Informe especial | PERFIL

El declive de Marcelo Tinelli

El conductor volvió en 2021 con Showmatch después de un año y medio fuera de la pantalla, pero el rating le fue esquivo. Crisis de un formato que supo ser masivo.

Periferia. Lideró su franja durante décadas, pero terminó al filo de la medianoche.

NA

El primer día del último año de Showmatch, Marcelo Tinelli practicaba su mayor pasión al aire. Perseverante e inquisidor, trataba de formar una pareja entre «las figuras», «los bailarines» y «los productores», o todo lo contrario, de generar discordia entre una dupla ya armada. El tiempo se expande cuando él hace eso: la goza; el minuto a minuto sube; el gag se eterniza, se expande como un momento televisivo alto sin más que repetición y vacío de sentido. Como parte de su «yo» más reciente –ya deconstruido– él mismo se volcó al flirt actuado con algún bailarín al que le piropeaba la «tabla de ravioles», entre la fijación por el cuerpo del atleta y el tono ramplón de macho explorador. Dos o tres décadas después, se exhibe la mercadería masculina como antes se mostraban los culos de las bailarinas en planos demasiado cercanos. No hay caso: la masa responde menos de lo que debería a la deconstrucción del macho alfa y el rating baja. Él no para: «Se rumorea por los pasillos que está muy bien dotado, usted». ¿Cuándo un país deja de verse representado en su ícono masivo? 30 años lideró su franja para terminar, en 2021, con un promedio de 8,2 puntos. Corrido a franja periférica en los albores de la medianoche, fue perdiendo 10 puntos con respecto al estreno. Fue pese a otro de sus momentos altos, ese apriete a la tropa propia, cuando pone a prueba la incondicionalidad del elenco estable que le regala el relato minucioso de su vida íntima: quién les gusta dentro del equipo, a quién no pueden ni ver, y todo queda en familia. Pero algo falló durante el último año; cualquier modelo de circo romano necesita para estar en lo alto severas dosis de crueldad, verdaderos pleitos que lleguen a los Tribunales, secretos revelados o escraches como el de la Alfano a Pachano con lo de su VIH, y no ese delicado duelo entre las ex de Del Potro, como Jimena Barón y Jujuy Giménez u otras contiendas muy posadas, que no producen catarsis. Sin embargo, otra situación sí vuelve a suceder como ayer, como mañana, en mondo-manía, que no le hizo asco a la tribuna bullanguera ni siquiera durante la crisis de 2001, y basta ir a buscarlo en aquel año o el que le sigue para comprobar ese carácter cíclico del que se acusa no a las sucesivas crisis económicas argentinas sino al discurso televisivo, a través de sus criaturas hegemónicas, ayer como hoy. «Más allá de la realidad –dijo entonces– en los momentos más difíciles siempre es bueno tener un cachito de humor» (circa abril 2002). Entre esas parejas que se arman y desarman cada temporada, entre esos incondicionales de siempre que agradecen al jefe la hombría de bien, hubo todos estos años un armado de comunidad que se percibía real, con ese valor agregado que adquiere la autenticidad en la tevé, como si algo de ellos expresara algo de un «nosotros».

Rey destronado
Bardero, extrovertido, en su apogeo se le llegó a atribuir la caída de un presidente; endogámico, intestino –ya en el declive– estuvo cuasi entregado a indagar sobre quién se acostaba con quién entre la prole de Ideas del Sur y a escracharlos al aire (héteros, pero también gays y lesbianas). Como un rulo, dejó de lado toda pretensión de rozar el mundo exterior, y como un perro que se muerde la cola, el big show empezó a versionarse, y esta última edición de objeto ampliado –canto, baile, imitación– solo confirmó la saturación del formato original del que fue mero spin-off. La despedida lo encontró sensibilizado: lágrimas en los ojos cuando saluda a los garantes del éxito del pasado, como Laurita Fernández o «la enana» Feudale, que fueron de visita. Quizás cuando la comunidad de espectadores concluyó que no quería parecerse más a ese colectivo ágrafo, preintelectual, posado, exagerado, de evaluados y evaluadores que reducen la calidad y el talento a un número del 1 al 10; quizás en ese instante se destronó al rey del rating y a la euforia que mataba a la argumentación. Los nuevos tanques de la tele ya no se apoyan en un Rey Midas mitológico; le confían su suerte a los guiones y al montaje; a la comida y al sexo explícito; al desnudo y a la competencia estratégica; al juego y a la destreza física; a una estructura más coral, más intrincada que el viejo carácter centrípeto y omnívoro de un hombre hipercarismático, el antiguo conductor de big show. Quizás el año próximo vuelva y sorprenda con una atemporalidad a prueba de este momentáneo declive, o tal vez desaparezca del todo, simplemente pasado de moda. Ahí nunca existió una trama, ni relato lineal; solo había «número vivo» como en el vodevil o el show de crucero; se vio la tevé del no-argumento y el grito pelado. Pero aburrido, descreído de sí mismo, ya no se asociaba a ese rictus airado que paraba al país –en pleno 2007 o 2008–, con picos de 41 o 45 puntos de rating, en esa otra vida que todos tuvimos. Eso/esa ya no están, ¿y en su lugar? Lo dijo cada uno de los que se retiraba, en la partida, ese 10 de diciembre, el último día: «La seguimos en mi Instagram».


Julián Gorodischer