Deportes

Un gran salto

El título mundial obtenido por el sub 23 es fruto del plan estratégico en la estructura de los juveniles que tiene a Julio Velasco, técnico de la selección mayor, entre sus referentes. La historia de Gastón Fernández, exponente de la nueva generación.

Punto de quiebre. Fernández, capitán del equipo, remata en la final ante Rusia disputada en El Cairo que terminó con el histórico triunfo argentino. (FIVB)

Gastón Fernández era arquero. Jugaba al fútbol en Pampero de Guatraché, la ciudad pampeana donde vivía. Recorrió las inferiores y llegó a Primera. Su relación con el vóley empezó cuando lo llamaron para completar un equipo del pueblo que disputaría un campeonato intercolegial. Aunque soñaba con atajar en Boca, los 2,03 metros de altura le daban una oportunidad en otro deporte. Si tenía algunas dudas para dar ese paso, fueron menos cuando, después de que lo descubrieran captadores de la Federación del Vóleibol Argentino (FEVA), lo convocaron para la selección menor. A los 17 años ya no le quedó ninguna duda: decidió mudarse a Buenos Aires para terminar los estudios y dedicarse al vóley. Cinco años después, mientras cursa el segundo año de la carrera de Educación Física en el CENARD, ya es campeón del mundo. Gastón Fernández fue el capitán de la sub 23 que ganó el Mundial de Egipto, el primero en esa categoría.
A veces las pequeñas historias ayudan a comprender a las otras, las más grandes. El trayecto de Fernández entre el fútbol y el vóley acaso explica cómo fue el camino hacia El Cairo, y cómo se edifica la estructura de las selecciones argentinas. La FEVA fue una de las cinco federaciones que este año compitieron en los seis mundiales del año: sub 19, sub 21 y sub 23 masculinos; sub 18, sub 20 y sub 23 femeninos. Nunca había pasado algo así en el vóley.

Pilares
Fernández, el capitán de la sub 23 y jugador de River, salió del laboratorio de la FEVA. No nació jugador de vóley, aprendió a jugarlo de grande. Cuando llegó por primera vez al CENARD, de la mano del entonces entrenador de la menor, Julián Álvarez, todavía se debatía entre el vóley y el fútbol. Fue el técnico el que dio el último empujón. Le dijo que en el vóley tendría un gran futuro. Fernández eligió. Volvió a La Pampa y avisó que se instalaría en Buenos Aires.
Por eso, Fernández es considerado un producto del Plan Estrátegico 2011-2020 que vincula a las selecciones menores, juveniles y mayores, una planificación a largo plazo con centros de desarrollo en todo el país, con la misma idea base para cada categoría y con la generación de un sentido de pertenencia.
El Mundial de Egipto ubicó esos pilares en lo más alto cuando la sub 23 derrotó a Rusia por 4-2 en la final, el instante exacto en el que el vóley argentino se quedó con el primer título mundial de su historia. Con jugadores como Fernández, Matías Sánchez, nombrado por tercera vez como el mejor armador del mundo en su categoría, y Germán Johansen, el opuesto elegido por la Federación Internacional como el jugador más valioso del Mundial.
Fernández, en cambio, arrastraba una historia más difícil. En diciembre del año pasado, la FIVB lo había suspendido por haberle dado positivo un control antidoping durante la Copa Panamericana Sub 23. La sustancia era clembuterol, un broncodilatador que se utiliza para el asma pero también, en algunos países, como anabólico para el ganado vacuno. Meses después, se comprobó que había consumido carne contaminada con esa sustancia. La FIVB le levantó la sanción y pudo estar en el Mundial.

Detrás del talento
A los proyectos y las historias individuales se les suman los gestores. Aunque los trabajos de la federación empezaron antes de su llegada –tal vez el punto de quiebre se haya dado con la caída en el preolímpico de 2007– es imposible pensar al vóley argentino de la actualidad sin Julio Velasco, el entrenador que comenzó en Ferro a fines de la década del 70, que a inicios de los 80 tuvo un paso por la selección argentina y que luego de una larga carrera por el exterior, entre Italia, España e Irán, regresó en 2014 para hacerse cargo de la selección. Velasco armó el cuerpo técnico que conduciría a las menores. Y eligió para la sub 23 a un neuquino, Camilo Soto, quien construyó el equipo con paciencia. Primero llegó la Copa Panamericana del año pasado. Ahora, el Mundial.
Nada es casualidad. El vóley tiene la particularidad de que los jugadores reparten el año entre sus clubes y la selección, casi en tiempos iguales, seis meses en un lado y seis meses en otro. Los tiempos de preparación, de algún modo, son más generosos que en otros deportes colectivos. En ese sentido, parte del proyecto es la Liga A2, donde participan los jugadores de las selecciones menores. Y a eso se le suman los partidos y concentraciones en el interior del país, que empujan, a la vez, una política agresiva de captación de talentos.  
Estas generaciones de voleibolistas tendrán que maridar en algún momento con la de los Luciano De Cecco, Facundo Conte y Sebastián Solé. ¿El éxito en la sub 23 podrá trasladarse luego a las selecciones mayores? No hay garantía para algo así, pero está claro que la tarea es desarrollar las bases para que el vóley crezca desde abajo. El título en Egipto demuestra que un proyecto a largo plazo, bien planificado, tarde o temprano da sus frutos.