume a este Mundial de Clubes con fútbol de alto nivel y show superbowlesco.
El triunfo del Chelsea lo catapulta como el club que ganó todas las competiciones que alguna vez jugó: desde la Premier League inglesa hasta la Champions, pasando por la última Conference League o alguna de las copas inglesas, como la FA Cup o la Carabao. Ahora suma el Mundial de Clubes. Con un mérito que hay que darle al italiano Enzo Maresco y sus jugadores: vencieron con contundencia al mejor equipo del mundo, al del fútbol total que propone Luis Enrique. Con un Cole Palmer estelar, un João Pedro irreverente, y un Enzo Fernández cada vez más líder, el Chelsea se anotó primero en la lista de campeones de este mundial.
Hubo un hecho previsible en la final y fue que enfrentó a dos equipos europeos. Era el gran atractivo de este torneo en su primera edición XL, con 32 equipos divididos en grupos de cuatro: el choque de mundos diferentes, sudamericanos contra europeos y europeos contra asiáticos y también contra africanos y contra los mexicanos y los estadounidenses de la MLS. Pero los que llegaron –esto era lo previsible– fueron los equipos europeos. Chelsea y PSG. Los brasileños, de todos modos, dieron pelea con Fluminense metiéndose en semifinales. Los árabes, incluso, pusieron al Al Hilal en cuartos de final sacando del torneo al Manchester City. Por más diferencias en presupuestos, en jerarquía y talento, el fútbol siempre hace su magia.
Y ahí hay una explicación de por qué los hinchas se enamoraron del nuevo Mundial de Clubes. Porque el fútbol es igualador. Porque en la competencia siempre guarda una sorpresa. Está claro que, a largo plazo, y como quedó demostrado, los europeos sacan ventaja. Pero siempre hay equipos que están listos para dar pelea. Fluminense la dio y era el equipo brasileño con el presupuesto más chico: se llevó más de sesenta millones en premios.

Miami. Saludo de los jugadores de Boca a su hinchada, protagonista en la fase de grupos.
Foto: Getty Images
Entre la fiesta y la indiferencia
Los equipos argentinos no estuvieron en el lote de los que dieron pelea. Pero sus hinchas aportaron a la fiesta del mundial. Boca tuvo un buen partido frente al Benfica y un empate momentáneo ante al Bayern Munich que finalmente fue derrota, pero el equipo de Miguel Ángel Russo dejó una mala imagen con la igualdad contra el Auckland City, un conjunto semi amateur. River ganó al más accesible Urawa Reds Diamond, pero el empate con Monterrey lo condenó a la eliminación y luego llegó la más previsible caída con el Inter. Quedaron las postales de los hinchas, en especial los de Boca, que invadieron Miami durante los dos primeros partidos.
Esas imágenes contrastaron con las de otros partidos que se jugaron con estadios fríos, ante poco público, bajo la indiferencia de un público local al que el fútbol no le termina de cerrar. Los estadounidenses le siguen diciendo soccer al fútbol. La FIFA tuvo que bajar los precios de las entradas para encuentros con poca demanda. Ocurrió con el partido inaugural entre Inter Miami y Al Ahly de Egipto, para el que envió invitaciones a estudiantes universitarios de Miami. Y era con Lionel Messi en la cancha. Para el encuentro de semifinal entre el Chelsea y Fluminense vendió tickets a trece dólares.
Infantino le había prometido a Trump que tendría 63 Superbowls en un mes. Pero la ausencia de público fue una preocupación, agudizada además por las políticas de persecución a inmigrantes del magnate. Ese fue el contexto del Mundial de Clubes: las redadas de la ICE, el servicio de inmigración de Estados Unidos, sus arrestos sin orden judicial, lo que tuvo como respuestas las protestas «No king», sin rey, que tuvieron epicentro en la ciudad de Los Ángeles, una de las sedes del torneo. Y era precisamente la comunidad inmigrante la que más podía aportar a los estadios del mundial.
El Mundial de Clubes fue, sobre todo, un hecho televisivo. Tuvo para el mundo la novedad de DAZN. Millones de fanáticos descubrieron la aplicación que les permitía acceder en cualquiera de sus dispositivos a los partidos gratis a cambio de sus datos y de la publicidad que circulaba. Claro que DAZN no era una plataforma nueva, ya tenía su historia con otros derechos, pero nada tan popular como el fútbol. Los mil millones de dólares que pagó el Fondo de Inversión Pública saudí para ingresar como accionista salvaron el producto de Infantino. De ahí los premios que pudo repartir.
Quizá DAZN abra una nueva era de las transmisiones deportivas a partir de este acuerdo con la FIFA. Y quizá Infantino haya encontrado también la horma del zapato para los fanáticos globales que siguen queriendo fútbol a toda hora. Acaso sin necesidad de entradas de equipos a lo NBA o show estadounidenses. Eso es hojarasca, ruido, mucho de negocio. Pero así fueron las cosas en este mes: los partidos con coolling break, la pausa de hidratación siempre auspiciada, la cámara con la perspectiva del árbitro, las decisiones del VAR anunciadas por altoparlantes. Pero, al final, siempre está el fútbol.
Fue un triunfo de Infantino, desde ya, pero tenía todo ahí para que lo fuera: si juntás a los mejores equipos del mundo, aún cuando falten algunos, algo va a pasar. Estaba destinado a funcionar. La clave fue la puja de poder que sostuvo y que ganó. Se sabe la resistencia tanto de la UEFA como de clubes o ligas europeas. Ya lo dijo el español Javier Tebas sobre el Mundial de Clubes: «No debería existir así».
Ir por más
Pero Infantino quiere sostener para 2029 su nuevo torneo de clubes, el otro plan que tenía además del mundial de selecciones cada dos años, que al final fue fallido. Tiene, al menos en comunicados, el rechazo de FIFPro, el sindicato internacional de futbolistas, cuyo secretario general es el argentino Sergio Marchi. Es que los calendarios apretados, la sobrexigencia de los jugadores del más alto nivel, es el reverso de la fascinación de los hinchas. «Lo que se presentó como una fiesta global del fútbol no fue más que una ficción montada por FIFA, impulsada por su presidente, sin diálogo, sin sensibilidad y sin respeto por quienes sostienen el juego con su esfuerzo cotidiano –dijo FIFPro en un comunicado–. Una puesta en escena grandilocuente que recuerda inevitablemente al “pan y circo” de la Roma de Nerón, entretenimiento para las masas mientras detrás del telón se profundiza la desigualdad, la precariedad y la desprotección de los verdaderos protagonistas». «No se puede –agregó– seguir jugando con la salud de los futbolistas para alimentar una maquinaria de marketing».
Pero Infantino se prepara para ir por más. Ya tiene las postulaciones para la próxima Copa Mundial de Clubes. Están Brasil, están España, Portugal y Marruecos, está Australia y también Qatar. Pero Estados Unidos la quiere otra vez. La quiere Trump, el hombre al que no pudo bajar del escenario. El año que viene llegará el otro mundial, el de selecciones, también XL y también en Estados Unidos. Pero sea por los que no quieren que se juegue o por los que quieren que se juegue en su terreno, el Mundial de Clubes es todavía un torneo en disputa.