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Casas sin gente. Gente sin casas

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Capital mundial de la moda y la elegancia, en Roma está en marcha una tormenta perfecta que poco tiene que ver con el glamour  y la sofisticación en el  vestir. La crisis financiera que azota la península –la  mayor recesión en ese país desde la Segunda Guerra Mundial– destruye puestos de trabajo todos los días. De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadísticas italiano, el desempleo sigue aumentando a un ritmo alarmante, ya que en el primer trimestre de este año, el índice de desocupación subió al 12,8%, el nivel más alto desde 1977, mientras que en la franja de los jóvenes de entre 15 y 24 años fue casi del 42%. Los nuevos desocupados –un ejército que asciende a 3 millones de personas–, sin esperanza alguna de conseguir un trabajo en medio de la peor crisis en décadas, no pueden pagar el alquiler de la vivienda que ocupan o el crédito hipotecario de la casa que creían propia. Al cabo de pocos meses, el sistema judicial los desaloja, por las buenas o por las malas.
Por  otro lado, en varias zonas de la ciudad grandes y lujosos edificios terminados, algunos hace ya varios años, esperan ser habitados. Sin embargo, muchos no están ni siquiera en venta. Producto de la burbuja inmobiliaria que estalló en 2006, aguardan a que pase lo peor de la crisis o simplemente especulan en gran escala. Lo cierto es que necesidad y ostentación coexistieron  demasiado tiempo, demasiado cerca una de la otra. Y sucedió lo inevitable: grupos de familias enteras se lanzaron a ocupar las viviendas vacías.
Al principio fueron hechos aislados, y sus protagonistas básicamente inmigrantes, que constituyen la base más pobre de la castigada pirámide social romana. Pero  los okupas, como los llama todo el mundo, se extendieron como una mancha por toda Roma. Y ya no se trata sólo de inmigrantes. Crece día a día el número de italianos okupas, síntoma elocuente de la gravedad de la crisis. «En las áreas metropolitanas hay miles de casas deshabitadas que se especula que podrían alquilarse a un precio moderado frente a esta emergencia social», argumentan frente a las acciones concretas de los desalojados, desde los sindicatos de inquilinos.
Mientras que el gobierno muestra una sorprendente falta de reflejos y de propuestas frente a la desocupación y los desalojos por falta de pago de alquiler o de hipotecas, el sector inmobiliario privado incrementa su apetito. Durante los últimos años aumentaron indiscriminadamente el precio de alquileres y viviendas. Sin embargo, la respuesta habitual del Estado ha sido la represión policial. Pero los okupas se han ido organizando y lejos de amedrentarse, enfrentan a los carabinieri cuerpo a cuerpo en verdaderas batallas campales que explotan aquí y allá en toda el área metropolitana de la capital italiana.
Inmerso en su propia y eterna crisis, la dirigencia italiana no encuentra una salida. Durante décadas endeudaron al país y sus habitantes hasta extremos insostenibles. Hoy, presionados por la Unión Europea, intentan planes de austeridad que sólo ofrecen más pobreza y más desocupación a quienes, por lo visto, ya ni tienen un techo que los cobije.

—Texto y fotos: Lorenzo Moscia