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Las murgas de Unquillo

La Unquio Paradise es como la nave de los locos», señala Pepe Barabino, líder de esta famosa murga. «Somos herederos de la mística carnavalera de mi papá, el Viejo Roni, alma de los corsos de Unquillo durante 50 años hasta que murió», continúa. «Ahora me sigue acompañando en sueños diciéndome cosas increíbles como “cuidado que morirse es un quilombo”, y nosotros con esa frase en mente salimos a pintar murales y hacemos nuestras presentaciones», cuenta Pepe. Se vanagloria de tener los mejores zanquistas, malabaristas, bailarines, trapos, contorsionistas y disfraces. «Lo que nos hace diferentes –afirma el líder murguero– es que mantenemos una vibra siempre positiva. Creemos que el carnaval se construye durante todo el año y desde abajo. Hay que tener poesía para sentirlo tanto».
En los populosos barrios Pizarro, Cabana, Forchieri, Herrera y San Miguel, en cada una de sus cuadras, pueden sentirse los perfumes del carnaval más tradicional de la provincia, cocinado a fuego lento durante meses de labor comunitaria.
La historia del corso de Unquillo –una pintoresca ciudad de las Sierras Chicas cordobesas, a 23 kilómetros de la capital– es casi centenaria y conserva su espíritu, gracias a la fortaleza barrial. Sólo fue interrumpido durante la dictadura de la mano de los edictos policiales de la provincia, que comenzaron a regir en marzo de 1976. «Teniendo en cuenta el estado de sitio que rige el país –podía leerse en el que prohibía los corsos en la vía pública– tenemos la finalidad de evitar consecuencias perjudiciales al orden público, la moral y las buenas costumbres…» Si bien durante esta etapa las expresiones carnavalescas quedaron circunscriptas a territorios familiares –juegos con agua y algún que otro baile de disfraces clandestino– a fines de los 80 tomaron otra vez la calle. El paseo en «chatitas» y carros con reyes momo improvisados, sumó carrozas y producidos trajes de luces. Luego vinieron las comparsas y las reinas y, a mediados de los 90, la primera murga: Unquio Paradise, con un centenar de integrantes que hacen gala de distintas habilidades y que convocan a participar sin restricción alguna.
Desde 2009, la administración municipal fomenta las iniciativas culturales inclusivas y casi de inmediato se produjo un resurgimiento de la movida murguera. A las ya existentes Unquio Paradise, Agua de Luna y Sueño de Locos, se sumaron las murgas barriales Los Carasucias, Los Miguelitos, Rompesiestas, Pisadas de Pizarro y Los Perdidos.
Antes del carnaval «oficial», que ocupa de punta a punta la avenida principal de la ciudad durante tres fines semana de febrero, miles de vecinos trabajan noche y día en improvisados talleres. Costureras, diseñadoras de vestuario, carroceros, escenógrafos, pintores, músicos, acróbatas y asistentes de tiempo completo, otorgan un esplendor inusitado a los festejos barriales dispersos en placitas, clubes, baldíos y canchas de fútbol. Como señala el teórico ruso Mijail Bajtín «lo carnavalesco, en su espacio y en su tiempo, permite a los individuos achicar brechas, juntarse, compartir, entrar en comunidad. Las personas pueden traspasar las barreras sociales, culturales, económicas que rigen la sociedad el resto del año. El carnaval sólo tiene las leyes de la libertad».

Texto y fotos: Bibiana Fulchieri