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Epecuenses, 30 años después

Nada en la apacible vida de los habitantes de Villa Epecuén podría haberlos alertado meses antes lo que estaba a punto de suceder: una enorme inundación que anegó a este pueblo turístico de la provincia de Buenos Aires y forzó a sus 1.500 habitantes a marcharse y empezar sus vidas desde cero en otro lugar.
Rubén tenía sólo 22 años cuando se rompió el terraplén que contenía el enorme caudal de agua de la laguna. El 10 de noviembre de 1985 despertó junto a Yolanda, su mujer, por los gritos de la vecina: «Levántense, levántense, que se van a ahogar». Pero el agua salada –que tantos turistas había atraído hasta entonces por sus propiedades curativas– creció lentamente, y por eso tuvieron tiempo de meter sus cosas en un auto y, desconcertados, alejarse. Antes, se despidieron de las casi 50 cuadras de Villa Epecuén, el balneario de aguas termales que nació en 1922. Con su primera hija en brazos, recomenzaron su vida en Carhué, la población vecina que, a 8 kilómetros, albergó a muchos de los epecuenses. Otros eligieron Bahía Blanca, Tres Arroyos, Pigüé o Buenos Aires. Y no volvieron más.
Los primeros años no fueron fáciles. Muchos se deprimieron, enfermaron y hasta murieron. Otros lo consiguieron. «Poco a poco se va superando», dice Rubén, conjugando en presente, mientras pasea por las ruinas del que fue su hogar. Hoy, en las calles hay silencio, gorjeos de pájaros y árboles secos que siguen de pie, petrificados por la sal del agua que los cubrió durante casi tres décadas, cuya salinidad llegó a ser 10 veces mayor que la del mar. En 1986, un año después de la inundación, 4 metros de agua cubrían el pueblo; en 1993, más de 10. La retirada empezó recién hace una década, y sólo desde 2010 se puede caminar por todo el pueblo sin mojarse los pies.
«Dejé mi vida acá, mis esperanzas, mis sueños. Venir me pone mal», murmura Juan Carlos mientras  estaciona su bicicleta junto a los muros descascarados de la antigua escuela. Los edificios no se reconocen, salvo algún cartel aislado, pero Juan recita de memoria los nombres de las calles y los comercios de antes. «En los 80,  Villa Epecuén era el paraíso. Los turistas venían por centenares, en auto, en tren, en autobús. Había espectáculos, sol y juventud», recuerda. «Un Mar del Plata chico», agrega Oskar.
El agua cambió muchos destinos. «Mi familia tenía una fábrica de ladrillos, 106 hectáreas de terreno, y no me quedó ni un lugarcito donde estar parado». El testimonio es de Pablo, de 83 años, que, hoy y desde hace mucho, es el único habitante de Epecuén. Su casita está fuera del balneario; se la cedieron y, gracias a esto, abandonó la vida nómada que llevó durante más de una década, después de la inundación. En todo este tiempo, sin embargo, nunca se alejó demasiado de su pueblo natal. Y cada mañana repite el mismo ritual: recorre las calles deterioradas montado en su bicicleta vieja, hasta que se sienta en la que fuera la avenida principal a tomar mate y leer el diario. En 0su cabeza tiene cientos de nombres e historias. Y siempre que puede, habla de Epecuén. «Qué voy a hacer. A mi edad uno sólo vive de recuerdos», dice melancólico.

— Texto: Ana Claudia Rodríguez
Fotos: Natalia Carozzo