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Corazón popular

En los altos de una antigua y señorial casona, justo frente al Mercado Norte –a pocas cuadras de la plaza central de Córdoba capital– un cartel rojo estridente anuncia: «Escuelita de cuarteto», y desde la vereda, nomás, se escucha el retumbar del tunga-tunga; ritmo que es un verdadero fenómeno, que identifica como ninguno el latir popular de toda la provincia.
La escalera de esta particular escuela desemboca en una amplia recepción donde reina un piano forrado en piel sintética: «Ese teclado era el que usaba la Mona Jiménez en los 80, ahora lo trajimos aquí para que quede como un museíto, junto con unos acordeones que pasaron por muchas manos –dice Pablo Pérez, director de la banda de Carli Jímenez y profesor de música a tiempo completo del lugar–. Acá estamos muy cómodos, hay seis aulas para enseñar diferentes instrumentos: piano, bajo, acordeón, congas y también las clases teóricas de audioperceptiva. Tenemos 120 alumnos que vienen en tres turnos a clases –casi personalizadas– de martes a viernes, porque los lunes tienen los instrumentos a disposición para que practiquen solos. Este proyecto es algo único, abierto, gratuito y solidario. Recibimos alumnos a partir de los 6 años y sin límites de edad, solo las ganas. La escuela tiene una función social enorme porque está pensada para incluir a mucha gente: vienen changarines, jóvenes internados en fundaciones, adolescentes de barrios humildes, jubilados, niños, discapacitados. No existe la menor exclusión. Se hizo un grupo humano muy bueno. Acá hay mucha contención y alegría, ¡les llenamos la cabeza de música!», exclama Pérez.
«Esto nació en el Centro Vecinal de la Villa Serrana, donde siempre me invitaban a festejar los domingos del Día del Niño –cuenta Carli Jiménez desde un video–. Al tercer año de ir, esos chicos ya estaban fumando y con cara de grandes. Decidimos trabajar con ellos a partir de los sentimientos y emociones, son sectores de la sociedad muy golpeados y allí el cuarteto es muy popular. Como músicos queremos darles la posibilidad y enseñarles a creer en sus sueños y que se sientan protagonistas».
A través de la fundación se consiguen recursos económicos para mantener la escuelita. Algunas empresas donaron materiales para el reciclado del edificio; amigos de la «familia cuartetera» aportan lo suyo y los músicos de Carli Jiménez son docentes voluntarios full-time.
«A mí me trajo mi mamá apenas se enteró de que se abrió este lugar donde enseñan gratis –relata Tiziana Peralta, con los deditos perdidos en los teclados–. La música me da paz y seguridad».
«Ponga que soy jubilado de la gloriosa fábrica de aviones de Córdoba y que recién ahora, a los 70 largos, puedo cumplir mi sueño de tocar música», dice Hugo Nieva.
«Mi nombre es Eduardo Linares y me dedico a abrir puertas de autos y vender en los colectivos. Gracias a esta oportunidad estoy estudiando bajo y canto. Hacer música es una forma muy diferente de estar en la vida», enfatiza Linares entre risas y aplausos.

—Texto y fotos: Bibiana Fulchieri