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Al compás de los cueros

El barrio porteño de San Telmo recreó su fiesta popular a todo ritmo, color y alegría. El primer sábado de diciembre se realizó la octava Llamada de San Telmo con la participación de 27 comparsas de candombe que desfilaron por la calle Defensa, desde avenida Independencia hasta el Parque Lezama. Al «ritmo sin parar»  de los tambores chico, repique y piano, cada una de las comparsas mostró a lo largo del recorrido su destreza, como así también la gracia, el colorido y sensualidad de su cuerpo de baile. Los personajes tradicionales del candombe, como el Escobero –bastonero de nuestros días–, con sus malabares «barriendo» las malas ondas, y el Gramillero –médico brujo o yuyero de la tribu–, con sus contorsiones y picardía en el intento de seducir a la cadenciosa Mama vieja –ama de llaves, nodriza–, contagiaron de alegría a los que desde la vereda participaban con aplausos de esta fiesta popular. Desde que se instauró, hace 8 años, el recorrido no ha variado y tiene sus razones. San Telmo fue declarado «barrio del Tambor», debido a que fue la zona donde se asentaron –desde la época de la Colonia hasta el siglo XIX– las familias de esclavos, junto con sus ritmos y bailes afro. Que el Parque Lezama marque el fin del recorrido también tiene una referencia histórica muy sentida para los afrodescendientes. Allí funcionó uno de los tres mercados de esclavos de la ciudad (junto con el de la Plaza San Marín, en Retiro, y el de la Aduana real) donde se iniciaba el derrotero de esta gente arrancada de su tierra natal (mayormente de Angola, Congo, Guinea y Nigeria). Una vez arribados al puerto de Buenos Aires eran trasladados hasta la ciudad de Lima, Perú, como mano de obra en las plantaciones, en las minas y como servicio doméstico, en lo que se conoció como «la Ruta del esclavo».
Edictos que prohibían tocar el tambor en lugares públicos, las guerras, la fiebre amarilla y la exclusión de los afrodescendientes de distintas esferas de la cultura acallaron al candombe porteño relegándolo sólo a ámbitos privados y decretando casi su extinción.
Recién a partir de la década del 70, el candombe tomó nuevamente vigencia a partir del arribo a la ciudad del flujo migratorio desde el otro lado del Río de la Plata. Junto con la esperanza de un futuro venturoso, estos «orientales» que debieron dejar su país trajeron además la enseñanza del toque del candombe afrouruguayo.
Esta enseñanza rápidamente echó raíz y se expandió por los distintos barrios de la ciudad. La práctica del candombe, así, se revitalizó en las calles, parques, plazas, centros culturales, y no sólo porteños, sino que llegó hasta ciudades bonaerenses, como a varias provincias, como Entre Ríos, Córdoba, Mendoza y Chaco.
Esta Llamada tuvo dos rasgos especiales. Por un lado, la organización estuvo a cargo de la Reunión de Comparsas de Buenos Aires, integrada por los máximos referentes de cada una de ellas (caciques). Y además, la comunidad candombera rindió su homenaje a Nelson Mandela, premio Nobel de la Paz y ex presidente de Sudáfrica. Banderas, remeras y tambores con el rostro del dirigente, pasacalles y pancartas alusivos y cánticos (a la usanza tribal)  coreaban su nombre. Ese día los tambores tocaron «tan libres como los pájaros» en tributo al líder, símbolo internacional de dignidad y tolerancia racial.

 

—Texto: Sergio B. Galán
Fotos: Guido Piotrkwoski