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Los gauchos canoeros del Paraná

El Delta Superior, en Entre Ríos, ya no es aquel refugio de paisanos alzados que pintó Fray Mocho en Un viaje al país de los matreros. Pero sus laberintos de agua y salvaje vegetación aún blindan una región desprendida del mundo. Está poblada por una estirpe gaucha que supo adaptarse a un ambiente donde el Paraná impone antojadizamente las reglas. Sus ranchadas de barro y paja, madera o ladrillos se alzan sobre los albardones ribereños, a generosa distancia entre sí. Jamás falta en ellas un asiento a la sombra y un mate para recibir al visitante. Tampoco la canoa, el bien más preciado. «En las islas se puede vivir sin rancho, sin ropas, sin armas y sin familia; pero no sin la canoa, que es la casa y el caballo», observó Fray Mocho a fines del siglo XIX y corroboran hoy los isleros. Señores del remo y el botador, confían más en la pequeña embarcación que en las lanchas, inútiles para adentrarse en esteros poco profundos y canales enmarañados. Claro que no desdeñan las ventajas de un fuera de borda cuando se trata de «salir pa’ la costa».
El verdor de las islas jamás decae. Y las vacas engordan allí «como si les dieran alfalfa». Las estancias les «echaron» siempre sus arreos, y hoy, con la expansión sojera, se convirtieron en el último bastión de la ganadería litoraleña, determinando la principal ocupación del islero: cuidar hacienda ajena y, con suerte, algo de propia. No sólo debe vérselas con las tareas rurales de costumbre. Además, están las que exige la peculiar geografía isleña: «hacer» los caballos al agua, para que «azoten» la correntada sin temor y «no le hagan asco a los bañados»; alejar las vacas de los cursos plagados de palometas, que  se dan panzadas con las ubres; o campear hacienda entre zanjones traicioneros y densos pajonales.
Mujeres y niños se ocupan de los animales domésticos, el ordeñe, el aseo de la ranchada y la comida. Esta división del trabajo suele alterarse cuando los chicos alcanzan la edad escolar y, sin colegio en las islas, deben mudarse con sus madres a algún pueblo de la costa. No es casual que, salvo en verano, el Delta Superior impresione como tierra de hombres solos.
Cada rancho isleño exhibe las marcas de la creciente. «La del 92 fue la más grande –recuerda el puestero Alfredo Marcial González–. Pero antes, cuando no había barcos ganaderos, la cosa era más brava. Una vuelta nos tocó sacar 500 animales, cruzando los arroyos a nado. El arreo duró tres días. Dormíamos en las canoas y hacíamos fuego en la horqueta de los árboles, sobre chapas, porque no se veía tierra en ninguna parte; y por turnos, porque a la hacienda no se la puede tener quieta. Las aguas no nos dejaron levantar de la ranchada más que lo puesto. Cuando bajaron, tuvimos que empezar de nuevo». Historias parecidas cuentan los otros isleros. Sin embargo, ¿qué los aferra a un medio tan descorazonador? «Acá uno se las arregla con poco y no hay mucha entretención, así que los pesos duran en el bolsillo –argumentan–. Además, nadie se muere de hambre con tanto para cazar y pescar. Y no faltan yuyos para curarse».  Hay otra razón, quizá fundamental. La corriente de sus vidas y la del río se entrelazaron tan estrechamente que ya no «se hallan» fuera de la isla. El Paraná se les metió adentro.

—Texto y fotos: Roberto Rainer Cinti