Humor

Dos historias dos

Una Ariel y Roxana son profesionales independientes, jóvenes que trabajaron mucho. En la «década ganada» hicieron buena plata y decidieron comprarse un departamento de los tantos que se estaban construyendo. Un departamento con todos los chiches, llamados amenities: pileta, quincho, salón de fiestas. Ariel y Roxana eran felices, pero querían más, creyeron las promesas de Cambiemos y votaron a Macri. Pero recién han caído en la cuenta de que la Empresa Constructora de esos departamentos tan bonitos, para ganar más dinero del que ya gana, como buenos ladrones de guante blanco, decidió ahorrarse toda la instalación de la cañería de gas –ninguna norma los obliga– y no pusieron ese servicio en los departamentos. Por lo tanto, la cocina, el horno, el calefón, la calefacción, todo, funciona con electricidad. Y ahora con aumentos de las tarifas eléctricas del 500% promedio, bañarse con agua caliente o intentar hacer una tarta al horno, significa un dolor como si le clavaran un puñal en las tripas. Hoy, Ariel y Roxana dedican varias horas del día a putear en varios idiomas, incluido el arameo, y en preguntarse qué necesidad había de votar a Cambiemos.   Dos Beto y Lucía llevan 30 años de casados, viven en un departamentito de Floresta y ya se están preparando para una bien merecida jubilación. Hace cinco años, Julián, su único hijo, ya recibido de contador, había conseguido un trabajo fijo en la Secretaría de Cultura. Las cosas pintaban bien, al futuro se lo veía de color rosa y aroma a jazmines. Julián, que estaba de novio con Paloma, pudo decidirse a alquilar un dos ambientes y dejó la casa paterna para irse a vivir con su novia. Tres años después, con la pareja ya consolidada, nació Catalina. Para esto, Beto y Lucía ya se habían jubilado y la vida, si bien no era para tirar fuegos artificiales, les iba bastante bien. En las elecciones, mientras el hijo y la nuera votaban para Cristina, los flamantes abuelos creían en las promesas de Macri y por él votaron. Un día sucedió que a Julián no lo dejaron entrar al trabajo y así se enteró de que estaba despedido. Dejó de cobrar el sueldo y, obviamente, ya no podía pagar el alquiler de su casa. Sus padres podían ayudarlo, pero no tanto, por lo que Julián debió regresar a la casa paterna, pero esta vez junto con Paloma y Catalina. La tranquilidad se acabó, la incomodidad creció y hoy Beto y Lucía putean en varios idiomas, incluido el arameo, por la loca ocurrencia de haber votado en contra de ellos mismos. Así son las cosas. ---Santiago Varela