Humor

Perdón


(Hugo Horita)

Rebequita y Tobías disfrutan de una merienda veraniega, que es igual que la de invierno, pero más cara. Es que estamos de vuelta en el primer semestre.
–Tobías de mi corazón, mis pulmones y mis bronquios, ¡yo te perdono!
–Oh, Rebequita de mis tertulias ahumadas con salsa tártara baja en sodio, no esperaba menos de vos. ¡Esperaba más!
–¿Y se puede saber qué es lo que esperabas, Tobías digno para todos los trabajadores?
–No, Rebequita de mis almanaques, no se puede. Cuando uno espera, espera. ¿Acaso no has leído El hombre que está solo y espera? ¿Acaso Scalabrini dice «qué es lo que espera»? No, simplemente espera.
–No, no lo dice, y Ortiz, tampoco. Pero vos, Tobías de mis recónditas posteridades, vos no estabas solo!
–¿Ah, no? Y decime, Rebequita de mis colegiaturas nunca verificadas académicamente, ¿se puede saber con quién estaba?
–No, no se puede. Porque si el hombre que está solo y espera no dice qué es lo que espera, tampoco dice con quién estaba.
–Pero si… ¡estaba solo!
–Eso es una excusa temporal, una licencia poética sin goce de sueldo. Si espera, no es cierto que espere algo. Si está solo, ¡lo más probable es que espere a alguien!
–¿A quién, Rebequita de mis películas de terror?
–No lo sé, porque vos, que sos el que estaba esperando, no me querés decir a quién. Y si vos no me lo decís, yo tampoco puedo decírtelo, ya que quien lo sabe sos vos.
–Quizás me estaba esperando a mí mismo.
–¡Pero si ya estabas ahí! Tobías de mis flechas rotas, no te hagas el Mauricio conmigo, que vos sos Tobías.
–No entiendo, Rebequita de mis tetazos céntricos.
–¡Ahora no entendés, ahora no entendés! Mirá, el único capaz, no de esperarse, pero al menos de perdonarse una deuda millonaria a sí mismo, es Mauricio. Las demás personas, si queremos ser perdonadas, necesitamos a otro u otra que lo haga.
–Tenés razón, Rebequita de mi duodeno. Perdoname.
–¿Qué querés que te perdone, Tobías de mi videocolonoscopía?
–Eso no te lo puedo decir.
Aunque parezca loco, así funciona a veces el amor. Y la política.