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Campo de tránsito de Bubukwanga

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Apenas 150 kilómetros separan Kyangwali de Bubukwanga, en la frontera oeste de Uganda.  El trayecto, que debido al desastroso estado de los caminos no se hace en menos de 8 horas,  desemboca en un  paisaje desolador: familias enteras caminando sin rumbo cierto, huyendo de la violencia del Congo y buscando algún refugio de este lado de la frontera. Abandonaron su país a pie, algunos perdieron todo, otros nunca tuvieron nada, pero  todos temen por su vida y escapan de las atrocidades que presenciaron en una guerra que no comprenden. Niños que no encuentran a sus padres. Madres desnutridas con bebés a cuestas. Hombres heridos. Colchones esparcidos por el suelo, gente por doquier y largas filas para proveerse de agua.
Según Médicos sin Fronteras (MSF), 22.000 refugiados viven ahora en el campo de tránsito de Bubukwanga, a 18 kilómetros de la frontera congoleña, aunque el espacio sólo es suficiente para 12.500 personas. MSF advierte que la desnutrición es rampante, y que el riesgo de epidemias en esas condiciones es altísimo. Entre otras cuestiones básicas, la organización destaca la necesidad de construir letrinas y el aprovisionamiento de agua potable, aunque preventivamente ya se dispuso el material médico necesario ante una eventual epidemia de cólera. En tal sentido, MSF señaló que está atendiendo un promedio de 300 consultas diarias con algunos picos puntuales de 450 consultas. En la mayoría de los casos se trata de infecciones respiratorias, malaria o diarrea, pero los facultativos destacan que también deben prestar asistencia a víctimas de violencia sexual.
Aunque casi todos los refugiados llegan a Kyangwali  por cuenta propia, también hay grupos enteros  trasladados por el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), que prevé seguir transportando a unas 2.000 personas por  semana.
La violencia ya lleva años y ha recrudecido en las últimas semanas. El grupo rebelde congoleño, el Movimiento 23 de Marzo (M-23), detrás del cual, según las autoridades de Uganda, se esconde el gobierno de Ruanda, mantiene un enfrentamiento armado contra tropas gubernamentales del Congo, que luchan apoyados por los Cascos Azules de la ONU.
Si bien existe un frágil proceso de paz  tras la segunda guerra del Congo (1998-2003), en la que se vieron implicados varios países africanos, en el este del país, y especialmente en Kivu del Norte, donde se ha hecho fuerte el M-23, la situación aparece como fuera de control.
Lo más curioso es que el desastre humanitario en esta remota región del África se desarrolla sin que la prensa occidental le haya dado demasiada importancia. Casi no hay periodistas ni fotógrafos, y menos aún camarógrafos. De no ser por los datos que aportan entidades como Médicos sin Frontera y el ACNUR, no se conocería prácticamente ninguna información sobre esta tragedia.
Son decenas de miles las personas que sufren en forma anónima, que intentan rehacer su vida sin nada o que buscan a sus familiares sobrevivientes en este improvisado campamento de la frontera.
La solución del conflicto, mientras tanto,  parece muy lejana, o al menos nadie habla de ella.

—Texto y fotos: Enrique Hernández